SUEÑOS, DISCURSO Y DESTRUCCIÓN DE LOS INOCENTES (I)

 

A Regina Flavio (Enriqueta O’Neill)
víctima de la destrucción de los inocentes

Comenzaron los funerales cuando el tiempo, el acuerdo previo, emitió su dictamen irrebatible de que había llegado la madrugada a seis viviendas que luego serían treinta en los reducidos dominios de nuestra experiencia. Más allá de ellos se iniciaban otros funerales que habrían de añadir mayor amargura a los ancianos de aguda e insobornable memoria, recluidos por voluntad y por cansancio y desencanto en habitaciones clandestinas: de su exilio obstinado había brotado la advertencia.
Era la última madrugada.
Toda la creación, es decir, toda la creación, sostenida por pesadísimos goznes de selvas nunca vistas donde existe el leopardo y el tigre, el babuino y el chimpancé, la serpiente y la araña, el enfebrecido hervor de la vida y la destrucción con su encanto majestuoso y necesario, los truenos del nacimiento y los desgarros de la plenitud; extendida en la grandiosidad de la gota de agua, en el comienzo del portentoso bullir de nuevas especies, las praderas y los desiertos, los hipopótamos y los elefantes, los oteros y los bancales, la misericorde tierra familiar, la lechuga, el espliego y el romero, el tomillo, las sendas de la infancia, el fuego de las chimeneas, el vaho en los cristales del colegio, la exacta simplicidad y la complejidad de lo invisible, la inabarcable explosión sideral, el resplandor de la vía láctea, la ternura, el tibio cobijo vaginal, los paseos a la luz de la luna, la escritura, Beethoven, el miedo y el aura del pensamiento, toda la creación, es decir, toda la creación iba a desaparecer en una madrugada.
Se acercaban a los residuos del tiempo disponible y como notarios minuciosos registraban la ocasión de la despedida de sí mismos, saludando con ternura inimitable al niño de su infancia y al hijo de las madres que esa madrugada sólo tenían aliento para esperar el último milagro: un cataclismo universal que los salvara. Los funerales tan ansiosamente deseados que podrían ahorrar los funerales. Si llegaban a tiempo. Habían pasado los años sin que amaneciera de espectro tan espantoso y sólo los viejos y los huérfanos —más viejos que sus padres, pues habían llegado más allá que dios— sostenían la memoria de los matadores, la degollina industrializada y la mísera descuartización de los animales domésticos. Se repetían con amargura recién implantada los preparativos rituales, el incansable y eficaz afilamiento de los cuchillos y de las hachas provistas de mangos nuevos, los dientes acerados de las trampas, el mazo y la pólvora, la piedra y los anzuelos, la fácil y rudimentaria liquidación de los inocentes, las cazoletas de pelar, los ganchos de atrapar y los barreños para almacenar la sangre. Teníamos la muerte sentada a nuestro lado y pronto estaría dentro de nosotros. Trabajaban ebrios de encargos los picapedreros y su breve labor era tan sólo reconocida por la obstinación apesadumbrada de la memoria. La tertulia agoniza; se ha enfriado el café y hay vino en las botellas; algunos invitados bostezan y se arrepentirían de no haberse ido a la cama a la hora de la costumbre si no sintieran el estímulo del privilegio. Animales tan bellos y abastecidos de amigos ignorados habrían merecido otra última compañía, más reconfortante que la de los ayudantes de los matarifes; pero así las cosas quedaban más ajustadas a los tiempos que terminaban: se llevaban el único recuerdo permitido. El de los administradores de la vida: feroces y aburridos, despreciables y fracasados, siervos consentidos, construidos con el excremento de la carcoma y con la sombra de las colas de las ratas, con los residuos de la costumbre. En los ojos de los muertos se escribe el testamento contra los que asistieron a su último grito. Parece una reunión inofensiva y no es frecuente hablar con un cadáver: no se conoce el procedimiento de evitar la reconstrucción de lo que ocurrirá minutos después. Los ojos que todavía ven habrán saltado a la tierra y percibirán el arañazo de las raíces del tomillo y del romero, las piedras de las excursiones campestres ; y los intestinos que celebran con la lentitud del comportamiento químico la última digestión estarán viendo por primera vez el sol. La sangre regará la tierra. No se sabe de dónde nace la serenidad. Hay que morir, además, con decoro, obedeciendo las disposiciones de los matarifes. Pero el decoro no es obstáculo para someterse al desfallecimiento y ser conducidos a empujones. Hablan de su vida pasada, es decir, pasada, como si se mudaran de ciudad y de empleo y evidentemente tienen razón para desear mejor suerte a sus acompañantes; habrán de necesitarla si quieren obtener deducciones válidas de su oficio de acompañantes. Han dejado de contar el tiempo y son zarandeados por él. Cada segundo marca el nacimiento del volcán. El tiempo que no existe son los minutos que preceden a la muerte fijada a plazo cierto.


