
La levadura
—No le des más vueltas a la cabeza —dijo la mujer—. Hiciste lo que cualquier hombre que lo sea de verdad habría hecho en tu lugar. No me casé yo con un gallina, uno de esos tiralevitas que van arrastrando el rabo. En esta vida hay que saber perder alguna vez, renunciar a la poca comodidad que podamos conseguir y saber plantarse, aunque después haya que irse a vivir debajo de un puente.
Isabel había apartado de un manotazo el plato que ella misma se había servido. Su marido y yo estábamos atolondrados, cohibidos por el torrente de palabras que soltaba la mujer. Y, sobre todo, por el tono con que eran pronunciadas. La mujer hablaba de esa peculiar manera que sabe introducir la desazón en el estómago. El tono que utiliza el carcelero para amedrentar al preso; la voz que modula el militar para hacer cumplir su orden sin la mínima vacilación.
—¡A lo hecho, pecho! —continuaba Isabel—. Si te hubieras arrastrado como un caracol, me darías asco. Estoy más que harta de esos hombres que sólo saben fanfarronear en la taberna y luego, a la hora de la verdad, se ensucian en los pantalones. ¿Qué se puede conseguir con una actitud sumisa? Ser la irrisión de todos. Y vivir siempre con el lomo apaleado. Te lo dije una vez. Que nadie me diga que eres un rajao, que te quedas en la estacada cuando los demás dan la cara.
Chicho me miraba como pidiendo indulgencia. Sin saber qué hacer y puesto que era la primera vez que les visitaba en su nueva casa de recién casados, quise hacer el mal papel de componedor. Le acerqué a Isabel el plato de fabada y le dije:
—Está bien, mujer. Descuida que no se rajará nunca ¡Cualquiera se atrevería teniéndote al lado!
—Eso es lo que quiero. ¡Qué no lo olvide!
A través de la ventana se veía la ancha ría, cubierta de bruma y del pesado humo que soltaban las barcazas. Las aguas bajaban turbias; tenían el color del óxido de hierro, con dibujos brillantes por el petróleo derramado, rotos a cada trecho por la veloz corriente de los vertederos. Un momento antes, mientras esperaba que Isabel terminara su faena en la cocina y que Chicho le ayudara a preparar la ensalada —a mí, como invitado, no me habían permitido acercarme a los fogones— había visto al hombre afanarse entre las aguas apestosas. Hundido en el fango hasta las rodillas, sostenía con las dos manos una especie de cazamariposas. Mantenía fija la mirada en la boca oscura de la cloaca, tensos los músculos como el cazador avizorando a la presa. De pronto, avanzaba el armatoste y lo hacía resbalar por las aguas, hasta que en el momento oportuno lo hundía ligeramente y lo sacaba con brío. La extraña red describía un círculo en el aire e iba a golpear con la cabeza en tierra, a dos o tres metros del hombre, introduciéndose a continuación en una cesta de mimbres. Traté durante unos minutos de comprender la curiosa actividad del hombre, clavado en el centro de la corriente de excrementos. Isabel sin ninguna pregunta mía, dijo desde la cocina:
—Está recogiendo pelotas.
Agucé la vista.
—Sí, pelotas. No puedes hacerte una idea de las que salen por la cloaca, después de un día de fuerte tormenta. El agua las arrastra desde los aleros y desde los rincones de los subterráneos y ese hombre, como muchos otros que se colocan en otras partes de la ría, las caza para venderlas después. Dentro de unos días, cuando haya bajado el nivel del agua, buscará otras cosas entre el fango. Escarbará para encontrar sortijas, anillos, peines y gafas. Y dentaduras postizas. ¡La de cosas que ha de hacer un hombre para subsistir!
Quise abrir la ventana para aliviar un poco el ambiente asfixiante que se respiraba allí dentro. Tuve que forcejear porque la madera hinchada había apretado frecuentemente los pasadores de hierro.
—Déjalo —gritó Chicho—. Es mejor reventar de calor, que de la atmósfera apestosa que se respira ahí fuera. En los días de bochorno estas casas son poco menos que inhabitables. Fueron construidas en esta margen, para que sirvieran de barrera contra los humos y las emanaciones de las fábricas. No olvides que al otro lado, viven los amos. Mañana nos daremos una vuelta por allí y verás qué milagro han realizado. Tienen bonitos jardines llenos de flores y torres encaladas que nunca pierden su blancura. Aquello es un paraíso. Los niños juegan todo el día al sol, custodiados por nurses, tocadas con cofia. Aquí las cosas están bien claras. Cada uno en su orilla. Siempre que nos mantengamos nosotros en esta parte para proteger sus delicados bronquios, claro.
