
Arresto laboral
El destino de estos hombres, que hoy lunes de cualquier semana acuden al trabajo, se ha jugado unos metros más arriba, en la amplia sala de grandes ventanales. Los burócratas, los planificadores, han escrito los nombres en una lista temida y después han cursado orden de enviar una carta a cada uno de ellos. La han recibido en su casa y no han acertado a descifrar el enigma. Está redactada con texto sibilino que no logra esconder sus segundas intenciones. Nadie puede describir exactamente dónde se halla la trampa, pero si alguien pretende adentrarse en el contenido sentirá que la tierra falla en alguna parte.
La mujer la ha releído varias veces. Dice:
—No veo por qué has de estar preocupado. Aquí dice simplemente que el lunes has de presentarte en otra sección para emprender un cursillo de capacitación. Esto quiere decir que dentro de poco te subirán de categoría y ganarás más.
El hombre no contesta. Efectivamente, la carta muestra su faz inocente. No hay una palabra de más y el encabezamiento no puede ser más lisonjero: "Estimado productor".
—Parece que no te has alegrado mucho de recibirla —insiste la mujer.
El hombre, al asumir la jefatura de la familia a cambio del usufructo de los privilegios tradicionales, entiende que no ha de hacer partícipe de sus preocupaciones a la mujer. No deja, pues, traslucir sus miedos y prefiere digerir por sí mismo la amenaza que ha entrevisto. Las horas del domingo transcurren lentas. Demasiado. El hombre lo descubre por primera vez en muchos años. Alternativamente desea que pasen pronto y que se detengan. Al fin, suspira y murmura:
—Lo que haya de ser, será. No cambiaré nada, preocupándome antes de tiempo.
Y le propone a su mujer ir al cine. El texto de la carta aparece escrito en la pantalla. No hay manera de evitarlo. "Estimado productor". Desconfía de las palabras amables. Si mi vida vale menos que el martillo que manejo, si la ultima vez que estuvo mi mujer enferma no quisieron darme un anticipo, es una guasa que me llamen ahora "estimado productor". No se siente interesado por la historia que narra el haz de luz que atraviesa la sala oscura, pero cuando comprende que está finalizando experimenta el primer síntoma de desfallecimiento en el estómago.
Regresan a casa en silencio. La carta se ha convertido, al paso de las horas, en un imán. Poco a poco ha soltado su extraño fermento. La inocencia se ha convertido en insidia. La mujer comprende al fin:
—Entonces, ¿qué crees que puede ser?
—No lo sé, pero no me gusta nada.
—Si hubieran querido despedirte, lo habrían hecho ya. Recuerda que han echado a otros, sin darles demasiadas explicaciones. Juan, por ejemplo, recibió una carta cuando estaba de vacaciones. Sin más contemplaciones le dijeron que fuera a buscar la cuenta y a recoger sus cosas. ¿Qué ves de malo en que quieran hacer un cursillo con algunos de vosotros?
El hombre se decide a soltar parte del bocado.
—Nunca lo habían hecho. En veinte años que llevo trabajando en la misma empresa, nunca se nos dijo que íbamos a estudiar algo. Cuando necesitaban un especialista, lo buscaban fuera y en paz.
—¿Qué haremos, si te echan?
—¿Lo sabes tú? ¿Qué han podido hacer los que se quedaron sin trabajo hace seis meses? Nada. Romper zapatos. Recorrer día tras día todos los lugares y volver a casa con las manos vacías.
—Pero, tú eres buen especialista.
—Lo mismo que los otros. ¿Y de qué les ha servido? Ignacio, el mejor matricero que sin duda había en la empresa, tuvo que colocarse durante un mes en una agencia de transportes, hasta que lo echaron porque no tenía suficiente fuerza para subir los muebles a los pisos. Ricardo, el rebobinador, se dedica a chupuzas y su hermano, Felipe, el tornero, reparte paquetes cuando se los dan.
—Pero, eso es una locura...
—¿El qué? ¿Repartir paquetes?
—¡No, hombre! Arrojar a los mejores trabajadores.
—¿Y qué les importa?
—Bueno, yo sólo hago repetir lo que dicen. El otro día, en la televisión, hablaban de los sabios que se marchan de un país a otro y decían que era una pérdida lamentable para el que los dejaba irse. Ya sé que no sois lo mismo, pero me parece que la comparación sirve. Al fin y al cabo, vosotros habéis estado aprendiendo durante muchos años y ahora estáis en lo mejor de la vida. Me parece una tontería...
