EL MIEDO LA LEVADURA Y LOS MUERTOS. LA ISLA (3)

La isla

Han llamado otra vez al teléfono. Desde hace quince días varios hombres sin trabajo, los "parados", hacen zumbar ince­santemente el aparato... Su problema es tan redondo, tan aplas­tante, ocupa tanto su cuerpo que se agarran a la primera tabla que han encontrado. Vienen con el ejemplar de "Destino" en el que describía una parte ínfima de su drama. Para mí todo se redujo a presentarme una mañana en la Plaza de Urquinaona y a salir huyendo, casi inmediatamente, de aquel avis­pero. Me asomé por unos instantes a la pendiente en que se hallaban situados aquellos hombres. Vi sus rostros macilentos, las grises ojeras de las largas noches de insomnio, el pelo lacio, oscuro de polvo y de caspa, los zapatos y las suelas comidas de tanto patear las calles en busca de trabajo y me enseñaron los recibos que atestiguaban que habían cobrado la paga de la sangre.
Pero, a la mañana siguiente, la plaza de Urquinaona, como tantos otros lugares de la ciudad, continuaban siendo una isla a donde arribaban los últimos vencidos. Volvieron de nuevo con el manojo de herramientas envueltas en trapos y deposi­tadas cuidadosamente en el fondo de las bolsas. Se sentaron en la calzada y en los bancos, a la espera de que el día se pre­sentara propicio.
También aquella mañana me acerque a la Plaza, pero la bordeé en automóvil, viendo fugazmente a los hombres con los que había hablado la víspera. Conté una parte ínfima de las confesiones que me hicieron y ni siquiera me referí a otras cosas que pude ver. Allí estaba, apoyado en el mismo árbol, el hombre alto que ocultaba la mitad de su rostro con un ancho sombrero de paja. La cámara del fotógrafo pudo captar el día anterior la mirada sorprendida y amedrentada del hombre y el movimiento rápido de las manos para taparse la cara. Era evidente que huía de algo y que se hallaba en aquel lugar lle­vado tan sólo por el último impulso de supervivencia. Y me acordé del proverbio chino que dice que cuando el pobre es demasiado pobre y el rico demasiado rico, puede ocurrir cual­quier cosa.
Los hombres de la plaza de Urquinaona forman una excep­ción dentro del ambiente de paro y de crisis económica. Hay que apresurarse a decir, no obstante, que la excepción es nu­merosa y se repite en otras partes. Significan una levadura que puede fermentar de manera insospechada. Puesto que no se trata de esconder la cabeza debajo del ala, ni de elaborar un mito demagógico, un acercamiento profundo al universo de estos hombres nos descubriría que aquel lugar es un pol­vorín. Formaron casi todos ellos el peonaje tan solicitado du­rante los últimos años. Tuvieron que huir de los pueblos del Sur, atraídos por el estímulo que les ofrecía la gran ciudad. Hasta el momento de emprender la marcha, a pie o en vago­nes de tercera, o debajo de la lona de los camiones, habían sido únicamente siervos. Trabajaron las tierras del señor por un mísero jornal, se sentaron en las plazas de sus pueblos a la es­pera de que apareciera el capataz montado a caballo, apenas pudieron calentarse una comida al día y vivieron en constante inseguridad y temor. El miedo roía sus sueños. No obstante, había que vencerlo para lograr subsistir. Había que hacerse cazador furtivo, poner trampas en las heredades del señor, sa­lir al anochecer a coger de los campos algunas espigas o aceitu­nas o verduras. La pendiente se iniciaba el día del nacimiento. La elección estaba ya hecha. Fatalmente. Cuando el pobre es demasiado pobre y el rico demasiado rico, sus vidas se dispa­ran pendiente abajo o pendiente arriba. Hasta que un día se encuentran, también fatalmente, en el punto de mira de las escopetas. Dar la voz de alarma no tiene que significar forzo­samente ejecutar un acto subversivo, sino presentar las piezas que intervienen en un juego en el que los intérpretes no se co­nocen.
No aprendieron a leer, ni a escribir. Se ha abusado tanto de este argumento que las palabras han perdido su fuerza de­cisiva. Pero el cerebro de estos hombres se ha cerrado. No en­tienden nada, salvo que el estómago les arde cuando se halla vacío y que la sangre hierve cuando los hijos piden pan, o hace frío y llueve sobre el techo frágil de la barraca. Están movi­dos tan sólo por el instinto más elemental. Entonces, la vida se convierte en pura lucha que anula los conceptos abstractos. Supervivencia y autodestrucción son las dos piernas que co­rren alocadamente por la pendiente.
No nos vengan ustedes con discursos —me dijeron en la Plaza—. A nosotros no nos importa nada de nada, salvo que hoy no tenemos trabajo y no confiamos en hallarlo mañana. Pero, vaya usted a nuestra casa y enfréntese con los críos y con la mujer. Sienta en su carne el miedo de no poder llevar comida. Y cuando se haya metido en nuestro papel, compren­derá que todo lo demás no importa.
Somos peones porque nadie nos ha enseñado a hacer otra cosa. ¿Qué habría hecho usted si a los siete años hubiera teni­do que marcharse a robar fruta para alimentar a los hermanos pequeños y si a los ocho le hubieran puesto a cuidar cabras? No hemos hecho otra cosa que vivir con la angustia de encon­trar la comida del día.
— La mayoría de nosotros somos campesinos fracasados. Pero ¿tenemos alguna culpa? ¿Es que no nos gustaría traba­jar de sol a sol en una tierra que fuera nuestra y que rindiera lo suficiente para vivir? Nuestro sitio no está en la ciudad, sino fuera de aquí, a muchos cientos de quilómetros
.

