
Que se nos muere la gente muerta de miedo
Cuando "el niño" canta todo el mundo, y especialmente los viejos, rompe las palabras y guarda silencio. Va a tener lugar un rito para iniciados. La vieja tierra de los andaluces renace en las cuerdas de la guitarra y en la voz doliente del cantaor. No son cantes guerreros, ni sirven para acompañar el trabajo duro del campo o de la mina. No pregonan la injusticia colectiva, ni alientan la rebeldía. Son las coplas de la soledad y del desamparo, el último lamento del que ha perdido lo que nunca poseyó, la queja del que está dispuesto a entregar la vida sin verse correspondido. Las canciones del miedo y de la pena negra.
El cantaor habla con todo su cuerpo, asegura los pies en el suelo y las rodillas tiemblan; levanta los brazos hacia el silencio y cada dedo dibuja en el aire un suspiro. Cierra los ojos renegando de todas las cosas de este mundo, cegándose voluntariamente para no contemplar tanto tormento, y el rostro se deshace y se hace en muecas rotas. Corta las palabras, les pona barreras en la garganta y las suelta con la protesta de los pulmones.
Avanza un pie y el otro se queda regazado, inmóvil por el abismo que se ha abierto ante él. Busca compañía y la exige golpeando las palmas. El miedo se convierte en fiereza y en desdén, en pura baladronada del que rechaza lo que nunca se le ha de dar. Se torna entonces alegre, ligero como un ángel o un diablo que sólo necesitara para vivir su cuerpo desnudo. Liberado del dolor, vacío de la pena vuela por el rincón íntimo e intocable. Nadie podrá acosarle ni darle caza, ni poner frenos a su lengua ni a sus pies, porque ha conquistado con su total renuncia el privilegio de ser invulnerable. Pero, se quiebra su contento, abandona la dicha y se muestra tal como es, indefenso y acosado.
"El niño" ha sabido expresar con la voz quebrada, con el pecho erguido, con los dedos contorsionados por la amenaza, por el miedo y por la alegría, magnánimo y humillado, suplicante y despreciativo, el alma antigua de su pueblo y de sus gentes. Y cuando termina su interpretación, sudoroso y congestionado, refulgentes todavía los ojos por las súbitas pasiones que los han empañado, sin prestar atención al auditorio, se vuelve hacia el maestro y le planta un rotundo beso en la mejilla. Manolo Amaya, "El Caliqueño", tío de Carmen y de La Chunga, hijo y nieto de gitanos que se pierden en la negra marcha de los carromatos y del éxodo milenario, acepta el tributo y parpadea ligeramente, sin dejar de acariciar con los dedos negros y ensortijados las cuerdas de la guitarra.
—¡Ole, tío! —anima el "niño"
—¡Qué ties manitas de querubí!
—¡Arza, niño y ole!
"Caliqueño" mira despreciativo la ronda del vino y los tacos de chorizo y de queso. Chispean sus ojos cabalgando sobre la sonrisa o la mueca, húmedos de dolor y de nostalgias de lo imposible. La piel negra se cuartea en los párpados y en el cuello y se repliega en los labios, dejando entrever el brillo amarillento de los colmillos. Nadie le conoce en la reunión de iniciados. Alguien ha ido a buscarle a los bares de la calle Escudillers, a donde "Caliqueño" acude todos los días a la espera de que algún payo le contrate por unas horas.
— Mi vida con mi guitarra. ¿Qué es lo que no voy a saber? Échenme lo que quieran que aquí estoy yo para cumplir. Tengo cincuenta y siete años y desde los siete estoy rodando con mi guitarra. Ya ve, esta mañana no les conocía de ná a ustedes y vino su amigo y me dijo "¿Caliqueño, quieres venir esta noche a una fiesta?" Y yo le contesté. "Muy bien, eche siete billetes y no se hable más del asunto." Y el me replicó: "No. Es mucho dinero." Y yo le dije: "Lo bueno se paga y yo soy cumplidor." Y él me contestó: "Pongámoslo en seis y no se hable más del asunto." Y acudí. Cada cual en su puesto y nadie se meta en las cosas de los demás. Si yo afano una peseta, a casa. Que no la procuro, a callar. Si tengo, como. Si no, a dormir.