Los mataderos se iluminan con el nacimiento del día y los matarifes se preparan para la faena con un minucioso aseo personal: los dientes limpios, pulidas las uñas y las mejillas humedecidas después del afeitado con una loción perfumada. El hombrecillo se inicia una madrugada en el oficio y, en la distancia, ha compartido la vigilia de sus víctimas. Por equivocación, por el resultado de la improvisación o por la imposibilidad de disponer de naves espaciosas, las víctimas no han pasado su última noche en la vecindad del matadero y han de ser trasladadas al lugar por un recorrido de calles y plazuelas familiares. Es evidente que conocen su destino y saben para quién son los funerales. Los muertos asisten a su propio entierro y descubren el espanto de la putrefacción en la contemplación de las cosas. El hombrecillo comparte también el frío de las víctimas y se calienta las manos dentro de los bolsillos frotándolas contra los muslos. Así se inicia una historia de hombre. Su madre nunca se arrepentirá bastante de haberlo parido. ¿Los dedos del hombrecillo podrían interrumpir la ceremonia? ¿Cómo impedir el nacimiento del sol? La luz avanza incontenible y sólo será disuelta por los estampidos que producirán la precipitación del sol hacia la nada.
Habrá otras madrugadas.
Ha nacido la pesadumbre que nos acompañará como la sombra mientras exista el fuego de los remordimientos. Es la hora del silencio total y planetario. El rayo partió las alas de los pájaros y quisieran recuperar la habilidad acomodaticia de las lombrices. El humus es refugio seguro para intentar una nueva evolución. Pero el hombrecillo acude a la llamada de su ayudante quien le entrega el inventario de los efectos hallados en los bolsillos de las víctimas. La más joven se despidió del alba y de los bosques, del inicio del día y de las noches que le seguirán, de las palabras y de la herencia apretando entre sus dedos un trozo de papel escrito por ambos lados. El hombrecillo observa que aún está caliente, tan caliente que abrasa, abrasa y se consume, pira de las intenciones e intenciones que un día saldrán de los subterráneos, de las crestas de las cordilleras y del lecho de los océanos, manuscrito de la soledad y de las multitudes
Todo es ceniza y por el momento, en tiempos de silencio y de repliegue, de ceniza y de intentos fracasados, sólo los moradores de los subterráneos y de las cloacas y los asombrados por la constatación de que empiezan a brotarles las alas, entenderán el lenguaje del manuscrito.

I

Los años finales de la década septuagenaria del siglo XX sumieron en la perplejidad y en el desconcierto a millones de seres invocados por la fatalidad para vivir en ella. Más de un insomne se acodó en la ventana de su habitación y se olvidó de dormir en semanas y semanas: tan convencido estaba de que la tierra se detendría de pronto o tanto era su deseo de que acabaran de una vez los sucesos de mal signo que pesaban sobre los inocentes. Se había agotado la mitad de las especies, devoradas por la voracidad de una organización desastrosa, y consumido las reservas de minerales y de selvas. La tierra estaba hueca. Pero en el asfalto y en los jardines de las zonas residenciales aparecieron restos vivos de animales antediluvianos que aterrorizaban a los niños, recordando dónde y cuándo se inició el olvido.