Se sintieron en la ciudad como un clavo incrustado en la corteza de un árbol. Lo he dicho en otra parte. Vinieron en oleadas cuando hacían falta brazos, cuando no había máqui­nas para sustituir a cien hombres. Trabajaron en las peores condiciones, sin levantar la voz ni la cabeza. Habían reci­bido una herencia de siglos de servidumbre y de acatamiento a los conceptos abstractos. No es en el peón donde radican las mejores condiciones del proletariado, no es sino un hermano bastardo. No tomaron conciencia de clase porque vivieron en la dispersión, enclaustrados en el estrecho tubo de las urgencias cotidianas. Pero fueron útiles. Para la mente del empresario y del técnico se convirtieron en puros instrumentos, suscepti­bles de ser rechazados en cualquier ocasión.
Algunos me han acusado de haberme dejado llevar por el romanticismo. No estoy entonando ningún canto de los peo­nes. Tendemos, mal que les pese a muchos, hacia una humani­dad más libre en el concepto total de la expresión. El peonaje tiende a desaparecer. ¿Ha pensado alguien que es totalmente inhumano ver a un hombre convertido, por mimetismo, en la prolongación de su instrumento de trabajo?
Hoy, la puerta permanece cerrada. Aprisionados dentro del embudo, los peones sin trabajo experimentan un sabor ex­traño en la boca. Brutalmente, han nacido dentro de ellos los interrogantes que pueden impelerles a hacer saltar la caldera en que se cuecen.
Había indicado tan sólo dos direcciones. Y empezó la caza del hombre. Las damas se reunieron, discutieron, sintieron en­ternecerse y derramaron algunas lágrimas agridulces. Se pusie­ron manos a la obra. No tuvieron que hundirlas excesivamente en los bolsillos para sacar varios miles de pesetas.
Me negué en rotundo a participar en el estrambótico safari. A descender de los rutilantes coches en medio de las calle­jas llenas de barro y a pregonar nuestra generosidad entre la miseria. Aquello distaba mucho de ser un juego. Había visto a los hombres en la plaza, pidiendo limosna en el Metro, reco­rriendo incansablemente y desesperadamente los centros de tra­bajo. ¿Por qué motivo había que elegir un nombre o dos y convertirse en un deus ex machina, en una trampa del drama? Si se han visto centenares de rostros humillados, seleccionar unos pocos equivale a predicar la bondad de las falsas solucio­nes. Optar por la adormidera. Intentar salvar dos estómagos, es reconocer a priori que los otros han de ser condenados.
Pero, el juego continuaba. Y esta vez participaba también en la partida. ¿Por qué, si no, me había sentido tan orondo, sumido en estas consideraciones, como la dama de los salarios? Estaba convencido de que el problema es una pieza más del enorme mecanismo que es necesario reconstruir desde la base. Pero, mientras tanto, de la multitud de rostros anónimos, se destacaban aquellos que habían sido seleccionados para expli­car su drama individual. Y no permanecieron en silencio, sino que insistían, hacían zumbar el teléfono, se agarraban a la úl­tima tabla, la única que había aparecido en su horizonte.
Andrés Sánchez, el que habita con su familia en la barraca de Montjuich, se presentó a los dos días en la redacción.
Al verlo pensé en lo difícil que resulta, de todas maneras, morirse de hambre. Los síntomas de la larga agonía eran evidentes. Las escleróticas estaban empañadas, en su mitad infe­rior, por una finísima tela amarillenta que daba a la mirada un tono mortecino y abstraído. Los lóbulos de las orejas pen­dían flácidos y la piel, tensa al contacto con los huesos pro­minentes, se impregnaba del color de las velas del sebo. Las manos, en cuyo haz dibujaban las venas un curso bien defini­do, se agitaban con el temblor de los animales ateridos. Ama­rillas, también, como el fermento de la saliva y de las reaccio­nes estomacales, acumulado en el intersticio de los dientes. Me dijo que desde que hablara con él, no había probado ningún alimento, pero que aquello no le importaba.
—Lo que ocurre es que mi nena, la más pequeña de todas, se está muriendo. La he llevado esta mañana a la clínica y ne­cesito dos mil pesetas. No se curará y llegaremos tarde, pero yo necesito ese dinero. Se está consumiendo como una cerilla y ya no tiene fuerzas ni para llamarnos. Necesito ese dinero. Créame que lo necesito.