—¿Y qué hacéis con los niños?
—iMenudo problema has tocado! En esta parte no hay apenas sitio para ellos. Un metro de terreno vale aquí más que en cualquier otro lugar, más que en Tokio, por eiemplo, según leí en un periódico. Los pisos son estrechos, incómodos, como puedes ver, con escaleras empinadas y poca luz. Han considerado un lujo excesivo para nosotros crear espacios verdes, jardines y parques, para que pasen el rato los crios y los viejos. Por eso, apenas podemos sacarlos a la calle y no sabemos qué hacer en la época de vacaciones. Vivir aquí te produce la impresión de estar tan sólo en un campamento de trabajo, en un lugar donde se espera que los niños crezcan deprisa para empezar a rendir un beneficio.
Los coches, los autobuses, los camiones cargados de mineral y de combustibles, ruedan pesada e ininterrumpidamente. Los peatones caminan a empujones por las aceras, saltando brevemente a la calzada y volviendo a salir de ella, para esquivar los vehículos. Hombres vestidos en traje de faena, empuñando la cesta de la comida, en una interminable sucesión de rostros casi idénticos. La mirada torva y el ademán severo. Chicho, a la hora del café, enciende un cigarro y me dice en el momento en que su mujer se ha ido hacia la cocina con los últimos cacharros que quedaban sobre la mesa:
—¿Y ahora qué pasara?
—¿Es posible que estés nervioso?
Chicho entrelaza los dedos, se muerde el labio y prosigue:
—Al fin y al cabo, es la primera vez que participo en una cosa semejante. Te aseguro que en el momento en que oí las voces y vi a los primeros soltar la herramienta, sentí que las piernas me temblaban. Creí que estaba cometiendo un delito terrible. Y me dije. Bueno, al fin y al cabo no se han portado tan mal con nosotros y conmigo, por lo menos, siempre han tenido alguna palabra amable. Mi trabajo ni siquiera era de los más peligrosos. Conseguí salir del horno hace ya unos cinco años. Aquello sí era malo. Teníamos el calor delante y detrás. Quieres escribir un reportaje sobre los fundidores y vas a decir que están en la "antesala del infierno". No están en la antesala, sino dentro, cociéndose en la mismísima caldera del diablo. Vi morir a varios compañeros derritiéndose literalmente sobre el fuego, en un instante. Aquello era miedo de verdad. Lo que experimenté el otro día fue distinto. Era la novedad. Particioar en algo de lo que siempre se había hablado en voz baja. Fue una especie de bautismo. Los que hemos nacido despues de la guerra no habíamos podido probar este bocado, y por eso nos sabía extraño en la boca. Por eso teníamos miedo. El temblor de piernas me desapareció a los pocos minutos, cuando me dije que al fin y al cabo era un hombre libre y podía hacer de mis brazos lo que se me antojara. Pero, me sentía como recién salido de una borrachera. ¿Te acuerdas de aquellas trompas que solíamos coger antes? Pues, algo parecido. Lo ves todo, lo comprendes y sabes que a lo peor te atizarán un puñetazo en la nariz, pero no haces nada por retroceder. Al cabo de unas horas, cuando se armó aquel revuelo y aparecieron los jefes, volvió el temblor de piernas. Aquella noche no se puede decir que durmiera mal, porque ni siquiera pegué un ojo. Veía fantasmas en todas partes y me imaginaba que la jornada siguiente sería muy dura. Nos habían contado tantas leyendas sobre lo que ocurre en casos parecidos, que las dupliqué con la fantasía. Me dirigí al trabajo maldiciendo la hora en que me metí en aquella empresa. Yo quería tranquilidad. Sí, tienes razón. Era un burro consentido, pero ya te he dicho que no estábamos habituados a estas cosas...
Isabel le escuchaba mirándole a través de la puerta entreabierta. Seca unas copas y nos sirve coñac. Chicho engulle la bebida de un trago.
—Los vi resquebrajarse por la tarde. A pesar de no tener exoeriencia en estas cosas, intuía los nombres de los que iban a fallar...
—¡Cochinos! —gruñe la mujer.
—Estaban blandos, dispuestos a hacerlo, aunque no se decidieran en aquel momento. Para hacerlo entonces, había que tener más hombría, la equivalente a la que era necesaria para seguir resistiendo. Yo, que participaba en aquello de una manera más bien curiosa y, en el fondo, divertida, empecé a saborearla y a temer que aquellos blandos comenzaran a derretirse. Terminó la jornada con un empate, en tablas. La partida continuó al día. siguiente. A mitad de mañana, experimentamos algunas bajas. Sentí rubor por ellos y por mí mismo. Es cierto, muchacho, nadie puede abandonar a los suyos cuando se hallan embarcados en algo, sea gordo o flaco. Aquellos blandos me parecieron capones. Entonces, me tragué la rabia y m dije que yo aguantaría hasta el final...
