EL MIEDO, LA LEVADURA Y LOS MUERTOS. PRÓLOGO

Prólogo

En algunas conferencias y coloquios que he  mantenido re­cientemente se me ha provocado a explicar prolijamente qué entiendo por reportaje social y cuál es su justificación en el momento que estamos viviendo.
¿Es que existe un reportaje que pueda ser calificado de tal suerte? En principio, el reportaje a secas, sin adjetivar, es una técnica narrativa del periodismo moderno que se define como el acercamiento a un hecho urgente e inmediato, a través del testimonio del periodista —del escritor— que, de alguna manera, toma parte en él.
El reportaje es un género mayor dentro del periodismo y toma prestado de otras técnicas narrativas los medios expre­sivos más eficaces. No es casual descubrir en el reportero las condiciones del escritor: la habilidad en descubrir el tema, en introducirse en el ambiente, en perfilar los personajes, en montar los diálogos y en relacionar con el hecho que se narra otras experiencias vividas por el autor. Las grandes novelas de nuestro siglo pisan el camino que, paralelamente, ha sido ho­llado ya por el reportaje. Los hechos más apasionantes, las tensiones individuales y colectivas más extremas, los conflictos de las personas y de los pueblos, los dramas domésticos o na­cionales han sido observados por el ojo del reportero y han sido traducidos, antes o después, a un lenguaje de ficción.
Creo en la fuerza predecesora del reportaje. Se halla mas cercano a la vida, no elige las coartadas de la ficción y no deja ninguna escapatoria.
Cuando bulle el país, cuando pasan cosas, el escritor se con­vierte en la conciencia viva de su pueblo. ¿Por qué elige asu­mir un papel peligroso? ¿Qué le empuja a aceptarlo? La litera­tura sólo se justifica cuando describe todo el dolor del mundo y la lucha del hombre contra sus ataduras. Alguien levantó la voz en un coloquio contra los escritores que sólo saben mirar hacia las zonas de sombra, que se obstinan en pinchar la modo­rra y la beatífica tranquilidad de sus paisanos con relatos san­grientos y escandalosos. No merecía la pena replicarle que el escritor no es un bufón, ni un amigo falso, de esos que saben paliar magníficamente los crímenes y convertirlos en "errores de la condición humana". El escritor es un ser incómodo. El escritor social —digámoslo así para entendernos— es un ene­migo implacable. Al denunciar la injusticia, opta por un mundo que hay que construir contra otro que hay que derribar. Y le perseguirán con saña porque sus ojos han descubierto el gran secreto, porque sus palabras son como el pan, sólo apto para saciar el hambre y ser repartido. Es el eterno descontento. El nunca satisfecho, porque camina delante de todos. Tratarán de hacerle callar por la violencia o por los juegos sutiles de las recompensas.
El reportero social se halla en una posición más incómoda. No recurre, como su hermano el escritor, a la ficción. Da la cara. No inventa reinos, ni paisajes imaginarios, ni héroes qué’ reflejan la realidad pero no son la realidad. Habla de hechos concretos que están ocurriendo cuando él ha puesto el punto final a su escrito. Acorrala a sus lectores contra la pared, pri­vándoles de toda tranquilidad interior porque les ha hecho saber que a pocos metros de ellos existe un mundo doliente.
El reportaje social, como técnica narrativa, requiere unas determinadas condiciones para existir. Cauces adecuados. Nor­malidad. Lucha abierta. Igualdad de oportunidades. Cuando han sido cortadas de raíz ocurre que el reportaje social se hace críptico, aparece y desaparece intermitentemente, golpea hoy aquí y mañana allá, sabedor de que su fuerza temida es, en el fondo, endeble.
Cuando la normalidad ha desaparecido, le llega su turno al sucedáneo del reportaje social. Puesto que los hechos existen y es necesario afrontarlos, se les quita el nervio, se barnizan con un nuevo color y se escamotean con el recurso al "populismo" y al falso "folklore".
Se acusa al reportero social de "no dar soluciones a los pro­blemas que descubre". Lo he oído innumerables veces. Seamos sinceros. La literatura no es un juego. Ni el periodismo. El escritor sabe que su misión termina cuando ha puesto punto final a su trabajo. Con verdadero temblor ha descrito una matanza incruenta que resulta la peor forma de morir, una carnicería moral, la opresión del débil y del fuerte, la injus­ticia que se vive cada día, la desesperanza y el suicidio de un individuo o de una colectividad.
Se ha acercado a un inframundo desconocido. Ha hablado con los protagonistas anónimos de un drama; ha estado con ellos unas horas o unos días. Y experimenta en lo más profundo de su ser la inutilidad de la literatura. No son héroes de ficción. Sabe que no han salido de su imaginación, sino que viven real­mente. Están allí, en la misma ciudad, respirando el mismo aire, pisando las mismas calles y el tiempo no se ha detenido para ellos.
¿Qué hacer? Es la eterna pregunta del escritor. Si es hon­rado hasta el final renunciará a dar soluciones, porque éstas no se hallan en sus manos. Las soluciones posibles al problema que describe son totales y merecen palabras excesivamente gordas, tan gordas que se quedarían atragantadas en el angosto cauce de los medios de expresión.
A la sociedad entera y, en primer lugar, a los que sufren y viven el problema, les corresponde encontrar y dar las solu­ciones. El escritor describe un mundo de vivos, no trata con cadáveres a los que se puede manipular y cambiar de posición. No es un taumaturgo, ni un iluminado, ni tiene capacidad para encontrar la solución justa. De opinar lo contrario, creeríamos que los problemas se resuelven por la participación de un "deus ex-macbina" que, en este caso, sería el escritor o el re­portero. A veces ocurre que los pueblos exigen que sean otros los que les saquen las castañas del fuego y exigen responsabi­lidades cuando no están dispuestos a mejorar su suerte arries­gando la punta de un cabello.
La misión del reportaje social termina necesariamente aquí. Debe terminar, además, por una razón bien sencilla. Puesto que estamos hablando de una literatura y de un reportaje social crípticos, que se manifiestan oprimidos por el corsé de mil te­mores e impedimentos, con un bagaje escaso, recurriendo, in­cluso, a los juegos de palabras, a las metáforas y a todo el arsenal de que se provee la invectiva del escritor cuando las pa­labras no pueden fluir normalmente de su boca; puesto que no puede apuntar las soluciones verdaderas ha de abstenerse tanto de paliar la auténtica realidad del problema, como de propo­ner soluciones tibias. Y ya se sabe que si la media verdad es una mentira, la solución tibia es una estafa.
El periodista y el escritor son, en todo caso, una pieza más del juego de fuerzas que participan en la sociedad. Y están sometidos a las reglas generales de la partida. Es justo exigir­les que se mantengan en la avanzadilla y hasta que den el pecho en primera línea, pero no es justo pedirles que hagan por sí mismos lo que compete a todo el cuerpo social.
Las soluciones no se propugnan desde una cuartilla, sino que se imponen desde otras áreas más efectivas. Para que sean reales, no requieren el apoyo de la pluma sino la decisión, la voluntad de transformación de todo un pueblo.
El escritor vive su soledad. Sabe qué efímeras son sus posi­bilidades de lucha. En realidad es un francotirador, un guerri­llero cuya arma de combate le ha sido prestada. Y sabe que en cualquier momento puede quedarse sin ella. Es un enemigo temible al que se puede anular de un plumazo. Y, cuando esto ocurra, se encontrará otra vez solo. Mudo cuando tiene tantas cosas que decir. Ciego, cuando ha visto tantas cosas. Y cojo, cuando hay tantos sitios a donde ir.