Eran visibles los esfuerzos que hacía para soltar una lágrima, sin conseguirlo. Su actitud era la caricatura del hombre doliente. Agotado, seco como un pozo abandonado. En esta época los hombres ni siquiera pueden llorar. Asunto liquidado. A fin de cuentas, ¿cuánto tiempo hacía que había muerto él? A la misma edad que su hija, o quizás antes.
Las cáscaras de limón cocidas. El apaleamiento por haber hurtado una fruta de la propiedad del señor. Los críos, con los dientes afilados y los ojos rotos, se escondían en el recodo del camino, acurrucados detrás de las piedras, aguantando la res­piración como el buceador que debe recuperar tiempo en una peligrosa ascensión, pegado el rostro a la tierra, soltando en ella el último hilillo de baba. El pastor caminaba delante, se paraba y blandía el cayado de punta retorcida, manchada de sangre y de excrementos para ahuyentar al ganado y no per­mitirle que saciara su voracidad en los tiernos tallos de los ár­boles frutales. Los perros saltaban, rebotando contra el lomo de las cabras y mordiéndoles, en la caída, las patas. Los críos escuchaban la señal y se arrastraban fuera del escondrijo, lle­gando a gatas al camino. Agarraban a los últimos animales rezagados, las viejas madres de ubres pesadas que no habían sido ordeñadas todavía. Y desaparecían otra vez entre las pie­dras, al fondo del talud. El animal pugnaba por soltarse, ate­morizado y bravucón, dirigiendo los cuernecillos hacia los críos, sin poder embestir, ni patear, ni lanzar un gemido a tra­vés del morro amordazado. La madre, pasado el primer mo­mento doloroso, se dejaba manosear las ubres y los críos be­bían ávidamente, abriendo la boca y moviéndola de derecha a izquierda y de arriba abajo para que el hilillo de leche es­pesa cayera sobre la lengua. Los críos habían librado la batalla de cada día y regresaban a sus casas gritando y palpán­dose el vientre hinchado, arrastrando los haces de romero.
—Tienen que ayudarme
—decía Andrés, sin convicción—. La pobrecilla tiene la barriga hinchada y el médico me ha dicho que no se salvará.
Aceptaba las cosas tal como venían. Y las damas se escan­dalizaron cuando comprobaron que el hombre no interpreta­ba bien su papel. Y se sentían incómodas porque no les faci­litaba su tarea. No les ayudaba a ser verdaderamente piadosas.
Lo sentimos nosotras más que él. Esta gente tiene el cora­zón endurecido. Se le muere una hija y se queda ahí, plan­tado, sin hacer otra cosa que pedir dinero.
—No saben lo que es perder un hijo...
—Así, se puede tener un rosario de críos...
—Sólo buscan el placer de un momento. Y, luego, los de­jan morir sin derramar una lágrima...


Él era superviviente de cinco hermanos. Se habían mar­chado en silencio y nunca pudo comprender por qué duraban tan poco tiempo en la casa. Ni por qué no se marchaba con ellos. La muerte, en su infancia, no era un acontecimiento. Más bien una costumbre. Y una comodidad, porque pasados los pri­meros días de olores raros y de silencios, había más espacio en la casa y la ración de sopa era más abundante en el plato propio. Y, también, se sentía más fuerte, más ansioso de apos­tarse detrás del recodo a esperar el paso del ganado. Y no tenía que luchar con los otros para que el hermano, el más dé­bil del grupo, pudiera agarrarse a las ubres por más tiempo.
Por la tarde, las damas llegaron a la clínica a tiempo de ver a Andrés cerrando los ojos de la hija. El pequeño despojo quedó cubierto por la sábana, abandonado a su último destino, mientras los coches rutilantes emprendían la marcha hacia la barraca.
Se abrieron paso entre el enjambre de críos que jugaban en el barro. Para llegar al cuchitril de Andrés tuvieron que dejar los coches a un lado del camino y andar durante un buen trecho por la pendiente, clavando los puntiagudos tacones de charol o de ante en el lodo. El safari tenía sus riesgos.
Se dirigían a la casa del elegido, que andaba en medio del grupo, ufano y satisfecho. Al paso de la comitiva, cargada de paquetes y de mantas, se abrían las puertas de las barracas y se asomaban rostros torvos y silenciosos. Una vieja escupió al suelo.
Una de las damas me dijo más tarde:
—Fue el peor rato que he pasado en mi vida. Me pareció que nunca íbamos a llegar a la casa de Andrés y que aque­llas gentes se arrojarían de un momento a otro sobre nosotras, para arrebatarnos los paquetes. No me dirá usted que hacer caridad no significa afrontar un riesgo, íbamos a favorecer a uno de ellos y nos miraban con odio. Podía habérseles ocurri­do pensar que otro día iríamos a sus casas... La vieja que escu­pió al suelo refunfuñaba: "Y nosotros, qué? ¿No somos tam­bién de carne y hueso? Nada, nada. Lo que se dice, el que no llora, no mama." Y un muchacho salió a la calleja para gritamos "¡Es que se han perdido! Por aquí no hay ningún baile!" Andrés no se sentía violento, no replicó nada, pero nos dijo que procuráramos ir un poco más deprisa. Por fin, llegamos a la casa. ¡Dios mío! En mi vida había visto tanta miseria y tanta suciedad...
"La miseria no tiene que estar reñida con la limpieza. ¡Va­mos, que un poco de agua y un estropajo no cuestan tanto di­nero! Son gentes zafias, abandonadas, que sólo buscan la cari­dad y se han acostumbrado a vivir así. Le aseguro que si tu­vieran un piso, estaría tan sucio como la barraca."

