Los atentados de Londres del 28 de junio no sólo coincidieron de manera sospechosa con otros acontecimientos políticos de primera magnitud, sino que les han restado el protagonismo que merecen. No son sucesos de poca monta: el primero se trata de un escándalo que afecta directamente a las principales empresas, y a las personalidades políticas más relevantes del Reino; el segundo se refiere al nombramiento de Tony Blair como “pacificador”, cuando se extiende la amenaza de que pueda ser acusado de crímenes de guerra, apenas se ha librado de la investigación fiscal por fraude y las masas del mundo árabe llenan las calles protestando por un nombramiento que aleja aún más las escasas posibilidades de paz en Oriente Medio.
Y también los de hace dos años – 7 de julio 2005- han arrojado toda clase de sospechas sobre la real autoría de los mismos. Las manos negras que están detrás de ellos son demasiado blancas. Justo en este momento, cuando aumentan las dificultades de la Administración Bush- escándalos políticos internos, como el indulto de Scooter Liby, el ex asesor de Cheney- y cuando se calientan de nuevo las zonas de conflicto, surge el “terrorismo” en Londres para echar una mano. Al Qaeda aparece como las setas al mismo tiempo en Egipto, Pakistán, Irán, Irak, España, Marruecos, Yemen, Gaza, Afganistán, Líbano y, cómo no, en los Estados Unidos y en el Reino Unido. Es de conocimiento público que tanto el “radicalismo islamista” como el “terrorismo islámita” fueron creados por la CIA durante la Guerra Fría y que se dieron a conocer especialmente en la guerra contra los soviéticos en Afganistán. Está plenamente documentado que los Estados Unidos y sus aliados- Pakistán, Reino Unido- utilizaron sus agencias de Inteligencia para crear grupos terroristas de distinta denominación: Al Qaeda es el más conocido, a través de los cuales se puso en práctica la geoestrategia de gran dominio a alcanzar con el pretexto de la “guerra contra el terrorismo”. Es insostenible pensar en la existencia de un terrorismo que pueda significar un peligro para cualquier Estado moderno, a no ser que este terrorismo no sea ingenuo sino nacido y alentado en las entrañas del Estado. Es una pérdida de tiempo considerar que Al Qaeda sea lo que los servicios secretos occidentales- con la ayuda inestimable del ISI pakistaní-, tan implicados en la realización del Gran Juego, dicen que es. Los servicios secretos alemanes y los franceses conocen al detalle cómo se crearon las “redes combatientes islamistas”, incluyendo Al Qaeda, desde la Administración Carter, a través de la las guerras promovidas por Clinton y la OTAN en Bosnia/Kosovo/Macedonia, hasta los sucesos del 9/11. El “terrorismo” es principalmente una cobertura, un pretexto para llevar a cabo el Gran Juego de dominio geoestratégico que todas las potencias implicadas se ven obligadas a jugar desde hace más de dos siglos. (También lo es, aunque no debo entrar en ello por tratarse de un asunto interno, la cuestión del “terrorismo” etarra, pues solamente un despistado político puede considerar que la fantasmal organización pueda significar peligro alguno, en sí misma, para el Estado, a no ser que éste haya decidido que Eta venga a ser una especie de Al Qaeda, espantajo interno, que justifique dejar de lado los grandes problemas que de verdad afectan a los españoles, mientras se les vacía el bolsillo con hipotecas a 50 años)
En el inmenso territorio asiático, desde el Oriente Medio hasta el Pacífico Oriental, inmensas naciones se juegan el ser y el no ser: Irán, Turquía, Pakistán, China, India, Japón, Corea, se incuba el futuro donde miles de millones de personas forman parte del juego de alianzas, contra alianzas, pactos militares, ensayos armamentísticos, incluido el arsenal nuclear, y donde se mezclan las religiones, culturas y formas de vida más distintas y ajenas a una llamada Cultura Occidental convertida sobre todo en una fortaleza militar inexpugnable, dueña del espacio exterior, y dotada de armas de poder destructor inimaginable.

El fondo del asunto, lo que las bombas supuestamente caseras de los “terroristas” de Londres, han tapado- por el momento, ante la opinión pública desinformada- es el tremendo escándalo del acuerdo “petróleo por armas” que la empresa británica BAE Systems, la mayor fabricante y vendedora de armamento, ha estado realizando con el Reino de Arabia Saudita.
BAE Sistemas, asociada con la Royal Dutch Shell y con la BP, las petroleras más poderosas, y a través de una red de otras grandes compañías inversoras, bancos comerciales, vendedoras de materias primas y diversas empresas fabricantes de armas sofisticadas, han estado disponiendo de fondos (entre 80 y 100 mil millones de dólares) en operaciones que ahora se hallan ya a disposición de la presidencia de la Cámara de Representantes. La señora Nancy Pelossi tan remisa a sostener patatas calientes en la mano tiene ahora sobre la mesa un artefacto nuclear dirigido directamente a la nariz del vicepresidente Cheney. El presidente de BAE Systems es Richard Olver, antiguo director y vicepresidente ejecutivo de BP, y director de Reuters. Junto a él se hallan los personajes más destacados de las grandes finanzas británicas.
