LOS SOCIOS DE YELTSIN ACUDEN A SU FUNERAL

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Gorbachov, Bush y Clinton, enriquecidos por Yeltsin, reflejaron en su rostro las huellas de las batallas ganadas contra la paz de las gentes y el bienestar de los pueblos

Boris Yeltsin murió el domingo 22 de abril a la edad de 76 años y enterrado en el cementerio de Novodevichy tres días después. De su biografía se ha destacado un hecho: fue el primer dirigente ruso elegido democráticamente. Putin ha dicho de él: “gracias a su esfuerzo y a su iniciativa directa empezó una época completamente nueva y nació una nueva Rusia”. El enterrador agradecido.
A sus funerales asistieron sus principales socios en la tarea política de desmoronar el edificio de la Unión Soviética y en la no menos lucrativa de repartirse las empresas públicas. Allí estaban con cara de circunstancias- la piedad no cuenta en estos casos- sus principales socios americanos, los ex presidentes Georges H. Busch y Bill Clinton, su supuesto enemigo Gorbachov, el polaco Lech Walesa y algunos otros que no entran ahora en el reparto. Detrás de los políticos que asistieron al funeral estaban los banqueros de Wall Street y otros que “por ineptitud y compinchería de parte del Tesoro de los Estados Unidos y del Instituto de Harvard para el Desarrollo Internacional, asistidos por los especialistas en manipulaciones económicas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la Reserva Federal, colaboraron con políticos y hombres de negocios corruptos rusos para apoderarse de la riqueza industrial y financiera del Estado soviético”. Así lo dijo el 21 de septiembre de 1999, ante el Comité de Servicios Bancarios y Financieros de la Cámara de Representantes, Anne Willianson, escritora y analista política de periódicos del establishmen como Wall Street Journal, New York Times, Mother Jones y otros, y con residencia en Moscú y en los Estados Unidos desde 1987 a 1997.

Willianson testificaba a propósito de la investigación sobre los miles de millones de dólares que huyeron de Rusia a los países occidentales, a través del Bank of New York y otros bancos occidentales, con grave perjuicio para los contribuyentes norteamericanos y para los ciudadanos rusos cuya herencia o propiedad nacional les fue robada para ser invertida en propiedades y en acciones de sociedades occidentales. Aquello fue una conspiración (para ser benévolos) que se tapó con dos errores: la percepción occidental sobre el presidente electo Boris Yeltsin al que se presentó como un gran demócrata dispuesto a destruir el sistema comunista y a introducir la libertad, cuando era simplemente un usurpador. Con la ayuda occidental, expresada por el Fondo Monetario Internacional, Boris Yeltsin pudo adquirir la parte que le correspondió de los principales bancos del Komsomol (la Liga de los Jóvenes Comunistas) a los que se había dado la libertad y los mecanismos para saquear a su propio país en colaboración con una clase política ascendente y cada vez más criminal. Esta nueva élite fue maestra en el arte de apoderarse de la riqueza pero era absolutamente incompetente para administrarla de buena manera y ampliarla.