—Dicen que estamos en crisis. Y debe ser verdad. Cada vez se venden menos cosas ¿y qué han de hacer los que las fabrican?
—¡Pues sí que se van a arreglar las cosas dejando a la gente sin trabajo! ¿Quién las comprará, entonces? Di, ¿quién las comprará?
Los razonamientos del hombre sencillo no encajan en esta hora. Perdido, inseguro, no acierta a comprender lo que está ocurriendo. Sólo sabe que hoy, lunes de cualquier semana, se dirige al trabajo estrujando nerviosamente la carta. Han llegado todos al mismo tiempo. Se han levantado como todas las mañanas, salvo que hoy no ha sido necesario que sonara el despertador. La rigidez de las normas empresariales ha hecho posible una vez más que los hombres que viven en los lugares más apartados entre sí, acudieran por los medios más diversos a punto para traspasar la gigantesca cancela, en el momento en que la sirena daba la señal de entrada.

El enorme ejército funciona por sí mismo. Los hombres, que han atravesado como una riada homogénea el dintel, se entremezclan, se funden, se separan, cambian los pasos, adelantan, y unos metros más allá se separan en grupos para buscar cada cual, maquinalmente, su lugar de todos los días. Los rostros conocidos. Los saludos. Las palabras de siempre. Se frotan las manos. Van soltándose la correa y desabrochando los botones del pantalón; algunos se los quitan allí mismo y se quedan en el traje de faena, el uniforme azul, verde o gris, que delata desde todos los puntos la presencia del hombre. Las narices no se contraen ya por el olor fétido que sueltan las altas chimeneas, ni los ojos parpadean al ser azotados débilmente por los gases que.se expanden en el patio.
No se les ve titubear, aceptan como un bloque pesado su suerte, sin darle la espalda, enfrentándose con ella día a día. Rugen potentes las máquinas en todas las secciones del recinto, requiriendo la presencia de su servidor con una llamada siempre obedecida... Los hombres saben que ésta es su verdadera casa, en ella pagan el tributo de su propia vida y solo le piden a cambio solidez y seguridad. Muchos de ellos llevan quince, veinte años envejeciendo entre estos muros; se han acostumbrado ya al lento veneno que se respira en el patio. Todo es sólido en el interior. Sólido e inmutable. Los ventanales de vidrios ennegrecidos, las vigas de hierro en cuyo lomo se ha acumulado durante decenas de años el finísimo polvo parduzco, las columnas de cemento, las puertas metálicas, la mirada del jefe cuando se posa en la nuca, el cuchicheo del capataz con el encargado, la larga cola de los sábados para buscar el sobre, la puerta del botiquín por la que desaparecieron para siempre tantos compañeros, la propia mutilación. Todo cicatriza rápidamente. ¿Hay alguien que pueda recordar todavía el aullido terrible del mozo que vio su pierna atrapada entre los tentáculos de la máquina? Allí está ahora, en la portería, con la espalda encorvada, arrastrando el apéndice de articulaciones metálicas. Aquí fue, en este mismo lugar, donde el aprendiz limpia en estos momentos el pie de la máquina cubierto de virutas de hierro. Los retretes de porcelana han sido mordidos por la huella de miles de pies y las puertas de madera han sido gastadas por el contacto de las manos grasientas.
Hoy, lunes de cualquier semana, ha surgido una excepción en el escenario. El recinto ya no es inmutable ni sólido. Desde hace unos meses los hombres saben que la carcoma anida también en el cemento. Guarda silencio el grupo de trabajadores que se halla formado en el centro del patio, de cara a la nave a la que se refería la carta. La puerta permanece cerrada y el empleado de corbata les ha dicho, luciendo una enigmática sonrisa, que esperen un momento. Los colores son ahora más definidos, más sucios, más estridentes. Haría falta reparar aquel tejado. ¿Desde cuándo está agujereada aquella placa de uralita? Y el palo del pararrayos está inclinado. La sección B ofrece un peligro ostensible porque se manipulan en ella sustancias inflamables. ¿Por qué habrán construido tan estrechas las puertas? Sería mejor almacenar el material en la otra parte del patio, para evitar dar un rodeo a las carretillas del reparto.