La asombrosa perfección de los medios de comunicación sirvió para llevar noticias de una a otra parte de la tierra. No se evitaban los hechos pero se conocían, y su divulgación daba carta de naturaleza a excentricidades cada vez más alejadas de lo que pudo ser el sosiego. No eran cinco o seis continentes, sino uno solo y a punto de reventar. Todo es posible en un día del mundo y a los indefensos súbditos de la época adiestrados por las noticias les parecía estar en varios sitios a la vez, consolándose, de su miseria con las sonadas catástrofes de sus vecinos. Se inauguraba un modernísimo edificio de veinte plantas para almacenar presos en Boston y pronto sería necesario adaptar para tal fin los graneros y los hoteles, los cuarteles y los jardines de infancia, los asilos y los cementerios. Treinta iluminados artificialmente, a los que se había pagado una prima equivalente a cinco mil pesetas, se cortaban un dedo, el meñique, en las calles de Tokio. La sangre seca y olvidada reclamaba de nuevo la degollina general. En Libia se apedreaba a las adúlteras. Se descubrió que una anciana había dormido en la misma cama con el cadáver de su hermana desde diez años atrás. En los Estados Unidos una organización vendía sangre de cadáveres y de trabajadores desempleados a las clínicas del tercer mundo. La sangre regresaba a sus orígenes encarecida. Jamás hubo tantos millonarios sobre la tierra. Mil millones de ex-hombres iban a morir de hambre. Haile Selassie, León de Judá, Rey de Reyes, tataranieto de la Reina de Saba, desnudado apareció como lo que realmente era: un viejo feo y enano cuyo mérito más constante era haber mantenido alta la tasa de mortalidad de sus súbditos durante tantos años que ya nadie los recordaba. Se acercaba a la muerte con un magnífico acto de soberbia:   estaba dispuesto a repatriar sus fondos suizos a cambio de que se respetara su vida. Una vez muerto, de ser cierta la noticia de su definitiva desaparición, se supo que si hubiera reventado ochenta años antes millares y millares de súbditos se habrían llevado un recuerdo menos acre de su paso por el mundo. La orquestación de sus llantos, sintonizables por cualquier oído fino, demuestra la evidencia de una antigua aseveración: a veces, y siempre, es conveniente que uno, el uno, muera para que multitudes vivan. Miseria y rutina de los agujeros fisiológicos, se agotaron todas las variantes de la carne y el acoplamiento fugaz de los coleópteros podía registrar más intensa emotividad que la desvencijada literatura sobre las prácticas sexuales de los humanos. Ningún ciudadano tomado al azar era capaz de reproducir —cuanto menos justificar— los códigos sobre los que se basaba su conducta. La raza blanca, lechosa, aguada, hipócrita y puritana estaba atravesando un mal momento. Se coloreaba rápidamente. Nacían muchísimos menos niños blancos que teñidos. Dentro de poco su recuerdo debería ser garantizado por la administración de un parque zoológico complaciente.
Se acababa la era de los grandes abuelos, patriarcas de matanzas y déspotas sin lustre, constructores de ferrocarriles de veinte caballos cuarenta hombres, armadores de buques piratas y pirómanos consentidos. Los últimos años de su vida fueron un espectáculo notable: amenazaban con su no muerte y hubo manipuladores de teletipo que enloquecieron después de veinticuatro horas seguidas de teclear biografías monumentales. Tanto trabajo fue resumido, una semana después, por una escueta repercusión popular de la noticia: palmó el viejo. Se creyó que dejaría un vacío volcánico y resultó más pequeño que la hornacina de sus cenizas. Fue una gran fiesta de los niños y se cuenta que hasta los recién nacidos olvidaron su costumbre de llorar y salieron al mundo dispuestos a hablar y a reír de inmediato. Otros ancianos nada venerables (porque no hay nada menos respetable que un viejo tiritando amenazas para sostener el código de sus usurpaciones) se echaron a la calle y hubieron de ser recogidos por un servicio especial ad hoc. Desde entonces no quedan ancianos en el país y los que viven son tan jóvenes que nacerán dentro de mil años. Había sido difícil llegar a viejos completamente inocentes. También en esos días se descubrió otro escándalo digno de figurar en nuestra crónica: la existencia de una organización que durante años se había dedicado a algo pavoroso: obtener de los viejos un resumen de sus artimañas. En los años precedentes se había venerado a la ancianidad porque eran los viejos los que manejaban las claves y hacían funcionar las organizaciones; por la mañana tomaban el sol indolentemente en los bancos de los parques públicos y por la tarde dormitaban en los cafés, mas por la noche se reunían en los sótanos de los edificios y dictaban las normas para que amaneciera el día siguiente. Sus artimañas eran diversas, complicadas, heterogéneas y eficientes biografías de la malicia, diccionario de usos nocivos y manual de atrocidades. Se supo que toda la ciencia había sido falsificada y había que entender los códigos por su revés. El descubrimiento llegó tarde. No era posible enviar un mensaje a los muertos consolándoles con el aviso de que se había hecho justicia y el reconocimiento de que estuvieron en lo cierto.