El asunto se remonta a 1985 cuando el gobierno de Margaret Thatcher firmó un acuerdo de largo alcance con la monarquía saudita por el que el cartel de armas BAE Systems suministraría aviones de combate y otros equipos y servicios militares a cambio de petróleo. El acuerdo barter recibió el nombre de “Al Yamammah” (paloma) y ha estado vigente hasta ahora, ejecutado año tras año por un consorcio de cárteles anglo/holandeses y anglo/norteamericanos (BAE, BP, Shell, Lazard Bank, HSBC, Carlyle. Unilever, Akzo Nobel, Royal Bank of Scotland, Goldman Sachs, Rolls-Royce, Lloyds, General Electric, Bank of America, Roche Holdings, Glaxo Smith Kline)
Los fondos procedentes de la venta de 600.000 barriles de petróleo diarios desde 1985 (unos 160 mil millones de dólares) sirvieron para suministrar armas a los sauditas (por valor sólo de 40 mil millones de dólares), y también para realizar operaciones mundiales encubiertas y acciones de guerra abierta en Irak y en Afganistán. Ese es el verdadero fondo de la “globalización”, un proyecto que ha manejado sumas astronómicas para comprar adhesiones (adquirir la voluntad de los partidos políticos más diversos en todo el mundo) y fortalecer hasta límites increíbles el complejo industrial militar, en detrimento de las libertades ciudadanas.
Todo empezó con Margaret Thatcher, luego con John Major y lo siguió Tony Blair, el ahora “pacificador”. Ya es de dominio público que, en noviembre de 2006, el príncipe Bandar, antiguo embajador saudita en los Estados Unidos y, de regreso en Riyadh, consejero nacional de seguridad del Rey Abdulla, organizó una visita secreta del Vicepresidente Cheney al Rey. El pretexto del encuentro fue inclinar a los sauditas a favor del ataque norteamericano contra Irán y explicarles las ventajas de promover un incesante enfrentamiento entre sunitas y chiítas en todo el mundo islámico. Pero el verdadero motivo del encuentro era la patata caliente del escándalo de BAE Systems que amenazaba con estallar en el Reino Unido (en efecto, llegó hasta la Oficina del Fraude, SFO, Serious Fraud Office). Cheney quiso impedir que se enviaran las pruebas a la Oficina y poco después de su visita a Riyadh logró que Tony Blair y el Fiscal General manifestaran que por razones de “seguridad nacional” no se podía hacer público el caso de Al Yamamah. Pero los poderes de Cheney, cada vez más acorralado en casa y fuera de ella, no pudieron lograr el silencio, ni impedir que la OCDE y los gobiernos suizo y húngaro e incluso el Departamento de Justicia de los Estados Unidos abrieran investigaciones que han permitido determinar el alcance, al menos en parte, del “escándalo del siglo”.
Los sucesivos intentos de lograr el “impeachment” del vicepresidente Cheney tropezaron con toda suerte de obstáculos que los arrojaron al laberinto de la burocracia política, pero el asunto de BAE Systems no deja dormir tranquila a la señora Pelossi porque el apartar al Vicepresidente Cheney del poder es una cuestión que empiezan a exigir ya incluso los que lo han apoyado hasta ahora.
En cuanto a la mudanza de Tony Blair desde el nº 10 de Downing Street a Oriente Medio, está dicho casi todo. Es un político desacreditado en su país, más que quemado carbonizado, odiado en todas partes, especialmente en el mundo árabe que ha considerado un insulto su nombramiento como “mensajero de paz”. Robert Fisk, veterano corresponsal del Independent de Londres en Oriente Medio, resumió en su artículo del 23 de junio la opinión que le merece el nombramiento. Apenas podía dar crédito a la noticia cuando estando en Líbano se enteró de que el astuto Lord Blair de Kut-al-Amara (el lugar donde precisamente fueron derrotadas las fuerzas británicas por los otomanos en el I Guerra Mundial) había sido nombrado para “crear” la nueva Palestina. Fisk califica a Blar de “vano, falso, mentiroso comprobado, falso abogado, con las manos llenas de sangre de miles de árabes”, y sostiene que Blair llega al cargo para apoyar los intereses de los (halcones) israelíes y negar los de los palestinos; viene para apoyar financieramente y con armas los corruptos de Fatas en contra de Hamas que representa la voluntad popular y el intento de ir contra toda decepción hacia la construcción de un Estado palestino libre y soberano.