La dama había participado en otras excursiones a las tie­rras sin nombre. Se había llevado a sus criadas para que les limpiaran el culo a los críos del barrio. Tenía un maletín bien provisto. Los polvos de talco, los pañales, los cartelones con dibujos para explicar gráficamente la forma más conveniente de usarlos; las recetas de cocina, el catecismo, las muestras gra­tuitas de medicinas, todo el arsenal con que una piadosa dama se pertrecha para combatir las bárbaras costumbres de las gen­tes del barrio. Los consejos, las palabras amables entretejidas en el armazón de una sintaxis exacta.
—También yo pasé por momentos difíciles. Cuando la gue­rra tuve que vivir durante muchos meses, huyendo, en condi­ciones horribles. Y nunca me dejé ganar por la suciedad. Lo que les ocurre a estas gentes es que han perdido la esperanza y llevan un vida animal, sin pensar por un momento que tene­mos un alma que salvar y una responsabilidad con nosotros mismos.

El viento y el agua suenan de manera distinta. Pero los dos se introducen por todas las rendijas, perforando el cartón y colándose por las hendiduras de la uralita. Cada calle se ha convertido en torrentera que arrastra las basuras, los excremen­tos y los trozos de vidrio, de papeles y de la única ropa puesta a secar por la noche, cuando la tormenta no amenazaba. El barro se cuela por debajo de las puertas y salpica los fogones de petróleo, empapa los colchones de paja y humedece la cesta de los mendrugos de pan. "Maldito seas tú y tus huesos y el día en que te conocí y me enredaste a venir a esta tierra. Bus­cabas trabajo y te emperraste en que lo encontraríamos aquí. Ya ves lo que has encontrado. Una pulmonía que nos va a llevar a todos a la fosa. Y será mejor. Habremos terminado de una vez." "Atiende al abuelo. Se va a partir el cuello si sigue tosiendo de esa manera. El maldito viejo se ha ensu­ciado otra vez encima ¡Y no dejará de fumar, no!" "Estate quieto ahora, ¿no ves que los chicos se han despertado con la tormenta? Siempre tienes ganas de juerga cuando menos falta hace." "¿Y qué mujer? Ahora estás buena y si podemos ha­cer algo que nos quiten lo bailao." "¡Muchacha! Quita de ahí los calcetines. ¿Qué te pondrás para ir a trabajar? ¡Míralo, idiota, se han empapado!" ¡"No! Si lo mejor es reventar de una vez". La vieja palpa los trapos, escarba en su agujero y saca la botella. Mala noche para morir. "Para qué quieres ir a buscar al médico. Ya no hay remedio. Mañana vendrá." "¡Tápalo, por lo menos con la manta!" "¡Con la manta! Mal­dita la falta que le hace ahora. Échasela a los críos." "Mañana estaremos más anchos!" "Primero me marcharé yo y cuando en­cuentre sitio os lo diré." "Tu lo que quieres es dar el portazo. ¡Si te conoceré yo! Aquí hemos de aguantar la vela todos y nos marcharemos al mismo tiempo."
Otros bailarán de alegría cuando encuentren el agujero va­cío. También existen privilegiados en la ladera de la mon­taña, y al otro lado de la ciudad, en las playas. Y ojos avizo­rando las deserciones. Espías que vigilan la marcha de los últi­mos convencidos. Antes, los agujeros costaban sangre y las cho­zas se defendían plantando cara. "Por tres mil pesetas, el indio Taño te limpia los obstáculos. Hay que darle tiempo al tiempo, pero nunca falla y, al final, te quedas con la choza."