Presagio de maravillas, apareció un bloque de hielo a la altura de Lisboa, un iceberg como un castillo desprendido del casquete polar. No se dijo que dentro de ese ataúd acorazado viajaba una orquesta prehistórica de violinistas. Saludaban la creación del mundo en su milésima edición y anunciaban otros acontecimientos no menos lucidos que aún consuelan nuestra vejez. Iba a nacer una nueva belleza. Saludablemente el mundo se volvería del revés, traído por las Madres solteras y por las Hijas rebeldes. Más de la mitad de la población mundial era femenina por entonces. Ahora suma ya las tres cuartas partes y el diccionario ha olvidado sus formas masculinas. Algunas mujeres lo soñaron así cientos de años atrás y han regresado para contemplar su triunfo. No se advierte mutación alguna en ellas a pesar del tiempo transcurrido. Vienen con sus uniformes de la pira, con las máscaras y la mordaza, el capuchón y el sambenito, montadas sobre la espalda de sus jueces, curiosamente convertidos en asnos con cola de papel. Muchas de ellas acuden preñadas, tal como las sorprendió el verdugo, y los siglos de sepultura no han podido interrumpir el embarazo. De seguro que sus hijos serán de cristal, ágiles y devastadores como el huracán. Los violinistas prometieron también la realización de otros hechos asombrosos:   observada de cerca, su partitura no era un escrito musical, sino la completa lista de todos los ajusticiados habidos desde la madrugada de los tiempos. En adelante empezarían a cumplirse los últimos deseos de cada uno de ellos. Habrá una conmoción universal. Contrariamente a lo que se pensaba durante el reinado de los ancianos, cada ajusticiado había sido una pérdida irreparable. Se despilfarró su misterio. Los desentrañados,  los  mutilados,  los  descuartizados,  los descabezados, los emparedados y los empalados, los asaetados y los ahorcados, los quebrados y los crucificados, los achicharrados, los quemados y los ahogados, los triturados, los gaseados y los electrocutados, los agarrotados, los inflados y los apedreados, los fusilados, los ametrallados y los despeñados, los envenenados y los despellejados. Más aún. Después de la visita de los violinistas, un médico propuso una siguiente inquietud:  durante milenios habíamos estado enterrando vivos a los muertos. Lo que no era un mal consuelo si se piensa que todos recibieron al final el mismo trato. La cabeza del guillotinado, izada por las manos del verdugo, contemplaba el espectáculo vociferante. Cuestión de tiempo, los de abajo no tardarían en subir. Los fusilados notaban cómo su cuerpo aumentaba de peso y cómo era trasladado al agujero. Sólo se salvaron los quemados vivos. Los muertos domésticos escucharon lo que se decía de ellos y descubrieron con qué tranquilidad se les dejaba en las mesas de mármol de los cementerios. No se ha recuperado ni uno sólo de los pensamientos de los enterrados con tanta, precipitación. Terrorífica y todo la muerte ha sido objeto de planificación industrial. Hemos matado tantas veces que ya no nos asusta ni nuestra propia muerte. Cambiarán las cosas después del descubrimiento del médico. No querremos que jueguen con nosotros.
