EL SUCESOR POLÍTICAMENTE CORRECTO DE KOFI ANNAN

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El pasado 14 de diciembre el surcoreano Ban Ki-Moon prestó juramento como nuevo secretario general de las Naciones Unidas, en presencia del presidente de la Asamblea Sheikha Haya Rashed Al- Califa.
Ban Ki-Moon herederá una organización cargada de problemas y de sospechas (muchas de ellas probadas) de corrupción y de connivencia con regímenes corruptos protegidos por los Estados Unidos.
Kofi Annan ha sido un sumiso servidor de las grandes corporaciones y de la política anglo/americana/israelí. En la última Asamblea general realizada antes de dejar su cargo fue abiertamente rechazado por la mayoría de los países. Fue afrentosa despedida. El diario africano Fraternité Matin dijo de Annan que es el “africano que intenta complacer a sus amos blancos”. Su ambigüedad le hizo ser repudiado por unos y por otros. Acabó siendo mal visto por la administración de Bush por no apoyar la guerra de Irak, y se ganó la hostilidad del mundo árabe por no haberse opuesto a ella. De no haber acabado su mandato, probablemente habría sido arrojado de su puesto por la presión de numerosos países hartos de la corrupción de los dirigentes de las Naciones Unidas.
Annan entró en la ONU en 1962, y durante los 34 años siguientes se dedicó a escalar pacientemente los peldaños de la burocracia acomodaticia hasta llegar a situarse como subsecretario general para las operaciones de pacificación. Se distinguió por su amabilidad y cortesía con los embajadores y se mostró siempre solícito para colaborar en la solución de cualquier problema menor o mayor que se le planteara. “Era obvio que estaba cuidando su carrera, construyéndola con pequeños detalles”. Un paso más y empezó a frecuentar las fiestas sociales, en las que “lucía bien” relacionándose con los altos funcionarios y con lo alta sociedad de Nueva York.
Sin embargo todas estas cualidades sociales no eran suficientes para catapultarle hacia más altas responsabilidades, ni tampoco él podía hacer mucho más, hasta que las circunstancias se pusieron de su lado. En 1966 Washington decidió impedir la reelección del entonces secretario general Boutros Boutros- Ghali, un enérgico intelectual egipcio poco complaciente con los Estados Unidos. Buscando el perfil de un candidato manejable, el embajador norteamericano en las Naciones Unidas, Richard Holbrooke, lo encontró en Kofi Annan. Halló exactamente lo que buscaba: un africano sumiso para sustituir a un africano arrogante, con el añadido de que África mantendría el puesto del Secretario General durante los dos mandatos que según costumbre se permite detentar por rotación a cada grupo geográfico.
Hasta ese momento Kofi Annan había pasado prácticamente inadvertido y carecía de relaciones en África. Como dicen los conocedores de los entresijos, “no tenía amigos en África, pero tampoco tenía enemigos, y por el hecho de ser amigo de Washington no los necesitaba en África”. El razonamiento es simple, casi de párvulos. Pero así es como se razona en las grandes Organizaciones que mueven, es un decir, el mundo. Los representantes de los países africanos que buscaban un sustituto de gran altura política para Boutros se enredaron en discusiones sobre sus diversos candidatos y no se pusieron de acuerdo sobre ninguno. Cosa que también es habitual en los parvularios. Washington jugó fuertemente su carta: o los africanos aceptaban a Kofi o se quedarían sin representante africano. De este modo llegó Kofi Annan a la Secretaría de las Naciones Unidas en enero de 1997.