"El indio Taño sabe hacer las cosas bien y es astuto como un gato. ¡Oye y con qué frialdad lo hace! Fíjate, elige el terreno y sabe provocar. No se mancha las manos, ni busca pelea. Los despacha en seguida. Su mayor éxito está en que nunca tiene testigos, nadie lo ha visto actuar y todos se guardarán muy bien de denunciarlo. Se dice que tiene buenos compin­ches que permanecen en la sombra, guardándole la espalda. Son muy considerados y el precio no es abusivo. Tres mil pese­tas por quitarte del paso un competidor. Claro que si les diera por trabajar a destajo... Pero, el indio Taño se dedica a otras faenas más lucrativas y esto lo hace por favorecer a los clien­tes."
El indio Taño dio una vez un paso en falso. Se acercó a la barraca, cuando creía que el viejo estaba solo. Llamó a la puerta y el abuelo apenas tuvo tiempo de gritar porque el indio le clavó la navaja en el pecho, con un golpe certero. No carecía precisamente de táctica. El abuelo cayó atrancando con su cuerpo la puerta, pero no estaba solo y el sobrino que había llegado del pueblo aquella tarde, saltó por encima de él y le plantó cara al indio. "Aquel chaval resultó de armas tomar. Le quitó la navaja y le retorció el brazo hasta que oyó el cru­jido del hueso y allí lo mantuvo, hasta que obligó a Taño a confesar por cuenta de quién había liquidado al viejo." El in­dio Taño, varios meses después, jugaba en el frontón en el patio de la cárcel. Se acaloraba y pateaba en el suelo, arran­cándose los cabellos cuando su compinche hacía una mala ju­gada. Y gritaba, echando espuma por la nariz y por la boca: "¡Que te mato por nada! ¡Que me pierdo otra vez! ¡Que te mato!"
El camino del regreso se dibujaba en el barrio como una amenaza y, también, como una esperanza. El indio Taño llegó tarde a la barraca del viejo. Sus clientes podían haberse aho­rrado tres mil pesetas y ocupar la choza sin ninguna compli­cación porque, en el momento de la transacción del negocio, el viejo había decidido ya abandonarla. "¿Por qué se os ha me­tido en la cabeza esa idea de volver al pueblo? Lo que pasa es que os habéis olvidado ya de lo que ocurría allí. ¿Es que no estuvisteis esperando durante años la oportunidad de venir? Le vendisteis todo, la casa, los aperos de labranza, hasta los pu­cheros y los platos los sacasteis a la plaza y casi los regalas­teis." "Hay que aguantar aquí, sea como sea. Pasar los malo; tiempos con la única preocupación de no reventar mientras tanto. Volverán a necesitarnos otra vez. Os lo digo yo, que he corrido mucho mundo y ni atado me llevarían otra vez al pue­blo. ¿A qué hemos de volver, a recoger por la noche aceitunas y las espigas que se han dejado los cosechadores? ¿O a men­digar, sin esperar nada?" Desde los pueblos llegan cartas con­tradictorias. ¿A quién creer? "No se os ocurra venir. Las cosas están peor que cuando os fuisteis. Este año han cerrado tres fábricas de aceite y la cosecha está todavía sin recoger. A Ma­nolo no le han pagado todavía las chapuzas, que hizo hace seis meses y nadie se atreve a reclamar nada." "Con el turismo he­mos ganado algo y parece que ahora van a montar una indus­tria. No queremos aconsejaros nada, pero tal vez podríais ob­tener trabajo aquí." Las maletas se hacen y se deshacen y, por fin, se arrinconan debajo de la cama. "Escríbele al primo An­tonio. A lo mejor puede buscarte algo..." Pero el primo Anto­nio no contesta. O llegan noticias de que se ha ido a Alemania. O está en paro. "Quizás, el cura..." Pero, al cura lo han en­viado o otro sitio. Y ya no quedan raíces en la tierra abando­nada. Y hay que buscar a otro indio Taño. Las voces se apagan. Y no hay que mirar el calendario.
En el barrio, nadie le pregunta a Andrés qué le ha ocurrido a su hija. El mismo lo ha olvidado ya.