Pero enterrar vivos a los muertos es nada comparado con otros despilfarros y otras negligencias. Peor es sepultar a los recién nacidos, amputar los dedos de infinitos Mozarts, extirpar los ojos de innumerables Goyas. El arte es irrepetible porque se asesina a los artistas. Sucumbía la imaginación, rebatida por los hechos. Y se precipitaba al olvido a los sentimentales, los bondadosos, los pacíficos, los soñadores, los ingenuos, los inventores, los creadores y los incorruptos.

De todos los crímenes horrendos que se cumplimentaban cada día en aquella época de amarga recordación, ninguno era mayor que el de la incontestada sumisión a la costumbre. Las muertes heroicas y fracasadas habían sobrevenido como consecuencia de estallidos estrepitosos contra los imperativos de lo usual y se achicharraba a los innovadores para mantener incólumes bendecidas atrocidades. Habrá enloquecido el autor del manuscrito y cuantos tuvieron la oportunidad de tocarlo y ahora andan errantes por los desiertos interiores, despellejados y sin querer usar el vocabulario pues las palabras sólo indican la gravitación compacta de la costumbre. Estaba prohibido el nacimiento salvaje de los niños y todos fuimos condenados, desde el jadeo de nuestros padres, a ser propiedad de la costumbre. Entrar en una casa y ver a un niño era para echarse a llorar; había venido al mundo para recibir en unos cuantos años el aprendizaje de la maldad heredada de milenios. Es cierto. Los niños podrían salvarnos a condición de que pudieran repudiarnos libremente, pero la violencia ejercida sobre ellos construye nuestro retrato y esteriliza nuestros sueños. En aquella época de maqumismo y nacimiento de máquinas cada vez más complicadas se habría permitido que un ignorante las manejara: eran demasiado costosas y cumplían una función extraordinariamente útil. Se las había dotado de un cerebro eficaz y acomodaticio. Mas los niños seguían siendo propiedad particular de los padres y así fue posible que niños bellísimos, de pensamiento ágil y milagroso,  sutiles como el viento, exuberantes como los bosques primigenios, prontos a la idea y dueños de inapreciada libertad, fueran sistemáticamente reducidos a las costumbres aborrecibles de los adultos, amaestrados en artes viles y oscurecidos por los hábitos que habían merecido sobrevivir en virtud de su consistencia engañosa. Y aun así, las madres no eran dueñas de sus reproducciones si se atrevían a lograrlas al margen de los usos y les eran arrebatados los hijos, hermosos por haber nacido en la rebeldía, para ser remodelados por seguros guardianes. Veinte años después del secuestro organizado, la madre desconoce el paradero del hijo y lo sueña libertador, cuando ha sido convertido en mercenario de asesinatos.