Normalmente la gente piensa que el Secretario General de las Naciones Unidas tiene un poder acorde con su rimbombante cargo y que se pasa el día pegado a los teléfonos, resolviendo grandes problemas internacionales propios de un mundo convulso. No es así. Tuve la oportunidad de pasear algunas tardes por las oficinas de la ONU en una época en que todavía me dejaba impresionar por los aparatos políticos, y para mí fue una decepción comprobar que aquella caterva de funcionarios no se diferenciaba un ápice de los que administran, por ejemplo, una cooperativa de piensos compuestos.
Por la propia definición de su cargo el Secretario General es simplemente un burócrata que ha hecho su carrera en la organización y en realidad no es otra cosa que “jefe de la oficina administrativa de la Organización”. Carece de autoridad política, ya que las decisiones se aprueban o se rechazan en el Consejo de Seguridad una vez que han sido aprobadas por la Asamblea General, la cual a su vez está dividida en multitud de bloques cuyos representantes suelen fingirse muy preocupados por la salud del mundo. El cargo de Secretario General exige poseer grandes dotes de capacidad para contemporizar, componer, armonizar y lograr sobre todo que no se rompa la organización que, aun sirviendo para poco, es una referencia a conservar (aunque sólo sea por la Carta de las Naciones Unidas cuyos principios expresan los mejores deseos de paz, armonía y colaboración entre las naciones, y exigen el cumplimiento de los derechos humanos fundamentales). El aparato burocrático de Organización está formado por un ejército de funcionarios, encargados de sección, jefes de departamento, asesores, traductores, administrativos, secretarias, medios de comunicación, representantes internacionales que administran y controlan la inmensa red formada por todas las Organizaciones Internacionales que dependen de la Organización y que, todo en conjunto, moviliza decenas de miles de millones de dólares. Luego se verá de dónde sale y quién se lucra principalmente de ese dinero.
Kofi Annan explotó al máximo su encanto personal y su falta de compromiso en las cuestiones serias para convertirse en el funcionario perfecto, el ejemplo de lo políticamente correcto. Ni una palabra mala, ni una obra buena. Algunos dijeron que tuvo la virtud de elevar la categoría del Secretario General de las Naciones Unidas a una versión laica del Papa de Roma (con quien por cierto Kofi Annan se entendió a las mil maravillas) y cuyos discursos eran equivalentes en la ambigüedad indiscutible de las grandes proposiciones: deseos de paz universal (sin señalar quién la impide, ni quién provoca las guerras), justicia para los pobres (sin denunciar a los poderosos ni a las corporaciones que fomentan la pobreza), defensa de la “madre tierra” (amparando la inmensa falacia de la “sostenibilidad” que hace insostenible la vida en continentes enteros).
A diferencia del Papa, obligado al celibato, el Secretario General Kofi Annan vio a su elegante y aristocrática esposa convertida por la prensa de Washington y de Nueva York en la “primera dama del Mundo”.
Kofi Annan está casado con una sobrina de Raoul Wallenberg, diplomático sueco que llegó a Budapest en el verano de 1944 a petición de los Estados Unidos y logró salvar la vida de miles judíos que estaban siendo enviados a Auschwitz. Los Wallenberg forman una de las familias judío/suecas más poderosas con ramificaciones en varios países.
Las magníficas relaciones judías de Kofi Annan, aportadas por su mujer, le atrajeron en seguida las simpatías de los poderosos lobbys judíos de Nueva York- financieros, políticos, intelectuales y artistas- que dominan la ciudad y que miraban con recelo a las Naciones Unidas desde que en una resolución de la Asamblea se declaró que el sionismo era comparable al racismo. Aunque se echó tierra sobre el asunto y hubo otras declaraciones matizando la expresión de la primera, quedó constancia de aquel “inmenso lapsus” colectivo.
En la primavera de 2001 Kofi Annan había acumulado tanto éxito personal (en un mundo cada vez más convulso en el que la primacía de los asuntos se había trasladado a Asia) que fue reelegido unánimemente para un segundo mandato, a partir de enero de 2002, a pesar de que África había dejado de ser “interesante”, y el mundo necesitaba imperiosamente un líder con autoridad moral y coraje político. Ese año, merced a las intrigas que suelen mover este tipo de asuntos, mereció el premio Nobel de la Paz por no se sabe qué acción decisiva para la Humanidad. En realidad significaba que la burocracia internacional se homenajeaba a sí misma por haber construido un mundo lujoso, movido por la especulación financiera, en el que los pobres habían pasado de moda y no podían aspirar a la justicia sino al reparto de unas dádivas cuya parte sustanciosa se perdería en los complicados vericuetos del innumerable desfile de organizaciones que colaboran con la gran Organización.
En el inicio del segundo mandato, Kofi Annan llegó a creerse el personaje en que se había convertido, confesó públicamente que había sido llamado para una gran misión y que tenía la “obligación sagrada” de promover la paz. Pero ocurrió que tras el 11 de septiembre el amo americano decidió que la mejor manera de conseguir la paz era declarando una “guerra sin fin” que empezaría con la invasión de Afganistán, continuaría con la horrible, sangrienta, absolutamente injustificable, ilegal y maldita guerra de Irak, y se perpetuaría con una serie de guerras en Oriente Medio que pulverizaría regiones enteras antes de extenderse al Caspio y de ahí…a la Luna. Kofi Annan se vio cogido en su propia trampa. Ya no había lugar para la ambigüedad. Se había declarado “príncipe de la paz”, el mundo estaba en guerra y se esperaba de él algo que no fuera retórica, ni sonrisas complacientes para las reuniones sociales. La Administración Bush había decidido la guerra y exigía que las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad autorizaran la acción militar con el pretexto de que el régimen de Saddam Hussein representaba una amenaza intolerable para la Humanidad a causa de las “armas de destrucción masiva” que el Dictador estaba dispuesto a utilizar. Luego se supo que todo aquello fue un inmenso engaño, una patraña que debería costarle la carrera política a todo el gobierno de los Estados Unidos, empezando por su Presidente. Para sorpresa de todos, el discreto, el complaciente, Kofi Annan – como el famoso general De la Rovere interpretado por Vittorio de Sica-, se enfrentó a la política de Washington, hizo un llamamiento a las negociaciones y declaró que la “única legitimidad” para declarar la guerra dependía del Consejo de Seguridad y no de un solo Estado. Aquello irritó profundamente a Washington, pero no gustó a los países que vieron en Kofi Annan una repetición de sus viejas artimañas. El Secretario General demostró ser en efecto una figura decorativa.
En marzo de 2003 los Estados Unidos decidieron ir a la guerra contra Irak sin contar con el respaldo del Consejo de Seguridad. Kofi permaneció mudo, aterrorizado y se dice que con problemas sicóticos que le acompañaron durante semanas. El 22 de mayo de 2003 el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 1483 para que las Naciones Unidas regresaran a Bagdad con la tarea de ofrecer ayuda humanitaria y apoyo a las fuerzas de la coalición.
Annan encargó dirigir la misión no a un alto ejecutivo sino a un comité con sede en Nueva York formada por unos 20 miembros. El 19 de agosto un coche bomba estalló ante el cuartel general de las Naciones Unidas en Bagdad, matando a 22 directivos e hiriendo a otros 140. Las Naciones Unidas salieron de Bagdad en medio del descrédito del propio Annan. Una comisión formada para investigar los hechos lo declaró inocente meses después, pero ya se había producido la irreparable fractura entre Annan y la Organización, cuyos funcionarios le dieron la espalda y empezaron a acusarle de haber traicionado a los suyos. Diversas fuentes confirman que se convirtió en el hombre “más odiado de las Naciones Unidas”.
De pronto, aunque era un secreto a voces largamente admitido, se destapó el escándalo en el que estaba implicado el hijo de Kofi Annan. Kojo Annan había recibido más de 750.000 dólares de diversas compañías de petróleo que fueron investigadas por actividades ilícitas en el programa petróleo por alimentos de las Naciones Unidas. Kojo abrió una cuenta a su segundo nombre menos conocido, Adeyemo, en una sucursal suiza del Coutts Bank. Una de las grandes compañías investigadas y acusadas de contrabando de petróleo era la holandesa Trafigura Beheer, montada por personajes que habían colaborado con el fugitivo multimillonario- y amigo de los Clinton- Marc Rich. Trafigura ingresó 247.000 dólares en la misma cuenta de Kojo Annan. El Coutts Bank pertenece al Royal Bank de Escocia quienes con el BNP Paribas y el ING concedieron 300 millones de dólares a Trafigura en una operación que está siendo investigada.