Chicho, animado por sus propias palabras, se vuelve hacia su mujer y dice tajante:
—En una cosa me emperro. A la mina, no vuelvo...
—¿Quién te ha dicho que debes volver?
—¡A ver! ¿No creerás que encima van a darme caramelos: Soy un buen tornero. No es por decirlo, pero domino el oficio. Y eso que no lo aprendí mamando, como decimos nosotros, sino en horas extraordinarias. Me quemé las pestañas por aprenderlo, por huir del pozo. Ahora no soportaría bajar otra vez a él y empuñar el martillo. Me he acostumbrado a trabajar sobre el suelo firme, de pie ante una máquina fácil de domar.
Por la noche salimos a dar un paseo por las calles atestadas de obreros, conquistadas plenamente por los hombres vestidos con trajes azules, pardos y grises. Nos unimos a los grupos que entraban en las tabernas. Los vasos de macizo cristal eran lanzados de un extremo al otro del mostrador, chocando a veces entre sí y derramándose sobre la madera brillante. Los parroquianos se saludaban con palabras cortas, golpeándose brevemente en los hombros. Al fondo varios bebedores se sentaban en torno a una mesa; sobre el mármol habían extendido varios papeles. Un tipo tocado con una ancha boina negra, se acercó al grupo dando un rodeo, mientras acariciaba el vaso. Los otros levantaron la vista hacia él, y cesaron de hablar. Chicho me golpeó con el codo.
—¡Plancha! —masculló—. Va a salir trasquilado. Fíjate.
El hombre del vaso, sin devolver la mirada a los del grupo, se colocó detrás de ellos, de espaldas, dirigiendo la vista hacia un punto del techo.
El más joven dobló los papeles y dijo:
—No me gustan los moscones ¿Y a vosotros?
—Ni los que finjen no escuchar y se les nota a la legua que alargan la oreja.
El otro permanecía impávido.
El más joven se levantó, hinchando el pecho y los brazos pegados a las caderas. En un paso llegó a la altura del moscón y le plantó cara.
—¿No tienes suficiente espacio para beber? —le dijo acercándole la cara. El moscón se atrevió a responder:
—¿Habéis pagado acaso el derecho a ocupar este sitio?
—¿Y a tí, te importaría mucho? ¡Andando de aquí! ¡Vete a darle el soplo a tu abuela!
—Es una tierra dura —comenta Chicho—. Aquí es muy difícil ser chivato. Todo el mundo está superclasificado. Me gusta y no me marcharía de ella por nada del mundo. En la mía se vivía bien, pero el trabajo escasea cada vez más. La gente se marcha desde que el carbón resulta cada vez menos rentable y cierran los pozos. Y si la mina se cierra, no hay posibilidad de encontrar faena en ningún otro sitio. Aquí, no. Aquí de momento no faltan puestos. En buena hora se diga: "Tengo mi casa y hasta de vez en cuando puedo hacer alguna hora extraordinaria. Sé lo que he de hacer cada día, y no me importa meterme en fregaos porque entiendo que así ha de ser la vida. Si no, estaríamos muertos en una calma chicha y desesperanzados."
Los grupos se deshacen a las diez de la noche. Obedeciendo a la señal de la costumbre, los hombres se separan y caminan rápidamente hacia su casa, templados por el vino y las conversaciones. Se cruzan con los obreros que entran a trabajar a aquella hora y ni siquiera levantan la mirada hacia las llamaradas que atraviesan las claraboyas de las industrias.
—Todo está en orden —dice Chicho mientras nos dirigimos a la casa—. Todo parece sólido y normal, pero no me siento tranquilo. Estoy seguro de qué a estas horas mi nombre figura ya en alguna lista y que han decidido un destino que todavía no conozco. Lo presiento en el estómago. Lo noto como en la época en que tenía que meterme a reparar el interior del horno. Y, además, me siento muy solo porque la prueba definitiva tendré que apurarla por mi cuenta...