— No se ponga triste, tío — le murmura "el niño", José Menese.
— Si no lo estoy. Ya la vida está consumía y sólo me queda la colilla. He sacao mi casa adelante y tengo unos hijos que son como soles. Artistas buenos. Guapos mozos que no han tenido que ir como yo, a los siete años, por las tabernas cantando y bailando descalzos. Por estos bares, dígalo usté, nos zarandeábamos Carmen Amaya y yo buscando los centimillos de cada día. Y cuando nos jartábamos nos cogíamos un carro y un caballo y, ale, a los pueblos, haciendo arte y vendiendo cestos de esparto.
— ¿Qué le pasa, tío, por qué tiembla?
— ¡No he de temblar! Tengo el frío metió en el cuerpo y no me lo saco en too el día. ¡Ale!, a trabajar que a eso he venío.
Y "Caliqueño" se frota las manos en la pechera de la chaqueta y por un momento el tronco diminuto queda cubierto por los largos dedos.

José Menese, el sucesor más probable de los maestros Antonio Mairena y Juan Talega, tiene cuchillos en la voz y electricidad en el cuerpo. Canta la pena de los campesinos sin tierra, de los hombres y de las mujeres que se mueren de miedo, de los amores imposibles y de las gestas que no han sucedido. Tiene venticinco años, fuerte como un potro, de mediana estatura, sumisos los ojos y la palabra sencilla. El pelo negro y rizado.
Le hubiera gustado estudiar cualquier cosa, pero tiene nueve hermanos y su padre es zapatero en la Puebla de Cazalla.
—¿Y qué puede hacer un mocoso, si a los siete años tiene ya los dedos encallecidos de manejar la aguja y las cuchillas de cortar el cuero? Y aún andaba yo metido en mi casa, que otros críos iban a recoger la palma o el esparto al monte... Tenía un gusanillo metió dentro el cuerpo que no me dejaba tranquilo. Unas ganas locas de llorar y de gritar cuando veía las cosas que pasaban en el pueblo. Allí la gente se muere muerta de miedo y nadie rechista aunque le pisen los hígados. Todavía se comenta el desplante que le hizo "El colilla" al Amo. Allí todo sucede de otro modo y la gente no se siente segura al otro lado de sus puertas. Ya he visto a los campesinos, al padre, a la madre y al hijo mayor, turnándose las veinticuatro horas con la escopeta en la ventana. Habían ganado el pleito que sostuvieron contra el amo, pero éste, contra toda ley, se propuso arrojarlos de las tierras.
Consiguieron sacar pan de las piedras. El amo les había concedido los peores barbechos, lindando con la palma y con el cardo. Y ellos habían levantado las casas y construido corrales donde alimentaban cochinillos y conejos. La vieja tierra salvaje abrió sus muslos para dejarse fecundar y respondió alborozada. Los campesinos trabajaban contra el tiempo, en una alocada carrera por echar raíces en el suelo que nunca habían tenido. Entregaban la mitad de la cosecha al señor y por la noche desaparecía de las eras algún saco que era llevado clandestinamente a los graneros. Los críos iban a la escuela y se afanaban en los campos con una alegría nueva.
—No nos asustaba el trabajo, no señor, porque engrandecíamos nuestra casa y soltábamos a gusto el sudor de nuestro pellejo. Todavía no nos habíamos familiarizado con la verdadera situación del campesino, con el hombre que ve arruinada su cosecha de la noche a la mañana y se entrampa hasta las cejas porque ha tenido que arrojar o malvender los frutos. Teníamos únicamente tierras y, de momento, nos bastaba. Limpiar el campo, extirpar las malas hierbas y ver crecer el trigo.
Pero, el amo, lejos de allí, habitando una hermosa casa llena de flores y de fresca sombra, seguía manejando los destinos. Un día tiró del hilo y los campesinos se pusieron a danzar su baile penúltimo. Pasaron meses de tensiones hondas. Se defendieron desesperadamente, como un gato en el agua, sin atacar, temerosos tan sólo del golpe que amenazaba sus cabezas.