Aquella misma tarde recibí varias cartas. Ofrecían puestos de trabajo y confiaban en que yo sabría enviarles a las personas más idóneas que hubiera conocido en la Plaza. Ya estaba esca­mado y huía del agua tibia. También entonces la trampa aparecía clara. ¿Cómo era posible creer en la sinceridad de la oferta? ¿Si necesitaban trabajadores, por qué los habían echado antes? Tuve curiosidad por saber qué ofrecían y me entrevisté con ellos. Les invité a ahorrarse los eufemismos y pudimos llegar a la conclusión de que buscaban simplemente hombres deses­perados que no tuvieran alternativa. Querían formar un equi­po de vendedores "agresivos", capaces de saber colocar la mercancía como si se tratara de una operación de guerra arries­gada. No obtendrían sueldo fijo, pero en cambio, las comisio­nes de la venta serían elevadas. Para ayudarles a subsistir du­rante el primer mes, les entregarían unas cantidades a cuenta de futuros beneficios, pero los nuevos vendedores tendrían que firmar un recibo por el que se colocaban entre la espada y la pared.
No se trata de ningún abuso, créanos —decían con el tono del que acepta del enemigo una rendición sin condicio­nes—. Intentamos darles una oportunidad, ayudarles a resol­ver su problema. Y, también, si hemos de ser sinceros, hay que decir que esta gente puede hacer grandes cosas. De su grado de desesperación puede surgir un impulso, una llamarada que los haga hombres conscientes y recuperables para nuestra sociedad. Nuestro slogan es buscar "hombres agresivos", que hayan lle­gado a una situación límite que les haga despegar, levantar el vuelo hacia las mejores realizaciones.
Pero —dije con estupor—, los parados que he conocido son hombres sin ninguna preparación, peones, inmigrantes. Car­ne de cañón.
—No tiene importancia. No somos segregacionistas. Preci­samente en nuestra hora se necesita la mejor cantera humana. Y esta sólo se encuentra entre los que han sufrido mucho, entre los que se han desarraigado completamente, entre...
—¡Lo que ustedes buscan son mercenarios para el Congo!
—bramé.
No quiere entendernos. Nuestra sociedad necesita hombres violentos y agresivos, qué sepan lo que cuesta ganarse un trozo de pan, que se hayan visto al borde del abismo y que, en consecuencia, se conviertan en los mejores vendedores.
—¿Y qué quiere decir esa cantidad de dinero que piensan adelantarles?
—El estímulo, el acicate. Sabemos por experiencia que esa gente se deja abatir muy pronto y que desaparecerían con el muestrario a los dos minutos de habérselo entregado. Les re­solvemos sus primeros problemas, pero al mismo tiempo les enseñamos la mano dura, el palo. En nosotros tendrán sus mejores aliados. Pero, no nos dejaremos tomar el pelo...

Varias horas después, estaba hablando con don Vicente V., gerente de una importante empresa. Don Vicente V. es de me­diana edad, viste elegantemente y se advierte que ha elegido con suma precisión cada una de las prendas. Me recuerda en el acto una especie de "summa" de la publicidad. Se cubre con el gabán que hemos visto pintado en los cartelones de las ca­lles, lleva una de esas camisas que forman juego y que se anun­cian vistosamente, chaqueta de corte "romántico" y cartera de esa piel artificial tan divulgada por los medios publicitarios. Huele a colonia fresca y fuma los cigarrillos "propios del señor que sabe elegir" y que guarda escrupulosamente en una pitille­ra de oro. Tiene el rostro cortado por una enorme cicatriz y sus manos son anchas, se mueven incómodas entre la preciosa ropa y exigen a gritos otro tipo de indumentaria.
Don Vicente me dice:
Elija usted cualquiera de los hombres que vio en la Plaza y envíemelo, por favor. Yo también sé lo que es la desespera­ción y el odio de sentirse parado. Estuve en la Plaza hace mu­chos años, cuando nos llamaban los "rompehuelgas" porque nos contrataban como fuerza de choque cuando surgía algún problema laboral. También recorrí la Península de cabo a rabo, a pie, subiéndome clandestinamente a los vagones de carga, durmiendo en la cuneta y comiendo cualquier cosa, o no comiendo. Sé lo que significa estar en el abismo, sentir deseos de morir y de matar, de gritar, y de temblar de pánico por la noche. Ya sé que no remediarán las cosas porque salve a uno de ellos, pero cuando salí adelante me prometí que siempre que hubiera algún puesto en mi negocio, lo ofrecería a alguien que hubiera sufrido lo mismo que yo.

Al día siguiente, Andrés Sánchez se entrevistaba con otro empresario. Formalizaron un contrato de trabajo por una duración de tres meses, al cabo de los cuales, considerados como período de prueba, se incorporaría definitivamente a su puesto.
Surgió la primera contrariedad. Andrés Sánchez no sabe leer ni escribir.
¿Se compromete —le propuso el empresario— a acudir a una escuela nocturna, cuando salga de trabajar?
—Mire, usté, yo tengo la cabeza muy dura para esas cosas. Además, necesito tranquilidad. ¿Cómo quiere que aprenda te­niendo cinco chiquillos que se mueren de hambre?
—Le adelantaré dinero particularmente y pagaré sus deu­das.
—Bueno... iré a la escuela, aunque eso es un trago muy duro para mí.