Ven por primera vez los objetos que han contemplado durante años. Y saben que ha sonado la primera voz de alarma. Los hombres se miran ahora entre sí. Observando a los otros meticulosamente, buscan encontrar las razones de su propia presencia en el grupo. ¿Será cierto que aquello es la antesala del despido? Sí, allí está Pedro, el que hizo sudar tinta a los jefes cuando era enlace sindical hace unos años. Le dijeron que alguna vez le tocaría pagar los quebraderos de cabeza que proporcionaba a los amos. Le ha llegado, pues, la hora. Y Juan, que llevó la voz cantante a la hora de preparar el convenio colectivo. ¿Se habrán enterado de que yo participé también en aquella reunión secreta? ¿Quién me habrá denunciado? Sólo yo estoy aquí, de los que participamos en ella. ¡Maldita sea! ¿Quién me mandaría meterme en líos? ¿Ves lo que has conseguido? ¡Imbécil! ¿Es que, de todas formas, no me iba bien como estaba? Y ahora, ya veremos cómo acaba esto. Nadie se moverá por nosotros. Claro que nadie se moverá. ¡A ver! ¿Hicimos algo por los que salieron hace seis meses? Nada. Yo fui el primero en evitar que la cuestión se planteara entre nosotros. ¡Y como yo, todo el mundo tenía miedo de decir palabra! De todas formas ¿para qué me ha servido no haber abierto la boca? Aquí están Pedro y Juan. Y esos sí hicieron cosas. Pero, no. No es cierto. ¿Será posible? Ahí está Indalecio, ese perro que siempre andaba olfateando detrás de los demás para ir con el cuento al capataz. Y Gregorio, que a pesar de su silicosis quiso seguir en la sección, para agradar a los jefes, para demostrarles que tenía buena voluntad.
La espera hace bullir en el cerebro el temor y la incógnita. No se ha oído todavía la palabra definitiva, pero hay que pensar en huir. ¿Cuánto tiempo podré aguantar sin trabajo? Ahora que empezaba el chico mayor a traer dinero a casa, se marcha al servicio. ¿Y cómo pagaré la televisión? Bueno, que se la lleven. No. Entonces, los chicos empezarán a pedir dinero para ir al cine. Tendremos que suspender las obras que pensábamos hacer en el comedor, y nada de ir al pueblo estas vacaciones. ¿Y el préstamo que pedí en la empresa? Supongo que no me obligarán a devolverlo. Pero, entonces, me lo descontarán de la indemnización. Lo mejor que puede ocurrir es que esto termine cuanto antes. A ver si ahora nos van a entretener en esta maldita sección durante muchos meses y luego nos echan. Habrá que apresurarse a buscar trabajo. Y cuanto antes mejor. ¡La cola que se va a formar en todas partes!
Trasladan el peso del cuerpo de un pie a otro. Encienden un cigarro y se frotan las manos. Es la primera vez en muchos años que no tiene sentido haber madrugado tanto. Miran la cesta de la comida. En primer lugar el bocadillo. A estas horas, los antiguos compañeros habrán parado ya para desayunar. Tendríamos que hacerlo aquí, pero ¿y si viene el encargado y nos ve comiendo tranquilamente? Seguro que pensará que empezamos la jornada pensando en el almuerzo antes que en otra cosa. Además, cualquiera come con este nudo en el estómago... Surge la conversación en el grupo. ¿Quién ha empezado a hablar? ¿No será un provocador? De todas formas, es un insensato. Minutos después, las palabras contenidas salen a borbotones.
—Muchachos, nos llevan a la escuela. A aprender otra vez el Catón.
—Sí, sí. Menudo Catón nos van a dar.
—Hombre, Daniel. ¿Tú también aquí?
—Ya lo ves. A ver si nos dan algo bueno.
—¡Buena paliza le dio ayer el Betis a...!
—¡El Betis! ¡El Betis! ¡Qué cuerno me importa a mí lo que hizo ayer el Betis...! La paliza es la que se nos avecina.
Prudencia. No es conveniente demostrar miedo. Los hombres carraspean. Muchos siguen obstinados en el silencio. Nadie podría recordar su voz, que no ha pronunciado otras palabras en este recinto que:
—Sí, don Felipe.
—A sus órdenes, don Felipe.
—¿Ordena alguna cosa más, don Felipe?
Cuatro hombres han formado grupo aparte. Muestran e semblante grave y hablan entre sí, cuidando que sus palabra; no trasciendan y cerrando el círculo para que nadie se incorpore. Uno de ellos sostiene la conversación, subrayando las palabras con movimientos secos de la mano. Los otros le escuchan fijamente, meneando la cabeza de arriba abajo.
