La Secretaría General de las Naciones Unidas pasa del negro al amarillo. Es el signo de los tiempos. Ban Ki Moon es un político fiel a Washington que conoce los pasillos del poder, y llega con un programa de paz
Ban Ki Moon, el nuevo Secretario General de las Naciones Unidas, es el modelo de vida política absolutamente correcta, si por tal entendemos su abierta sumisión al conglomerado de intereses que dominan el aparato de las Naciones Unidas. Es el funcionario fiel que jamás ha cometido un desliz, al menos en su vida pública, si no ha contado con el beneplácito de sus superiores. Su elección para suceder al polémico y demasiado dependiente Kofi Annan vuelve a poner las riendas de la Asamblea en las manos de un leal funcionario bien visto por las primeras potencias, y en especial por la actual administración de los Estados Unidos, pero con pragmatismo para sortear los vericuetos de la situación internacional.
Kofi Annan cayó víctima de sus propios fantasmas y fue castigado tan pronto como su conciencia le llamó a disentir, siquiera levemente, del gran amo. Kofi era un producto de la propia Organización, un burócrata desclasado que logró codearse con la alta sociedad gracias a su esposa Wallemberg. Era un africano sin África. No representaba a nadie más que a su propia ambición. Lo borraron de un plumazo.
Ban Ki- Moon respaldó, secundando a Kofin Anan, la candidatura de la rutilante alta ejecutiva y ex miembro de la Iglesia de la Unificación del Reverendo Moon, Josette Sheeran Shiner, como jefe del WFP (World Food Program), de cuyas ayudas se ha beneficiado abundantemente Corea del Norte. Como ya dijimos, la Sheeran Shiner es la representante no encubierta de los intereses de los grandes productores de excedentes agrarios norteamericanos. El propio Ban Ki- Moon está relacionado con la iglesia del Reverendo Moon, quien declaró en numerosas ocasiones que las Naciones Unidas son el mejor instrumento para realizar los “grandes objetivos de la Iglesia de la Unificación”. El número de altos funcionarios que pertenecen a la secta de origen coreano- especialmente protegida por el gobierno de Corea del Norte- sin duda puede garantizar que la Iglesia de la Unificación-, como expresión religiosa del mundialismo de las grandes corporaciones-, ha logrado penetrar profundamente en la Organización.
Ban Ki Moon es un político de perfecta vocación burocrática. Pertenece a la clase dirigente de su país, Corea del Sur, y en cierta manera representa las ambiciones de los lobbys económicos en Asia no siempre alineados con Washington. La Secretaría General de las Naciones Unidas pasa del negro al amarillo. Es el signo de los tiempos. Ahora se trata de dominar Asia.
Ban empezó a relacionarse estrechamente con las Naciones Unidas tan pronto como acabó sus estudios en 1970. En 1975 fue miembro del staff de las Naciones Unidas en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Seúl. Cursó estudios en Harvard. Empezó su carrera diplomática en New Delhi. Fue embajador de su país en los Estados Unidos, director general de asuntos americanos en el Ministerio de Asuntos Exteriores de 1990 a 1992. Tres años después fue nombrado viceministro de planificación y consejero nacional de seguridad para la presidencia surcoreana en 1996. Tomó parte en las negociaciones del Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares, como embajador de su país en Viena en 1999.
Es obviamente un gran conocedor de los entresijos de Asia y participa del sentido pragmático que caracteriza a la clase dirigente política de Corea del Sur, empeñada en lograr puentes que permitan en un futuro imposible de determinar la reunificación de la península.
Ban Ki Moon es un político fiel al aparato neoconservador de Washington y conoce a la perfección los pasillos del poder.
Quizás lo que necesita la Organización de las Naciones Unidas es algo más que un profesional políticamente correcto inclinado a no entorpecer los designios de los grandes poderes que la controlan: alguien que tenga la audacia y el coraje político de encarar de manera no retórica los grandes problemas que hacen de este Globo un planeta convulso por la rivalidad entre los distintos y enfrentados imperialismos. Kofi Annan fue demasiado sumiso. Ban será de rostro más hermético, siguiendo el guión que marcará las prioridades en Asia.
Sus tres primeros deseos expresos revelan claramente no sólo sus prelaciones sino el contenido ideológico de su mandato, muy en consonancia con los conservadores, y sus predilecciones personales. Pudo haber aludido a otras cuestiones, pero anunció que su primer objetivo será restablecer la reputación de la organización, impulsar la paz en el Oriente Medio e intervenir en Darfur. La parte más claramente política de su intervención fue calificar de “inaceptables” el llamamiento de Irán para la destrucción de Israel, el desprecio del Holocausto y la preocupación que para la región significa el programa nuclear de Irán. Dijo que se comprometería directamente en los esfuerzos para llevar la paz a Darfur, territorio de Sudan. Anunció que su primer viaje oficial será a finales de enero para reunirse con la Unión Africana.