—¡Buen susto le han dado en la capital!
—Bien le han pillado los dedos.
—¿Qué se creía, que iban a darle la razón?
—¿Qué pensaba, que dejarían al pueblo morirse de hambre?
—¡Qué mire bien lo que hace!
Y los viejos meneaban la cabeza y volvían a sentir el sabor de la vieja fruta. No se han vuelto locos los tiempos y el agua desbordada habrá de volver a sus antiguos cauces. ¿Acaso se ha visto salir el sol por poniente? ¿O las liebres venir a comer el forraje al corral?
—¡Pues más difícil es que el amo se contente...!
—Hará una de las suyas. Lo digo yo que he visto muchas cosas y sé cómo las gastan.
—Desconfiar del agua mansa...
—Papel mojao será too lo que le digan en la ciudá...
Las mieses y los espárragos, ajenos al conflicto, engordaban lentamente. La cosecha, recogiérala quien lo hiciera, prometía ser generosa.
—Y hubo gran revuelo en el pueblo aquella mañana, cuando se vio a las mujeres venir corriendo. Gritaban y se llevaban las manos a la cabeza.
—To lo han destrozao ¡TÓ!
—¡Han cortao las puntas de las espárragos!
—Han pisoteao el sembrao!
Y los mayores de cada familia se turnaron en las ventanas, apostados con la escopeta. Pero los enemigos actuaban en la sombra, sabían moverse y eran intocables. La sombra del señor les protegía con su ala todopoderosa, que se reía de la Ley y borraba sus huellas.
—¡Al Palomo le han arrojado un perro muerto al pozo!
—Ya no podremos ni beber agua...
—Les han roto los cristales por la noche...
Las aguas volvieron a su cauce y el sol siguió saliendo por su sitio exacto.
"Mi mula golondrina
sudando va
que se cree que la trilla
se va a acabar"
El campo se llenó de piedras y la palma volvió a extender su hirsuta cabellera. Se cerraron muchas tiendas en el pueblo y los jóvenes se marcharon a la ciudad. Se quedaron los viejos y los críos que andaban medio descalzos por el monte arrancando esparto y tendiendo trampas.
«El colilla" trabajaba en una obra del amo. Y gracias que éste se había fijado en él. Llevaba la mezcla de cemento y arena desde el mortero al solar. Y caminaba con paso cansino, casi arrastrando el cubo con un brazo. El amo apareció delante de él.
—¿Qué hace, viejo?
—Ya lo ve, usté. Acarrear mezcla.
—¿Con qué?
—Ya lo ve, usté. Con un cubo.
—¿Y cuántas manos tiene, viejo?
—Ya lo ve usté. Dos.
—Pues, lleve dos cubos.
—Sólo tengo uno.
—¡Pues, pinte el otro!
Y llegó el momento heroico. La hazaña que todavía se recuerda hoy, entre cuchicheos y miradas cómplices y asustadas.
Se oyó al viejo decir:
—Píntalo tú, que ties cara de pintor.
Y arrojó el cubo al suelo. Y volvió la espalda.

José Menese, el "niño", a quien el "tío" Caliqueño besa emocionado en estos momentos, ha elegido un camino difícil. El del cante más puro, aquel que sólo entienden los iniciados, la minoría que guarda la llama sagrada de la tierra. Menese es imprescindible ya en los festivales y varias peñas de andaluces en distintas ciudades llevan su nombre. Ha publicado cinco discos pequeños y dos grandes. La esencia y la raíz. Sin importarle una brizna de esparto el éxito comercial y el aplauso fácil de la mayoría. Es su revancha y su afirmación.
Viéndole torturarse el rostro, mover los dedos como si curase las más hondas heridas de su pueblo, alzando el pecho como un gallo fiero, ofreciéndose como víctima expiatoria, como vengador, o suplicante, resulta vano preguntarle por qué eligió este camino.
—Allí es natural, el cante. Como la comida, mejor, como el no tener comida. Cuando trabajaba en la zapatería, me pasaba los ratos cantando y unos amigos le dijeron a un droguero que tocaba la guitarra que viniera a escucharme. Y nos pasábamos las horas, él acompañando y yo cantando. Después, vino todo lo demás. Madrid, los festivales, los discos...