Alguien del grupo general los mira un momento y dice en voz baja:
—Esos nos meterán en un lío.
Dos horas después aparece el jefe de personal con una carpeta en la mano. La mayoría de los hombres del grupo lo conoce desde hace quince o veinte años. Rápidamente, escrutan su rostro y descubren en él la señal inconfundible de que algo serio va a ocurrir. Como otras veces, el labio superior del encargado está ligeramente fruncido, dejando ver la punta amarillenta de un colmillo. La otra señal es que le tiemblan las aletas de la nariz. Cuando surgía algún problema en la empresa, los novatos creían que las casi imperceptibles mutaciones en el rostro del jefe de personal eran evidente síntoma de nerviosismo. Pronto descubrían el engaño. A don Felipe se le contraía el labio y le bailaban ligeramente las aletas nasales por simple delectación de la partida que iba a jugar. Tenía siempre, según alardeaba él mismo, todos los triunfos en la mano y dejaba a los otros iniciar el juego, para irrumpir acto seguido como una apisonadora en un campo sembrado.
Ni los más viejos le habían visto entrar en la empresa. Algún malintencionado había dicho en cierta ocasión que a Don Felipe lo parió el primer torno que se montó en la casa. Que había nacido, si no, por generación espontánea, como producto adulterino de una viruta y una bombilla.
—¿Y por qué de estas dos cosas?
—¡Toma! Porque es un rastrero, que siempre está entre los pies. Y porque siempre está echando chispas.
—¡Pues a mí me gustaría verlo como una bombilla! ¡Colgado del culo y ardiendo!
Don Felipe conocía al dedillo la historia de cada uno de sus empleados. Solía decir que un buen jefe de personal ha de meterse hasta debajo de la cama de sus trabajadores. Tenía que conocerlo todo. Saber de qué pie cojeaba cada uno y anticiparse a sus reacciones. Tenía una red de informadores que le mantenían al corriente de todo lo que se hablaba en la empresa. No se le escapaban ni las conversaciones sostenidas en el retrete. Cada día abría y cerraba la puerta del recinto y nadie le veía llegar, ni marcharse.
—¡Este tío debe dormir debajo de una máquina!
—¡No te digo!
Uno de sus pruritos consistía en dirigirse a cada trabajador por sus dos apellidos. Le brillaban los ojos de triunfo, cuando, el recién ingresado, oía a don Felipe hablarle conociendo todos los detalles de su nombre, edad y filiación completa. Era de mediana estatura, más bien bajo, de cabeza y pies desmesurados. Siempre sostenía un cigarro encendido en la mano. Cuando se le hacía alguna pregunta, aspiraba el humo, dejaba que llenara bien los pulmones, y no contestaba hasta que el humo expulsado había desaparecido completamente.
—Bien, muchachos —dice don Felipe—. Van a tomar posesión de su nueva sección. Supongo que cada uno de ustedes habrá recibido mi carta, pues de lo contrario no se hallaría aquí. No obstante, y como excepción, vamos a pasar lista. A partir de mañana, cada uno de ustedes tendrá que marcar en el reloj.
El jefe se cala las gruesas gafas montadas en varilla de oro y empieza a cantar los nombres. Pronunciados por su boca, cada uno, al oírlo, siente un estremecimiento. Suena a condenación. Perojo, que pasó tres años en Mathausen, recuerda, sin saber exactamente por qué, su estancia en el campo de concentración.
—¡Presente! —El jefe levanta cada vez la mirada y la clava en el rostro del que ha contestado.
—¡Hombre, Martínez Gallego! ¿Usted también ha sido elegido? ¡Enhorabuena!
—¡Teixidó Doménech. A ver si de una vez aprende usted algo útil y deja de estropear las máquinas.
—Alomar Santamaría. ¿Se halla completamente curado de su propensión a coger la gripe?
Cada nombre un comentario. Estos hombres que hasta ayer trabajaban diez horas diarias de pie, sienten ahora una comezón en las rodillas, un deseo de doblarlas y de quedarse, al menos, en cuclillas. Pero, la primera prueba ha terminado. El jefe dice:
—Andando. Entren en la sección y ocupen los pupitres. Admitiré alguna pregunta mañana por la tarde. Esperen a los instructores que llegarán en seguida.