Se levanta el enorme esqueleto de hierro por encima de la: edificaciones más altas. En lo alto los montadores caminan por las estrechas barras de acero. Los enemigos múltiples asoman su insidiosa cabeza en,el espacio reducido. La anatomía humana se rebela, puja por vencer las fuerzas de la lógica, de la costumbre. No les han crecido alas a los hombres, ni fuertes garras prensoras. El viento, el primer enemigo. Los envuelve y no los nivela, sino que los zarandea, haciendo oscilar el suelo allá abajo, donde las dimensiones se han trastocado. Apenas les llega el ronco estertor de los motores. Un baile absurdo parece la ciudad desde allá arriba. Los automóviles se deslizan velozmente, para detenerse de súbito ante la raya amarilla; se adelantan, se intercambian; el rojo pasa al verde y el baile continúa. Los caminantes cobran una apariencia extraña, dos remos, cuatro remos, manchas multicolores; la prisa se diluye. Un paisaje desconocido, el ancho mar de los tejados que cubren las historias de todos los días. Si pudieran ser vistos. Porque la mirada de los montadores, su principal aliada, no descubre la ciudad invertida, sino que se clava en el estreche sendero. Conoce los dibujos que forma la herrumbre sobre el esqueleto, transmite a los pies la seguridad, elige el lugar exacto, sin alternativa, para no ser absorbidos por el imán que acecha desde todos lados. El cerebro maneja las riendas, una a una y el hombre se siente vivo en su totalidad, compacto y alertado; cuelga de la cintura la bolsa de cuero con las herramientas. Suelto el cinturón de seguridad. El viento golpea como un boxeador en pleno ataque, introduce su dedo punzante en las orejas, raspa la esclerótica, forma una bolsa en las perneras de los pantalones, acorrala al hombre en la dimensión más precaria de que pueden disponer los pies. Las grúas entregan a los montadores las vigas de acero. Las encajan. Sueltan los sopletes su afilada lengua de fuego. Restallan las chispas. A horcajadas sobre las barras de acero, con las piernas entumecidas y los ojos llorosos, los hombres vencen la resistencia del material.
Desde abajo, echando hacia atrás la cabeza hasta que la nuca se repliega totalmente, busco la figura de Chicho. Imposible identificarlo.
El capataz dice:
—Bajarán a la hora de comer.
—Es duro ese trabajo ¿eh? —digo tontamente.
—¡Bah! Es gente que no tiene apego a la vida.
—¿Y usted qué sabe?
—¡A ver! ¿Se atrevería usted a subir allá arriba?
—Cuando el hambre aprieta se hacen cosas peores.
—¿A quién busca?
—A Chicho Eizaguirre.
—¡Ah! El chicarrón del Norte. Buen tipo. Un poco ligero de cascos, pero trabajador.
—¿Por qué lo han enviado a montajes?
—Tuvo un lío en la casa central y lo destinaron aquí.
—Pero, no es su oficio. Es tornero.
—Bueno. La empresa puede destinar a sus empleados a donde lo considere conveniente.
—Lo que han hecho con él, equivale al destierro.
—¡Eso lo dirá usted!
—Yo, no. El juez.
—Está mal informado, amigo. Precisamente el juez le ha dado la razón a la empresa.
Los hombres emprenden el descenso. Se deslizan por las vigas, frenándose con las suelas de goma. A diez metros de altura, Chicho me saluda moviendo el brazo. El peligro subsiste todavía pero los montadores caminan más ligeros en cada piso. Desaparecen y al momento bajan por las escaleras ya construidas. Tienen el cabello revuelto y las mejillas coloradas.
—Ya lo ves —me dice Chicho—. No puedo negar que mi trabajo está por todo lo alto.
Arroja la bolsa de las herramientas y se sacude el pecho y las piernas. Después salta durante unos segundos, trasladando el peso del cuerpo de una pierna a otra.
—Oye —dice—. No sabes la suerte que tienes de poder pisar siempre suelo firme. Las cosas elementales se olvidan de puro sabidas. Fíjate. Ahora descubro que soy feliz teniendo los pies en la tierra.
—¿Qué ocurrió, Chicho?
—Lo que me temía. Mi nombre estaba ya en la lista. Al día siguiente nos llamaron a nueve empleados y nos dijeron que nos trasladaban a otros lugares donde la empresa tiene sucursales. Nos dijeron que era el castigo anterior al despido. Seis de nosotros pidieron inmediatamente la cuenta. Yo no quise hacerlo. Mira, en este mundo no debes irte nunca de los sitios, sino esperar a que te echen. No hay que darles facilidades.
—¿Te pagan las dietas de desplazamiento?
—En eso estamos ahora. Allí nos dijeron que tendríamos derecho a ellas, pero aquí se han desentendido. Ya hemos llevado el asunto a Magistratura.
—¿Cómo hicisteis el viaje?