Andrés se presentó en su nuevo trabajo el lunes siguiente.
Pero, una mañana me llamó un señor, que acreditó sufi­cientemente su personalidad. Me dijo:
No estoy de acuerdo en muchas de las cosas que ha es­crito usted sobre los parados de la Plaza de Urquinaona. El problema es real y probablemente sea cierto que se hallan en una situación angustiosa, pero entre ellos existen muchos de­lincuentes, muchos sinvergüenzas, cuya conducta perjudica en primer lugar a sus compañeros. Conozco a uno de ellos en particular. Es uno de esos tres que aparecen en la fotografía. Andrés Sánchez. Tuve que echarlo de la empresa, porque no trabajaba y siempre estaba entrampado. No es de fiar. Se lo aseguro. Y si no me cree puedo enseñarle el expediente que se siguió contra él. No. No es un trabajador de verdad.
Mientras la voz habla a través del hilo, pienso en la va­ciedad de muchas palabras.. Colocadas las. cosas en el extremo en que se hallan, ¿qué puede significar que Andrés, o cualquier otro, sea un "fullero"? ¿No han sido ellos, precisamente, los que me han contado la historia de las letras impagadas? "¿Quie­re saber el secreto de por qué las tiendas de electrodomésticos no cobran una letra? —me había preguntado Rafael Perea—. Con el dinero que obtenemos vendiendo nuestra sangre paga­mos la entrada de un televisor, firmamos letras y aquella mis­ma tarde lo vendemos en los Encantes por siete mil pesetas. Es una estafa, de acuerdo. ¿Pero, no es mayor estafa no poder trabajar?" Y fue Andrés el que, sin bravuconería, hablando tan en serio como sólo un hombre condenado a muerte puede ha­cerlo, me dijo, lisa y llanamente: "Esta noche iré a robar fruta al campo."
El propio Andrés había hecho su presentación así, mostrán­dome los callos que flanqueaban sus dedos:
"Si yo no soy un trabajador, que venga Dios y lo vea. Pero, las manos están blancas y tiemblan. Esta noche he ven­dido el último colchón que nos quedaba, por veinte duros. Hace dos noches los chicos gritaban pidiendo comida. Mi mujer se fue a la lechería y el tendero no quiso darle nada, porque le debemos un montón de cosas. Cogí las sábanas, me fui a casa de una vecina y se las vendí por siete duros. Yo no tengo más que la ropa que llevo puesta. La poca que nos quedaba la en­tregué en una tienda de empeños y allí quedará para los restos."
La voz seguía diciendo:
Es mala cosa tergiversar los hechos. Sería un desprestigio para los propios obreros saber que entre sus filas se hallan individuos como ése. Nadie puede tener una excusa para per­der la dignidad y para convertirse en un bribón. Tengo prue­bas de toda la trayectoria de ese tipo. Puedo decirle de cuántos sitios lo han echado y por qué no puede encontrar trabajo. Y si lo halla, le aseguro que no lo conservará más de un mes. Hasta que se den cuenta de qué clase de persona es.
Pero otras palabras habían sido escritas antes:

"No pueden ser apacibles las noches cuando el sueño es aventado por el temor de despertar. El cerebro, acorralado, descansa a intervalos, pero el enemigo se halla allí, agazapado en cada célula, rondando por los nervios, sobresaltando al co­razón y petrificando las paredes del estómago. No pueden ser apacibles las noches cuando no se sabe dónde se dormirá la pró­xima. No hay descanso para el inmigrante. No se ha llegado a la tierra de promisión por más que los pies la hollen. Se es simplemente un intruso. Un extraño que se ha colado de ron­dón sin que nadie lo haya llamado y por el que nadie ofrecerá un céntimo de garantía."
"A las seis de la mañana la plaza de Urquinaona recoge los vertederos humanos. Hombres que no han podido dormir, em­piezan un nuevo día, sin haber podido digerir la desesperanza de la víspera. Una isla. La espuma de oleadas de hombres que durante años estuvieron afluyendo a la ciudad llega ahora a esta exigua plaza, donde los árboles crecen rodeados de asfalto. Hay numerosas islas como ésta en otras partes de la ciudad. La erupción de miles de células que no han sido asimiladas. Los hombres forman grupos de pie, bajo los árboles, se sientan en los bancos y en la calzada. Apenas hablan. Si en un rincón de la plaza crece un rumor sordo, las miradas de todos tienden ha­cia allá y se arrastran los pies hacia aquella dirección. Miran constantemente al otro lado de la plaza, avizoran desde la isla la llegada de un rostro conocido, la figura de un hombre con una cartera de cuero, que puede facilitarles trabajo por unos días. Se confunden los papeles y los hombres dejan de ser la carnaza apetecida por el hombre de la cartera. Espían su apa­rición y tensan los músculos para, cada uno, ser el primero en abordar al hombre, en obligarle a fijarse en él y en conseguir que su nombre sea uno de los primeros que el prestamista ano­tará con su pulcro bolígrafo dorado.
Hombres de todas las edades. Jóvenes que parecen viejos y viejos que se esfuerzan en aparentar menos edad para no ahu­yentar la mirada del hombre de la cartera. Rostros amarillen­tos, ojerosos, poblados de barba que crece sin fuerza. Algunos hombres se remangan la camisa para enseñar palpablemente sus brazos nervudos, hinchan el pecho para que los botones se cie­rren difícilmente y alzan la cabeza desafiadora. Muchachos que tornan súbitamente su timidez en fiereza, que miran suplicantes con el color del vértigo en las pupilas...”