Los hombres reconocen la estancia. Muchos de ellos habían trabajado aquí hasta la semana pasada, en que les ordenaron que desmontaran las máquinas y las colocaran al fondo. Lo: agujeros de los tornillos de fijación muestran perfecta redondez. La huella de las máquinas aparece en el cemento del suelo Varias hileras de pupitres con capacidad para acoger a uno? doscientos obreros dan un aire extraño a la sala. Los hombre; miran el amplio telón blanco que cuelga de la pared e instintivamente tienden la mirada hacia la otra parte en que se levanta la graciosa figura de un proyector de cine.
Ocupan los puestos conforme van entrando. Se sientan cor dificultad, torpemente, casi avergonzados. Los asientos de los pupitres son demasiado estrechos y el sobre está demasiado bajo, hasta el punto de que los más altos tropiezan en él con las rodillas. Han cesado las conversaciones. El estupor pone barreras a las palabras. No saben cómo colocar los brazos: si apoyando las palmas de las manos en la mesa, o hincando los codos. Alguien se rasca la cabeza. Otro intenta desenredar la pierna que se le ha quedado trabada en Dios sabe qué impedimento. Como son pupitres de dos plazas, tienen que ponerse de acuerdo para no coincidir en el mismo los más voluminosos de la reunión.
Al fin, alguien estalla. Un muchacho de unos veinticuatro años, de amplias manazas y cejijunto, resopla y brama:
—¡Ahora nos vamos a divertir! Lo que son las cosas. En mi pueblo no pudimos ir a la escuela porque el maestro reventó un día y no encontraron otro de repuesto que estuviera tan loco como para encerrarse en aquel pozo. Y ahora me lo sirven en bandeja. Sí, señor, a esto se llama progreso.
—Sí, a la vejez viruelas —replica un hombre bajito, de unos cincuenta años.
—¡Hasta cine! Esto sí que es dar facilidades. Cuando se enteren en mi barrio, se apuntarán todos. Ya podéis decirlo: ¡Cola habrá en la puerta de la fábrica!
Alguien agria la fiesta:
—Reíos. Que pronto se os cortará el resuello.
Hay un momento de silencio que coincide con la entrada del instructor. Tropezando con la mesa y con los travesaños de los pies, los nuevos discípulos, por un reflejo adormilado en el fondo de la conciencia, se ponen de pie. Estruendo de los asientos al caer.
Detrás del instructor entra un individuo con gabardina y se dirige al fondo. El primero abre una carpeta y dice en tono de circunstancias, como si efectivamente estuviera dirigiendo una clase normal ante un grupo de estudiantes:
—Van a ver a continuación cómo funciona el servicio de Ambulancias en Francia. Presten atención y observarán cómo han resuelto en el vecino país los problemas planteados por los accidentes y por las enfermedades que requieren una intervención quirúrgica urgente. Cierren las ventanas, por favor.
Los estupefactos escolares se miran unos a otros, sin poder pronunciar palabra. La nave queda a oscuras y pronto se escucha el ronroneo del proyector. Sobre el telón aparece un? sucesión de números invertidos. Se oye estentóreamente el clamor de una ambulancia y el instructor indica:
—Baje el volumen, por favor.
La voz que sale por la caja colgada de la pared dice:
—"Las necesidades asistenciales han aumentado geométricamente en los últimos años, planteando una serie de problemas que es necesario resolver. Si bien es cierto que existe una red de hospitales y de clínicas, así como de Casas de Socorro no lo es menos que a pesar de los complejos aparatos de que están dotados..."
Los hombres se mueven inquietos en los pupitres.
—¿Qué comedia es ésta? —refunfuña una voz, amparada por la oscuridad.
—¡Que se han equivocado de rollo!
—¿Qué nos interesa a nosotros la manera de conducir la: ambulancias en Francia?
El instructor golpea la mesa con la carpeta y ordena enérgicamente:
—¡Cállense! Estamos en una clase de formación y tienen que aprender a estar en silencio. Cualquier interrupción por parte de ustedes será considerada como acto de indisciplina Y como tal será castigada por la dirección de la empresa. Deberían tener más consideración y comprender que estamos haciendo todo esto por su bien.