Las fuerzas de las Naciones Unidos en Darfur, encargadas de lograr la paz, no sólo han sido incapaces de hacerlo en los cuatro años que llevan allí, sino que han asistido a la muerte de más de doscientas mil personas y al desplazamiento de muchas más.
Si se trata de algo más que palabras, el propósito de restaurar la confianza en las Naciones Unidas será muy difícil de lograr. Sobre las Naciones Unidas existen más que sombras de sospechas. Han habido casos de corrupción que afectan a decenas de funcionarios, empezando por los familiares del secretario general saliente, Kofi Annan; casos de violación de los derechos humanos y hasta casos de violación de mujeres en algunos países a donde han sido enviadas fuerzas de la Organización. Aún siendo graves, estos casos sirven para encubrir los verdaderos pecados ocultos de la Organización.
Los 192 miembros de la Asamblea aplaudieron protocolariamente al secretario general saliente en reconocimiento de sus “ardorosas iniciativas” para “reducir la pobreza, promover la paz, proteger el medio ambiente e impulsar el proceso de reformas de la propia Organización de Naciones Unidas". Todo un ejercicio de hipocresía bien pagada.
El protocolo del juramento exige del Secretario General actuar en favor de los intereses únicos de las Naciones Unidas y rechazar y no aceptar instrucciones de ningún gobierno o autoridad. Loables propósitos, jamás cumplidos.
Diplomático de carrera- ex ministro de asuntos exteriores de Corea del Sur- Ban es el primer asiático en treinta y cinco años que consigue ocupar la Secretaría General. Corea del Sur es miembro reciente de las Naciones Unidas- 1991-, mantiene el conflicto con Corea del Norte, la otra parte del territorio, y está todavía militarmente ocupada por el ejército de los Estados Unidos (por acuerdo entre gobiernos).
Ban logró desbancar a otros seis candidatos, lo que quiere decir en primer que sus contactos con los poderes fácticos son más determinantes que los de sus rivales (quizás más independientes y probablemente más honestos). Ban maneja muy bien las relaciones públicas. Entre sus primeras declaraciones está la de inclinarse a favor de que una mujer sea la vicesecretaria general. La Organización de las Naciones Unidas tiene un presupuesto anual de 5 mil millones de dólares y supervisa una fuerza internacional de 92.000 soldados dependiente de ella.
Dijo que la paz en Oriente Medio es una prioridad para él y se propone vigorizar un plan de paz israelí/palestino auspiciado por el llamado Cuarteto del Oriente Medio- las Naciones Unidas, la Unión Europea, Rusia y los Estados Unidos. Mostró su preocupación por el deterioro de la situación en Líbano y en Irak, así como en por la extensión de los conflictos en África.
Desde su nuevo cargo Ban reforzará los intentos de persuadir a Corea del Norte para que ponga fin a su proyecto de armamento nuclear, de acuerdo con el programa surgido en las conversaciones celebradas en Pekín, el 18 de diciembre.
Ban se distanció del discurso de Kofi Annan en su despedida, en el que criticó el liderazgo mundial de la Administración Bush, argumentando que América no debería sacrificar sus ideales democráticos emprendiendo guerras, sino que debería empezar a trabajar con otros países. El lema de su mandato es “Restablecer la Confianza”: confianza en la organización y entre los Estados miembros y la Secretaría.
En una de las primeras declaraciones como Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki Moon estimuló a los gobiernos de los Estados Unidos y de Japón para que normalizaran las relaciones con la República Democrática Popular de Corea del Norte, en un esfuerzo para resolver el tema de las armas nucleares en la península de Corea. Apreció las posiciones del gobierno chino en el mismo sentido. Ban ha dado pruebas de un pragmatismo absoluto al señalar que la comunidad internacional deberá ayudar a Corea del Norte a abandonar su programa armamentístico nuclear. En efecto la carrera armamentística es el resultado de la desconfianza entre las naciones, y ésta procede de los actos hostiles de las potencias más fuertes. La comunidad internacional debe basar sus esfuerzos en el respeto a los sistemas sociales diferentes y propiciar la justicia en el trato justo internacional. El nuevo secretario general de la ONU nombrará a un adjunto para seguir de cerca la evolución de los acontecimientos en la península de Corea. Al menos ya no suenan los tambores de la guerra ( o están ensayando en el sótano)
©Eliseo Bayo , del libro "Crónicas finales"
Foto: Sohsia Akoy