Dicen que un loco se pegó a la pared y desde entonces no ha cesado de golpear con sus uñas crecidas tres puntos, tres rayas, tres puntos. Su mensaje llega de pronto al silencio de las salas de conciertos, se cuela en las emisiones de radio y rompe los sueños de las gentes. Se asevera igualmente que los niños de los parvularios, de oído muy fino para captar los mensajes inexistentes, se olvidaron de dibujar casitas y aviones y devolvieron las cartulinas a los maestros con esta escueta transcripción: — — — · · ·

En esa época llegó a. mis manos un manuscrito singular y lo oculté durante años porque creí que el publicarlo equivaldría a destapar una máquina fotográfica cargada de película virgen. Hay muchas cosas que sólo pueden vivir en la oscuridad, como si el mundo no existiera, y una de ellas era el manuscrito encontrado. Temí también darlo a la publicidad porque imaginé que los críticos lo autopsiarían con facilidad aduciendo que había sido producto de mi imaginación y de mi itinerario que, sorprendentemente, coincidía con el seguido por el anónimo escritor. Fui tentado de no mezclarme en este negocio. Mis enemigos, que no son pocos, podrían utilizarlo para achacarme ideas e intenciones que no son mías. Y pendiente de tantos juicios y procesamientos, interrogatorios y sutilezas —que, por otra parte, se prodigan al menudeo y a porrillo entre nosotros y a tantos ciudadanos—, era aconsejable no mentar la soga en la casa del ahorcado. En aquellos tiempos era prudente no guardar en casa ninguna anotación propia, ni siquiera el encargo que solemos hacer al tendero para que nos provea de hortalizas y de embutidos. ¡Cuánto más atesorar el manuscrito de un pobre diablo! Ustedes pensarán que exagero. ¿Es que no han sufrido ninguna experiencia parecida? ¿En qué mundo viven? Estuve tres noches, y un total de setenta y dos horas, intentando sostener que aquel papel que se me había quedado pegado al fondo del bolsillo —créanme que siempre llevo los bolsillos limpios—, no era otra cosa que la nota de lo servido por el tendero de mi barrio. Suelo disponer de varias escrituras. Ni siquiera firmo siempre igual, y me cuesta un esfuerzo agobiante rellenar un talón o cheque bancario: a veces me quedo muy corrido cuando devuelven uno de ellos a mi proveedor. No es que carezca de fondos: es que estoy pensando en otra cosa cuando firmo y al cajero le parece que han falsificado mi rúbrica. Escribo muy claro los telegramas y las escasas notas que han de ir a la imprenta. Además, siempre uso máquina y, qué demonios, ya soy viejo para recordar la caligrafía de letra inglesa de mi infancia. Por esta razón y otras que callo, las notas que redacto para el verdulero, que he de verlas tan solamente yo,  resultan confusas, con palabras mutiladas y sombras  o remedos de lo que debe ser un signo claro y distinto,  y aquellos energúmenos no me dejaron dormir y pidieron refuerzos para relevarse. Qué clave, qué contraseña, qué enigma, qué contacto, qué mensaje, qué planes, qué confabulación, a qué hora y dónde, dónde se reunían, a quién esperábamos de fuera, qué se pretendía, por qué llevaba ese único papel en el bolsillo, ¿no era prueba de culpabilidad y de conspiración el hecho de que no se hubiera hallado ningún documento comprometedor y sí aquel enigma? No se me había intervenido ningún papel, la casa estaba en orden. Sospechoso. Había tenido tiempo de quemarlo todo. No había nada, luego lo había habido. La falta de pruebas era la prueba irrebatible. Demuestra que no tienen argumentos. Y yo balbuceaba y no resultaba muy convincente al decir que aquel garabato quería decir, simplemente «acelgas, dos quilos». Porque sonaba a irrisión, a burla, a desdén y a cachondeo. «Rábanos, tres manojos» Era demasiado. Y lo peor era haber confeccionado una lista heterogénea. Bien estaban las acelgas, los rábanos, la coliflor y las lechugas, pero ¿por qué no tracé una raya debajo o, mejor, por qué no utilicé otro papel para encargar las compras a la ferretería y a la droguería? Porque salpicado en la lista de las hortalizas había lo incomprensible: una sierra, un martillo con cabeza de nylón (¿por qué de nylón y no de acero?, ¿para no hacer ruido?, ¿y qué es lo que había que golpear sin estrépito?, un litro de amoníaco (dios santo, otra vez el amoníaco), una cuerda, ya, ya, dos quilos de tomates, para despistar, ¿no? Cuando, dolorido por la fatiga de haberme batido en diecisiete frentes a la vez, estaba próximo a otorgar la peligrosidad de las hortalizas, me dejaron marchar con buena reprimenda. Es innecesario aclarar que jamás volví a hacer la compra por escrito y aun decidí arrancar todos los bolsillos de mis trajes. Otra vez no me cogerían tan fácilmente, ni tan en bandeja. En mérito, pues, y desgracia de estas razones puedo afirmar que el manuscrito no es mío, ni jamás entró en mi casa. ¿Entonces por qué lo apadrino? Me justificaré a tiempo.