Veinte minutos después, cuando los obtusos alumnos se han metido en la mollera las técnicas de curación de un enfermo a distancia, mediante las indicaciones transmitidas por una emisora desde la Clínica a la ambulancia que traslada al paciente, el instructor ordena abrir las ventanas, se levanta y dice:
—Mañana continuaremos con otro documental no menos importante. Hasta que se reanuden las clases por la tarde, pueden comer aquí mismo. La Dirección les hace saber, a través de mí, que se abstengan de penetrar en otra sección que no sea ésta. Buenas tardes.
Permanecen de pie, atrapados en el cepo de madera.
—¿Tanto cuento para echarnos después a la calle? —dice uno de los cuatro que forman grupo aparte. Espera contestación y como nadie le secunda, continúa—. Es la mayor humillación que he recibido en mi vida.
—Tú siempre estás recibiendo humillaciones —replica otro que estaba sentado delante de él—. ¿Qué podemos hacer? ¡Anda! Danos la solución.
—Ir a hablar con la empresa y exigirle una explicación de todo esto. ;
—¿Y sabes lo que nos dirá? Que esta medida está implantada en todos los países del mundo y que siempre estamos protestando.
—Lo que quieren es que nos aburramos y nos marchemos —tercia otro.
La discusión languidece aquí. Se corta súbitamente. Pocos escuchan al hombre bajito cuando dice:
—No podemos hacer nada. Y los viejos menos que ninguno. Si salimos de aquí, no encontraremos trabajo en ninguna parte. Los jóvenes podéis gritar todo lo que queráis, pero lo único que haréis será comprometernos a los demás. Lo importante es dejar pasar el tiempo. Con un poco de suerte se resolverá la crisis y todo volverá a su cauce. ¿Qué puedo hacer a mi edad? Soy ya como el burro del gitano. De momento voy tirando aquí porque aunque me ven las mataduras, ya me conocen. Pero si salgo, tendré que enseñar los dientes en todas partes. ¡Y quién me comprará con esta facha que tengo!
El viejo habla con la cabeza inclinada, mirando de soslayo. No puede mover el cuello, atornillado como una bisagra oxidada. Tiene las piernas mordidas por la explosión de una botella de acetileno. Quemó toda su vida en el interior de esta fábrica y no se resigna a abandonarla a empujones. Se establece en seguida la barrera de la edad. Los jóvenes y los viejos se miran por encima de ella y tantean el terreno del otro. El fermento de la disolución se introduce solapadamente en el grupo y la mala levadura está hinchando un pan amargo. En el tendido, los hombres como Don Felipe, enseñan el colmillo y sienten palpitaciones en las aletas nasales. No experimentan miedo, sino delectación en la lucha a muerte que sostienen los otros.
Los viejos recriminan a los jóvenes:
—Sois irresponsables. Vais a meternos en líos porque no tenéis nada que perder. No sabéis lo que es mantener una familia y encontrarse colgado de la noche a la mañana. Aguantemos un poco. No digamos nada. Al fin y al cabo, esta es una batalla contra el tiempo y vosotros no saldréis perdiendo.
Y los jóvenes:
—Nos sobran reaños para hacer muchas cosas. Pero, tampoco merece la pena. ¿Qué vamos a conseguir? Que nos metan en la lista negra. Entonces, sí que estaremos apañados. Daremos más vueltas que un titiritero y no encontraremos a nadie que nos acepte.
Los cuatro hombres vuelven a formar el grupo. Deciden que no hay que hablar en voz alta, sino hacer una labor individual. No hay que fiarse, pues pisan un terreno poco firme. Hacen crujir los dientes porque conocen una baza poderosa, y se encuentran impotentes para lanzarla sobre la mesa. También ellos saben que su batalla está orientada contra el tiempo.
Por la tarde, no se presentó el instructor, ni nadie que le sustituyera. Los hombres no se atrevieron a salir de la nave. Permanecieron aguantándose incluso las ganas de ir al retrete, hasta que uno de los veteranos recordó que allí mismo, al otro lado del proyector, había un servicio. Los ruidos del complejo organismo industrial llegaban amortiguados a través de las ventanas. Encaramándose a ellas podían ver a los obreros afanados en su tarea ordinaria, ajenos a los hombres confinados en la nave. Alguien miraba a hurtadillas hacía las ventanas y desviaba rápidamente la vista, conjurando algún secreto temor. La nave se había convertido ahora en antesala de la puerta trasera y en amenaza, y nadie envidiaba la suerte de aquellos doscientos hombres que sufrían un singular arresto laboral.
Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.
Capítulos anteriores:
*Prólogo
* Introducción
* La isla
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