George W. Bush. Kofi Annan, Josh Bolten, Condoleezza y Mark Malloch Brown,Foto de Eric Draper

El 5 de enero de 2005 el Nuevo jefe gabinete, Mark Malloch Brown, echó a patadas a los funcionarios que habían servido fielmente a Annan durante años. Mallow, refinado inglés educado en Cambridge, había sido padrino de uno de los hijos de Annan y éste lo nombró en 1999 administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Malloch dejó su puesto en el Banco Mundial y como jefe del gabinete de Annan y su segundo, empezó a mangonear a su antojo. Forzó la dimisión de Ruud Lubbers, alto comisionado para los refugiados, que había sido acusado de acoso sexual, y empezó a actuar de Secretario General de hecho dejando que el mortecino Annan se recuperara en el dolce far niente.
Annan se acercaba al final de su carrera con pena y sin gloria, aunque seguía luciendo en actos protocolarios. Se le permitió comunicar el acuerdo para detener la guerra entre Israel y Líbano alcanzado en Nueva York, pero no participó en las negociaciones preliminares y aguantó la humillación de ver cómo un general italiano, Giovanni Ridino, llegaba a Nueva York para supervisar los acuerdos. Sin duda Kofi Annan puede ser calificado como el “enterrador” definitivo de los días de gloria de la Organización. Recuerden aquello de Roma y el salario de los traidores.

©Eliseo Bayo , del libro "Crónicas finales"

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Eliseo Bayo

Artículos del libro: ©"Crónicas finales". Otra visión de la política internacional.
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Artículos del libro: ©"Estrictamente prohibido" Reportajes censurados y otros retratos de la España negra.

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