Esa época del final de los setenta —por fortuna muy alejada y prescrita— coincidió con un período de gran sequedad en mi interior, con una grave crisis profesional y con la inaplazable necesidad de seguir realizando algunos ingresos. Ahora, cuando no tengo ni el recuerdo de haber escrito alguna vez, puedo decirlo sin sonrojo. Los más viejos de ustedes, con perdón, recordarán que hace más de medio siglo llegué a alcanzar cierta fama como ensayista literario. Descubrí prometedoras figuras cuyo nombre ni yo mismo recuerdo. Aquellos noveles novelistas llegaron a ser estupendos hombres de negocios. ¿Sabían ustedes, por ejemplo, que el inventor de las vallas protectoras de las autopistas fue un magnífico poeta? ¿Identificarían al ampuloso propietario de la mayor cadena de mataderos de aves del país con el jovencito dramaturgo que se declarara en huelga de hambre, de sed y de sueño, encadenándose (y se tragó la llave del candado) a la puerta de un teatro para pedir una oportunidad? Si la literatura no me debe nada, los negocios están en deuda conmigo. Ahora soy ingeniero agrónomo y me he olvidado de mi caligrafía. Veinticuatro incidentes posteriores y parecidos al de las acelgas, dos quilos, me animaron a sentar la cabeza para conservarla. No hay nada más peligroso e ineficaz que la literatura. Es una baladronada. Amenaza con transformar el mundo y se chivatea de todas las conspiraciones cuyo éxito ha de consistir en el secreto. Créanme, los que quieran modificar el mundo (triturarlo, pulverizarlo, réquiem y a empezar) han de iniciarse en la demolición de la literatura. ¿No lo ven claro? Las grandes contrarrevoluciones se han hecho sin trompetas ni tambores. Es decir, sin alertar a los enemigos. No anteponen la razón ni las razones. No avisan. En cambio, la literatura marcha antes que el ejército clandestino y en su estruendo previene y alerta a las piezas. Es una notable y pretenciosa majadería histórica seguir sosteniendo que las ideas nacen con los literatos. Se las apropian, sí. Las divulgan y al expandirlas las matan. Todo el que tenga una idea que se la guarde. Los iletrados, los tontos y los brutos se adueñarán de la tierra, Y los que sobrevivan lo agradecerán. Entonces empezará el triunfo de la razón. Vean mi caso. Ingeniero agrónomo, he sembrado más desastres que una división acorazada de escritores.
En aquella época yo no era capaz de escribir nada, ni tampoco de observar nada. Me había dedicado a leer como en ningún período de mi vida. Diez, quince horas diarias. Sin método ni discriminación. Grandioso aquelarre, concilio, turbamulta y comisión de escritores se juntaban en mi cabeza, que, de haber coincidido en vida encerrados en una habitación, se habrían destrozado. Antiguos y modernos. Poetas y cronistas. Hasta allí habían llegado. Morían y otros recomenzaban la tarea, muchas veces como si no hubiera pasado nada. Pocas ideas nuevas. Qué remedio. En muchos períodos no ocurría nada nuevo en trescientos años. ¿Cómo ser escritor en esas condiciones? No tuvieron ellos la culpa. Por eso se suceden larguísimas etapas de silencio. Incapaz de escribir, la lectura de los libros me hacía sentirme escritor. Yo lo habría hecho mejor, me decía ante cualquiera de ellos. Llegué a la perfección y tuve la suerte de poder plagiar impunemente. ¿Cómo alcanzaría a protestar el autor? ¿Dónde se podría hallarle? Les aseguro que el pobre diablo vive en alguna parte, encadenado, miserable, comiendo su porción de rancho de una perola para dos mil tipos, engordando con la peor fórmula del engorde: la de la jaula. Sufre y es magnificente su sacrificio. Ilocalizable por sus signos externos. Viste ropa común pringada de sudores y del humo ocre del tabaco. Hasta los hierros huelen a humo de tabaco, el suelo y los muros, los platos y la cuchara, el sol y el retrete. El manuscrito. Los pulmones y los bronquios se quejan, pero cada mañana dos mil gargantas saludan con su grito de perro el nuevo día y así hasta la noche. Camina con los otros. No es posible identificarle por el brillo de los ojos. Incluso los