—Otra odisea. Nos pagaron el billete hasta Madrid y nos dieron dos mil pesetas. Con ellas tuvimos que continuar el viaje a Barcelona y resistir hasta cobrar el jornal. Llegamos el veinticuatro y no nos pagaron sino el diez del mes siguiente. No sé si esto es legal, pero ya no me interesa saberlo. Lo he reclamado judicialmente, pero te aseguro que aquí habrá más de una nariz hinchada. Ya lo creo que la habrá.
—¿Habías trabajado antes de montador?
—Nunca. Jamás me ha gustado la altura.
—¿Y cómo te defiendes allá arriba?
—Como todos. Lo intentas una vez, y si lo consigues ya has aprendido el oficio. Lo que importa es la serenidad, saber que eres más fuerte que todas las pruebas que has de pasar. Con nosotros está trabajando un muchacho de dieciocho años. Hace un momento ha atravesado una viga no más ancha que una cajetilla de "Ducados", cargado con una botella de gas. ¿Quién le ha enseñado a caminar como un gato? Nadie. Salvo el olor de las pesetas.
—¿Qué sueldo se saca un montador?
—Trabajando diez horas dianas, unas catorce mil pesetas. ¿No está mal, verdad? No se atreven a dar menos, porque, si no, se encontrarían solos. Hay que tener mucho coraje para subir. ¡Eh! Fernando, ven acá —grita a un muchacho que se está metiendo entre pecho y espalda un barra de cuarto de quilo—. Aquí tienes a Fernando, una auténtica ardilla.
El muchacho sonríe de medio lado.
—¿Qué hacías antes de trabajar aquí?
—Estaba en la mina. De pinche. Aquello, para los topos. Allí, aunque pises tierra firme, siempre te parece estar al borde del infierno. Mi padre murió con dos compañeros de una explosión de grisú. Llevaban muchos años trabajando y creo que eran los mejores picadores de aquella zona, pero no les sirvió de nada. En la mina nunca se sabe bastante. Aquí, el trabajo está bien pagado y si tengo suerte de no estrellarme, habré ahorrado algún dinero para montar un chigre en mi tierra.
—¿Estás solo en la ciudad?
—Sí, vivo en una pensión.
—¿No te sientes muy solo?
—Al principio, sí. Todos los compañeros de trabajo son mayores y están casados. No salgo con nadie. Ahora ya me voy acostumbrando. Antes miraba con envidia a los jovenes de mi edad; los veía ir en grupos al cine o al baile y habría hecho cualquier cosa para que se fijaran en mí y me admitieran. Ahora, me encuentro mejor solo. Los domingos por la mañana me voy al puerto y me paso las horas contemplando los barcos. Por la tarde me meto en un cine. Me he metido la idea en la cabeza de reunir dinero y sólo vivo pendiente del trabajo. Por eso no bebo, ni hago ningún otro exceso. Cuando estoy allá arriba, pienso que he de tener la cabeza serena.
—Te harás viejo en seguida, muchacho —tercia Chicho
—Es una enfermedad muy corriente.
—Echo de menos mi tierra —me dice Chicho al fin de la jornada
— Mi casa recién estrenada y los compañeros del barrio. Nos han impuesto un castigo excesivamente duro. No deberían condenar a nadie a abandonar su casa. Las cosas se agrían y los perjudicados nos afianzamos en nuestras ideas. Fíjate, ahora las tengo más sólidas, más seguras. Al intentar hacerme un daño, me han despertado. Yo podría haber seguido vegetando, sin preocuparme de nada. Tenía la seguridad en el orden en las cosas. Un día me moví porque creí sentir una extraña fuerza dentro de mí, pero no le habría prestado atención ni dado importancia si aquello no hubiera transcendido. La soledad del riesgo que afronto cada mañana me han hecho dar vueltas a una pequeña idea que había nacido débilmente en mí. El otro día se me ocurrió una imagen muy gráfica para explicarlo. Yo tenía en mi interior un paquete de levadura, envuelto en celofán. Así habría permanecido durante muchos años, quizá, durante toda la vida. Pero, el castigo ha arrancado el celofán y la levadura está haciendo su efecto. Y cuando dominas una idea y la digieres, todo cambia. La vista se aclara y descubres cosas que antes pasaban desapercibidas.
—Sí —continúa Chicho, parado en el umbral de la casa —Todo va a ser distinto ahora. Puesto que ellos mismos han destruido la seguridad y el orden, voy a tirar por la ventana el miedo y el deseo de comodidad. —Y apretándome la mano, dice:
—Volveré a mi tierra. Lejos de domesticarme, me han quitado la cadena.
Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.
Capítulos anteriores:
*Prólogo
* Introducción
* La isla
* Arresto laboral
Fotos: Lewis W. Hine