La “reforma” de Yeltsin sólo sirvió para eliminar una a una todas las ventajas sociales de las que habían gozado los rusos y a cambio de darles una libertad ficticia se quedaron sin las empresas estatales que pasaron a manos de los corruptos. El segundo error, destacado por la analista Willianson ante la Cámara de Representantes, consistió en entender mal el concepto de los derechos de propiedad en los que descansa no sólo el instrumento de la organización económica sino el principal mecanismo de la independencia de la sociedad civil.
Lo ocurrido desde entonces refleja claramente que hubo complicidad entre los usurpadores rusos y los consejeros occidentales que dirigieron la operación desde fuera y les proporcionaron el dinero- miles de millones de dólares americanos- para que pudieran hacerse con la propiedad de las empresas estatales. Lo que se pretendía no era el tránsito de Rusia a una sociedad democrática basada en las reglas del derecho de propiedad y en el reconocimiento de los derechos de los ciudadanos. Los usurpadores de dentro pretendían apoderarse de las empresas y convertirse en los tipejos más ricos del mundo; los cómplices de fuera sólo querían, a más de quedarse con miles de millones de dólares en cuentas que todavía andan escondidas en trashumancia de banco en banco, humillar y pulverizar el poder ruso, destejer la Unión Soviética, apoderarse de los países surgidos del caos y reducir a Rusia a las condiciones de un Estado de rango menor.
El 14 de septiembre de 1991, Vladimir Shcherbakov, el último vice primer ministro de la Unión Soviética, formó con otros dos socios la Fundación Internacional para la Privatización y la Inversión Privada, FPI, legitimada por la firma de Gorbachov y aprobada por trece jefes de las Repúblicas en vigor entonces. Shcherbakov tenía excelentes relaciones con los “jóvenes reformistas”, entre ellos Gaidar y Chudais, y con su líder Boris Yeltsin, y naturalmente con los organismos internacionales como el Fondo Monetario y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial. Shcherbakov organizó a través de la FPI las relaciones con Alemania para apoderarse de los depósitos de armas que el Estado soviético tenía en Alemania Oriental y ahí está el origen de un comercio ilegal de armas por valor de 4 mil millones de dólares. A principios de 1992 se puso en práctica el proyecto del “Forum de los Banqueros” dirigido por Gerald Corrigan, quien bajo la dirección de Georges H. Bush envió a Moscú a un grupo de expertos de la Reserva Federal, de los bancos comerciales y del Cuerpo de Voluntarios con la misión de enseñar a los rusos del Banco Central el juego de los bonos. Los increíbles réditos (290% en papel a tres meses) sobre instrumentos GKO del mercado ruso fueron pagados con moneda de los contribuyentes norteamericanos a través de préstamos del Fondo Monetario Internacional. En julio de 1994 concluyó el banquete de las grandes privatizaciones. Cientos de miles de millones de dólares huyeron del país. Según el Departamento del Ministerio del Interior ruso contra el Crimen Organizado, los empleados occidentales de los bancos rusos, los banqueros occidentales y sus consultores, los banqueros rusos y otros participantes que incluyen a empleados del Tesoro de los Estados Unidos, de agencias multilaterales (especialmente las oficinas del Banco Mundial en Moscú), de las agencias de ayuda bilateral y los consultores políticos actuaron a través de cuentas establecidas con el nombre de soltera de sus esposas.
Clinton, el divertido compinche de Yeltsin a cuyo funeral acudió con cara compungida, trabajó agresivamente para lograr el apoyo del sector financiero y recibió amplia recompensa por ello. Clinton ha sido acusado de meter las manos en el saco, lo mismo que se hizo durante las Administraciones de Reagan y de Bush, Sr., pero el cínico aficionado saxofonista tuvo la ocurrencia de intentar justificarse alegando que al fin y al cabo alguien tenía que pararle los pies a los comunistas (que obviamente ya no estaban en el poder).
Con Yeltsin empezó la desenfrenada carrera de los jerarcas del régimen para apoderarse de las empresas estatales. Los directores evadieron los beneficios, congelaron los salarios provocando el hambre a los empleados quienes se vieron obligados a vender las acciones que les habían correspondido por decreto de privatización. Las acciones en sus manos no valieron nada, pero en manos de los jerarcas representaban el verdadero valor de las empresas. Así es como se hicieron figurar entre los más ricos del mundo unos cuantos desaprensivos, la mayoría de los cuales están huidos en el extranjero- reclamando democracia verdadera en la Rusia que han saqueado- , mientras otros, los menos, están en la cárcel. Los más listos están ahora en el gobierno. Putin, que pactó con Yeltsin la impunidad de éste a cambio de ser su sucesor, ha logrado ser más listo que los demás y lentamente ha conseguido reconstruir el poder industrial y energético de Rusia, al mismo tiempo que un aparato militar extraordinariamente competente. La caída del “imperio soviético” no trajo la paz al mundo sino que inició una época de gran inestabilidad, un terremoto geopolítico, un abrirse las puertas del infierno para muchos países que están sufriendo las consecuencias de aquel brusco y programado cambio de escenario.

©Eliseo Bayo, del libro "Crónicas finales"

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Eliseo Bayo

Artículos del libro: ©"Crónicas finales". Otra visión de la política internacional.
Poemas del libro ©"...y el cielo es nuestra casa".
Poemas del libro ©"Dios Toro poderoso"
Artículos del libro: ©"Estrictamente prohibido" Reportajes censurados y otros retratos de la España negra.

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