oligofrénicos, los dolicocéfalos, los embrutecidos, los nadie, los picaros y la bola de carne tienen hermosos ojos de sufridores. En sus primeros días transportado además sin consideración alguna (exculpación, me asalta todavía la posibilidad de asombro) debió de experimentar un choque doloroso, quizá inquietante y premonitor de futuras violencias. Con la mejora de la raza, disminuida portentosamente la tasa de morbilidad y de mortalidad, era difícil encontrar rostros adecuados para la películas de terror y de bajeza. Indolente y aun estúpida la gente es bella en la calle. Además, camina deprisa y si quieres no convives con ella; puedes cambiar de cafetería si no te gusta la clientela y si eres demasiado sensible te atrincheras en tu casa y seleccionas a los amigos. Si tienes una profesión honorable, como la de nuestro anónimo manuscritor, creerás que han desaparecido del mundo los feos, los lisiados, los jorobados, los retacos, construidos a toda prisa con desperdicios genéticos. Sabrás, además, que no flotan y que no pueden ascender a la superficie que compartes con tus amigos. Los otros, aquéllos, están permanentemente  abajo, lastrados por sus monstruosidades, y todos coinciden en el fondo y forman un poso deleznable, estercolero de la raza. Se frotarían las manos los cazadores de anormalidades. Verían qué pequeño es su catálogo de monstruosidades. De una oreja a la otra menos de veinte centímetros. El arquitecto no lo previó y el cabezaplana la introdujo en el agujero, con la misma facilidad que si se tratara del puño, y se las piró: una ventaja y anda agradecido de aquel parto que le chafó el cráneo. Una buena remesa de desechados del servicio militar por diversos géneros y álbum de deficiencias: menos de uno cincuenta, pies planos, pero no planos de vista gorda sino planos de plantígrados; cabezones de breve cerebro, piernicortos, bracicortos, desnivelados, culicaídos, inclinados, invertebrados y siempre los mismos que entran y salen, se ríen, vociferan, tratan de desclavarse el aguijón y maldicen de ser siempre los mismos. Ellos no lo advierten y nuestro hombre pasó de los salones de hoteles de cinco estrellas a convivir con la turbamulta insospechada. Los vio, y sobre todo los alió, y comprendió que le era tan imposible retroceder como cambiar de piel. Le habían despellejado de sus costumbres y de su relación. De las máximas alturas había llegado a los subterráneos de cemento, arañada la oscuridad por una bombilla de quince vatios. No vio el cielo y sólo le llegó de él un rugido repetido treinta veces al día que se le cuajaba en el estómago. Me apresuro a decir que no he intentado esbozar ninguna imagen literaria, les he confesado que me curé de la enfermedad. Nuestro hombre era un formidable piloto de la aviación comercial. Presagio de su suerte adversa, había ido a parar a una alcantarilla a cincuenta metros de un aeródromo. Lo peor eran los sueños. Eliminan las defensas que tan ímprobamente han sido levantadas durante la vigilia (no pensar en el otro lado, eliminar el mundo para que su llamada no nos elimine, realizar la irrealidad) y se dejan desmoronar por un imprevisto fogonazo exterior. Se despertaba a las tres y veintitrés minutos de la madrugada, cuando aterrizaba el primer vuelo intercontinental, y con los ojos cerrados extendía la mano para alcanzar el interruptor. Recordaba así que su bombilla se encendía desde fuera.

© Eliseo Bayo, del libro "Sueños, discurso y destrucción de los inocentes" (1976)

Ilustraciones: cuadros de José Hernández

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Eliseo Bayo

Artículos del libro: ©"Crónicas finales". Otra visión de la política internacional.
Poemas del libro ©"...y el cielo es nuestra casa".
Poemas del libro ©"Dios Toro poderoso"
Artículos del libro: ©"Estrictamente prohibido" Reportajes censurados y otros retratos de la España negra.
Capítulos del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en 1968, cuya edición, íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

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