
*Prólogo
Introducción
El veintiséis de octubre del año pasado, en el semanario "Destino", secuestrado aquella semana y puesto a la venta días después, publiqué un reportaje titulado "En la pendiente" que tuvo una repercusión insospechada. No descubrí ningún problema nuevo. Durante muchos años, incluso antes de la guerra civil del 36-39, la plaza del Obispo Urquinaona ha sido un lugar de contratación de trabajo. A él acuden, preferentemente, los obreros de la construcción que se han quedado sin faena. En su mayoría son peones, gente sin especializar y, casi todos ellos, analfabetos o de muy cortas letras. No han podido integrarse todavía a la ciudad y viven a salto de mata, encontrando hoy trabajo y mañana no, recorriendo las obras de la capital y de los alrededores. Viven en las casas baratas del extrarradio, en las barracas de Montjuich, del Besos y del Camp de la Bota. O realquilados en cualquier piso de mala muerte. Los que dejaron la familia en el pueblo, esperando estabilizar su situación en la ciudad, pernoctan en cualquier sitio, especialmente en los solares en construcción.
El reportaje, íntegro, ha aparecido en un libro editado por "Destino", junto a otros temas que publiqué a lo largo de un año en el semanario. "En la pendiente" narra la tragedia de unos hombres parados, su inútil búsqueda de trabajo durante días y días; transcribe la confesión de unas gentes que "darían un brazo por hallar una ocupación" y descubre que, casi todos ellos, tienen que vender su sangre —a peseta el gramo— para poder susbsistir. Si es cierto que el trabajo condiciona al hombre, sus pensamientos y su actitud ante la vida, no lo es menos que el no tenerlo crea una nueva mentalidad. La peripecia de estos hombres demuestra que la noria en que se hallan embarcados encuentra difícil ruptura.
Para ellos la escuela y la seguridad fueron un lujo imposible. Poco a poco, su cerebro se ha ido cerrando y las posibilidades de evadirse de la miseria se han agotado.
En las páginas siguientes narro lo que le ocurrió a uno de ellos, Andrés Sánchez, cuya hija vi morir de hambre. A raíz del reportaje, muchas personas me llamaron para ofrecer su ayuda a los parados. Tuve que decirles que la misión del escritor no es practicar la caridad individual, ni convertirse en "bolsa de trabajo". Las soluciones del problema han de ser totales y se escapan de la "buena voluntad" de unos cuantos hombres. Alguien, no obstante, se preocupó de hacer llegar a la casa de Andrés ropas, comida y dinero para pagar las deudas.
Un empresario le ofreció trabajo. Lo hizo con el mejor deseo de resolver un caso individual y encontró un hueco para Andrés.
Durante dos meses, Andrés Sánchez estuvo repartiendo paquetes; nadie sabe cómo se las arregió para ir de una parte a otra, sin saber leer las direcciones ni, por supuesto, los nombres de las calles. El empresario le hizo saber que la mejor y única forma de conservar el empleo no era otra que aprender rápidamente a leer y escribir rudimentariamente y le ofreció la ocasión de hacerlo en una escuela nocturna.
Andrés Sánchez, según los informes que he recogido, se comportó normalmente en el trabajo. No llegó ni un día tarde. No creó problemas.
—Se le veía —me dijo el empresario— interesado en el almacén, atento a las indicaciones que se le hacían. No discutió con nadie ni, por lo menos que yo sepa, pidió dinero prestado.
La crisis económica, las famosas "medidas de austeridad" llegaron a la empresa y la dirección acordó reestructurar la plantilla. Naturalmente, la primera pieza que sobró fue Andrés Sánchez. La noria empezaba a funcionar. Todo había sido un bonito sueño de verano, un cuento imposible con final feliz. Nadie sabe lo que pensó Andrés Sánchez cuando una mañana le dijeron que su sitio no estaba allí.
El empresario, no obstante, fue consecuente con su primera iniciativa. También él se hallaba con las manos atadas, pues, al fin y al cabo, sólo significaba un voto en el consejo de Dirección. Le proporcionó otro trabajo en un garaje para lavar coches. La plaza estaba segura porque el dueño de la nueva oportunidad es hermano del empresario. Éste me dijo:
—Pero, Andrés no se presentó al trabajo. Le esperaron durante tres o cuatro días y, al no saber nada de él, pusieron un anuncio en el periódico. A las dos horas, acudieron sesenta hombres. Todos parados.
Se acusaba a Andrés de no haber tomado interés en aprender a leer. ¿Con qué derecho? ¿Es que se puede, de la noche a la mañana, hacer andar a un muerto? Se exige responsabilidades a la víctima, se le acusa de no escalar el pozo a donde otros le han arrojado, de no poder mover los brazos cuando se los atornillaron ya desde la cuna. Y las buenas personas, los sesudos dirigentes, hinchan el pecho, se atusan el bigote y levantan el dedo aleccionador para decir: "¿Lo veis? No se puede hacer nada con esta gente. No ponen nada de su parte. Tienen lo que se merecen y más vale no volver a preocuparse de ellos. ¿Es que no hemos hecho todo lo que estaba de nuestra parte? Le dimos una oportunidad y la ha desperdiciado. Se pasan la vida quejándose y no son capaces de hacer algo por sí mismos".
Andrés Sánchez, en compañía de otro parado, fue sorprendido en la carretera del Prat por la Guardia Civil, cuando conducían al Borne un carro de lechugas robadas.
Ahora está procesado y, probablemente, terminará en la cárcel. La noria ha vuelto a girar. Que cada cual ponga la moraleja.
Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.
Foto de Lewis W. Hine