...Trabajé en el tejar, la fábrica de ladrillos como ustedes la llaman. Casi todos los que estábamos allí no teníamos más de trece años. ¡Chiquillo, qué calamidades pasamos! En verano aquello era un infierno. Teníamos temperaturas de cuarenta grados a la sombra, pero eran una delicia, comparadas con lo que sufríamos en el tejar. Entrábamos en el horno para sacar los ladrillos y no teníamos herramientas, sino que los cogíamos con las manos, quemándonos y buscando la salida a punto de asfixiarnos. Las alpargatas ardían y humeaban. ¡Imagínese cómo estarían los pies! Entonces, hace diez o doce años, trabajábamos diez horas diarias y ganábamos treinta y siete cincuenta al día. Ahora se afanan a destajo y sacan treinta o cuarenta duros; apenas comen y se puede decir que los sacan de su pellejo. ¡Chiquillo, no había manera de conservar un gramo de grasa debajo de la piel! El amo nos jaleaba a todas horas, para que trabajáramos más deprisa.
En la era, cercana al tejar, el sol levanta llamaradas entre la paja. Las mulas, cuando no huelen la presencia del amo, humillan la cabeza y arrancan un manojo de mies. Los campesinos, a eso del mediodía, cuando ya llevan siete horas amarrados a la noria plana, cierran los párpados enrojecidos por el polvo picante de la cebada y se dejan mecer por el sueño que envenena la sangre. Suenan las ruedas metálicas o raspa el pedernal la paja triturada y vuelta a triturar. Los perros anuncian la llegada del amo y el hombre siente un sobresalto. Arrea a las muías que levantan las patas y hacen crujir las riendas.
En el tejar, los muchachos tienen el cuerpo de ladrillo. No es necesario levantar la cabeza para que el sol abrase los ojos. La boca del horno arroja llamaradas de aire y la arcilla roja se endurece al instante. No hablan. En algún lugar se escucha la canción de la pena que funde el sentimiento de los trilladores y de los muchachos.
"Esta mula de punta
le gusta el grano
aligera y no coma
que viene el amo."
José y los compadres amasan la arcilla con el sudor. Debe bajar fresco el río entre los juncales y los álamos. Los perros se mueven inquietos, con los ojos enfebrecidos, agitando la lengua blanca y reseca, cercanos a la huida y a la rabia. En las casuchas, detrás de las cortinas de saco, zumban las moscas su canción privilegiada. Es la hora de la siesta imposible y de la sombra prohibida.
Los muchachos desaparecen dentro del horno y salen con la sangre hirviendo a flor de piel. Reluce al sol la camisa blanca Tiene las manos hundidas en los bolsillos y las rayas del pantalón son la única línea recta que se alza ante la noria plana y la boca del horno.
Brillan los colmillos del amo cuando anima a los muchachos:
—¡Que eres de oro!
—Qué maravilla.
—¡Jesús, qué muchachos tan lindos!
—¡Así se trabaja!
—¡Na! Lo que digo ¡Que sois de oro!
Y los perros esconden la lengua. Las mulas aligeran el paso contentas de no probar bocado y el campesino mira de soslayo el saco de grano escondido entre los fajos. Los muchachos tensan los nervios y exprimen el pellejo.
Resuena sereno y grave el cante del martinete... "Caliqueño" abraza la guitarra enmudecida y la mueca triste de su rostro se ha quedado inmóvil. Con la nariz afilada y negra otea los cantos de la vieja tierra. José Menese, sentado en silla, con el tronco enhiesto y el mentón aplastado contra ancho cuello, puntea con los nudillos en la mesa de madera la canción sola. Habla del minero que encontró la muerte en el pozo y de los compañeros que lo llevan a enterrar. Detrás la mujer enlutada y los críos que no saben dónde poner mirada.
Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.
Capítulos anteriores:
*Prólogo
* Introducción
* La isla
* Arresto laboral
* La levadura
Foto de portada de Jorge Silva