La voz insistía hasta que el "clic" de mi teléfono la gui­llotinó.

El hombre público, de pulcra y almidonada pechera, atra­paba con las dos manos el peligro apocalíptico que había des­crito en el ambiente, lo amasaba como una bola de pan amar­go, y lo arrojaba al auditorio a través de los altavoces. Los asientos chirriaban porque las posaderas percibían el peligro en aquel lugar exacto, se oían toses y cuchicheos. Y las cabezas se movían aprobadoras.
Representaban el Bien y el Orden, todos los valores abs­tractos por los que merece la pena vivir y por los que se muere defendiéndolos. Las pulcras manos, las barbas bien rasuradas y la carne tibiamente acariciada por las telas suaves y acoge­doras. Sabían elegir bien. Y habían demostrado que se podía confiar en ellos. Eficientes y dinámicos. Los grandes cerebros que habían tenido la virtud de levantar poderosos complejos industriales de la nada. La tercera o la cuarta generación. Pero se movían con la seguridad del que sabe que el mundo les ha pertenecido desde siempre. También estaban los advenedizos, los que usaban el poder reciente como si nunca hubieran carecido de él. Inflexibles.
Se habían congregado para saborear conjuntamente el pe­ligro común. Se diría que estaban ansiosos de descubrirlo en el horizonte. Mejor que nadie, eran sabedores de que la tranqui­lidad y la calma no suelen significar una paz duradera. El ene­migo había hecho acto de presencia en unas cuantas escara­muzas para templar los viejos instrumentos de lucha arrinco­nados: no se presentaba a pecho descubierto, sino que se des­pertaba solapadamente de su sopor.
Los soldados bien abastecidos con las mejores armas se mueven inquietos cuando flota en el aire el temor de la embos­cada. Y desean iniciar el combate sin dilación, en terreno firme y despejado. La incertidumbre, los temores, el desconocimiento de las tácticas enemigas arañan los nervios a flor de piel.
El orador conjuraba los viejos temores. Se manifestaba como la conciencia viva de todos los presentes, urgiéndoles a que pusieran en marcha los mecanismos de defensa.
"El enemigo está aquí, dispuesto a sacar fuerza de su pro­pia debilidad. Procurad no tensar el arco excesivamente porque puede romperos el rostro si se parte la cuerda. La desespera­ción y la pérdida de confianza dejarán de producir hombres amedrentados y aparecerán un día, quizá no muy lejano, ense­ñando los dientes. No creáis que han desaparecido para siem­pre los años de la rebeldía, sino que quizás estemos provocando su reaparición. Y lo que no sepamos hacer por nosotros mis­mos, otros vendrán que lo intentarán."

El hombre público percibió en las sensibilizadas antenas de su bigote que había clavado su dardo en el trasero de los oyentes. Se relamió, de pie ante el micrófono, soportando, como la prueba más palpable de su iluminación, el haz de luz que desde el techo se derramaba sobre el escenario. Siguió hurgando en la herida abierta, acorralando a los rostros que le miraban temerosos e inquietos. Describió escenas sangrientas de insurrecciones y de estallidos, de violencias y de aniquila­miento. Se bendijo a sí mismo, porque había descubierto en él las profundas cualidades del profeta. El auditorio se reple­gaba, disminuía la frecuencia de la respiración y se dejaba aplas­tar por el silencio. Había que hacer algo, tender la mano, partir la capa, enviar a sus mujeres a parlamentar, a transigir, a conceder.
Apurada hasta el fondo la amarga bebida, el orador levan­tó los ánimos, desbarató el peligro de un manotazo y convir­tió en humo las cartas amenazadoras. Los oyentes recuperaron aliviados el ritmo normal de la respiración y los asientos chi­rriaron de nuevo. Habían realizado un viaje alucinante y por un momento creyeron que no había sido un sueño, porque los nervios estaban fatigados y todavía martilleaba el pulso en las sienes.
El peligro había pasado y no había razón alguna para se­guir temiendo. Definitivamente, el enemigo estaba domesticado, era pura ficción que el hombre público había creado para re­cibir el aplauso de los oyentes.

Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

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*Prólogo

*
* Introducción

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* La levadura
*
Que se nos muere la gente muerta de miedo
* El fermento, a pesar de todo
* Totalmente domesticada
* Los enemigos, dentro de casa
* Los olvidados
* Bailando al son que tocan
* Muerto de antemano

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Eliseo Bayo

Artículos del libro: ©"Crónicas finales". Otra visión de la política internacional.
Poemas del libro ©"...y el cielo es nuestra casa".
Poemas del libro ©"Dios Toro poderoso"
Artículos del libro: ©"Estrictamente prohibido" Reportajes censurados y otros retratos de la España negra.
Capítulos del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en 1968, cuya edición, íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

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