***

Creo que es innecesario decir que todos los sucesos y hechos, todos los personajes que salen en estas páginas existen realmente. Y que su problema sigue siendo tan real como cuando hablé con ellos. Más cosas habría querido decir, más argumen­tos me hubiera gustado aportar, más extenso debería haber sido, pero el reportaje no encuentra nunca su punto final, sal­vo cuando sus protagonistas —gentes que viven junto a no­sotros— desaparecen, mueren. He elegido unos cuantos hechos que me conmovieron personalmente. Todos ellos estaban mar­cados por el mismo hervor. Pero, no son los únicos y algún día volveré a ocuparme de otras gentes que viven en las mismas circunstancias.

Eliseo Bayo, prólogo del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

Capítulos siguientes:
* Introducción
* La isla
* Arresto Laboral
* La levadura
* Que se nos muere la gente muerta de miedo
* El fermento, a pesar de todo
* Totalmente domesticada
* Los enemigos, dentro de casa
* Los olvidados
* Bailando al son que tocan
* Muerto de antemano


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Eliseo Bayo

Artículos del libro: ©"Crónicas finales". Otra visión de la política internacional.
Poemas del libro ©"...y el cielo es nuestra casa".
Poemas del libro ©"Dios Toro poderoso"
Artículos del libro: ©"Estrictamente prohibido" Reportajes censurados y otros retratos de la España negra.
Capítulos del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en 1968, cuya edición, íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

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