
La clave de la ejemplar democracia norteamericana radica en la posibilidad constitucional de que los ciudadanos puedan remover a su presidente. No podrá evitarlo Nancy Pelosi.
Doce años han permanecido los Demócratas fuera del poder en los Estados Unidos, desde que lo perdieran en 1994. Con la recuperación de la mayoría en el Congreso y en el Senado, tras la aplastante victoria del 7 de noviembre, algunos congresistas y senadores demócratas que aspiran a presidir Comités, planean poner en marcha las comisiones de investigación para censurar la conducta de la Administración Bush en cuestiones tan importantes que van del fraude en la declaración de la guerra a Irak, la conducción de la misma y la concesión de contratos para la “reconstrucción” del país invadido, a la violación de los derechos constitucionales. La fiscal Elizabeth Holtzman es una de las más decididas a llevar adelante la moción contra el presidente, como una “necesidad moral, política y patriótica”, puesto que el impeachement, según ella, es “una herramienta esencial para preservar la democracia”.
En efecto, la clave de la democracia norteamericana, la más ejemplar de cuantas se pusieron en marcha en la época moderna, radica en la posibilidad constitucional de que los ciudadanos puedan remover a su presidente. Holtzman ha estado en activo durante cuatro legislaturas en el Congreso donde jugó un papel esencial en el impeachment contra el presidente Nixon. En colaboración con Cynthia L. Cooper ha elaborado un informe que lleva por título “El Impeachment de George W. Bush: Guía Práctica para los Ciudadanos Preocupados”.
El impeachment es uno de los dos pasos del proceso que puede conducir a echar de su cargo al Presidente. Primero, la Cámara de Representantes decide si el Presidente ha cometido acciones susceptibles de sufrir el impeachment. Si una mayoría de la Cámara lo aprueba, se envía al Senado los artículos las acusaciones. El Presidente del Tribunal Supremo preside el juicio en el Senado y si dos tercios de los senadores votan a favor del impeachment el Presidente es obligado a dimitir. Los principales cargos previstos por la Constitución contra un Presidente son los de traición, cohecho y otros delitos grandes y menores La Constitución establece tres obligaciones presidenciales básicas. En primer lugar debe cumplir fielmente el Oficio de Presidente de los Estados Unidos; en segundo, debe “preservar, proteger y defender la Constitución”, lo que significa que debe respetar las atribuciones del Congreso y de los Tribunales, así como las libertades fundamentales de los ciudadanos; en tercer lugar, se le exige que se encargue de que las Leyes sean fielmente cumplidas Un presidente no puede ser sometido al impeachment a la ligera, es decir no se aplica simplemente al concepto de “mal gobierno”.
Las graves acusaciones que merecen el impeachment del presidente de los Estados Unidos según criterios de diversas personalidades políticas y de algunos fiscales y jueces de gran prestigio (entre los que se halla James Iredell, juez del Tribunal Supremo que ha participado en los debates de Carolina del Norte sobre la ratificación de la Constitución), son las siguientes: mentir al Congreso y al pueblo para llevar al país a la guerra contra Irak; ordenar un programa para grabar las conversaciones de los ciudadanos y otras medidas de vigilancia; permitir y condonar el uso de la tortura y el trato cruel de los detenidos; demostrar indiferencia imprudente hacia la vida humana durante el huracán Katrina, en el inadecuado equipamiento de los soldados y en la insuficiente planificación de la guerra de Irak; cubrir sus fracasos de la guerra con la comunicación engañosa de información clasificada, y dejar al descubierto a un agente la CIA.
Con la nominación de Nancy Pelosi no cabe esperar el impeachment del presidente, según sus propias palabras. Ha frustrado las expectativas de sus votantes precisamente en San Francisco, donde habían aprobado un referéndum para poner en marcha el impeachment. Pelosi fue más fiel a las grandes empresas que la apoyaron a lo largo de su carrera y han hecho de ella una estrella rutilante de la política. Entre las empresas que han contribuido con sus donativos a la carrera política de Pelosi se hallan IBM, Wells Fargo, la American Bankers Assoc, la American Hospital Assoc, el Credit Suisse, la Financial Services Roundtable, la Mortgage Bankers Assoc, Honeywell Corp, Accenture, Genworth, Lockheed Martin.
En política exterior, Pelosi es pro/israelí (declaradamente sionista); defiende que la clave de la inestabilidad en Oriente Medio no es la ocupación de la Franja Occidental de Gaza por Israel sino que los palestinos no reconocen al Estado de Israel. Sostiene que Irán, con su proyecto nuclear, es una amenaza para Israel y para los Estados Unidos.
Un mes antes de las elecciones Pelosi declaró al Yedioth Internet que “un cambio en la Cámara de Representantes no afectaría a la política de apoyo a Israel”, ya que la tanto los Republicanos como los Demócratas apoyan “desde hace mucho” la “estrecha relación entre Estados Unidos e Israel”.
Según Pelosi el compromiso de América con la integridad y la seguridad del Estado de Israel es sólido, con independencia de qué partido se halla en el poder. “Sin embargo la guerra en Irak ha hecho a Israel y a los Estados Unidos menos seguros”, pero no se refirió a que tal está destruyendo y dividiendo a América, arruinando su economía y matando a miles de soldados norteamericanos. El entusiasmo de Pelosi le llevó a decir que “la creación del Estado de Israel es uno de los milagros del siglo XX”. Pelosi pertenece a las élites financieras. Su marido, Paul Pelosi de origen italiano católico, es un próspero hombre de negocios al que se calcula una fortuna personal de 100 millones de dólares procedente de actividades financieras y del negocio inmobiliario. Es presidente de Financial Leasing Services, en San Francisco, y ha manejado cuentas millonarias de acciones de Microsoft, Amazon.com y ATT. La relación de bienes personales presentada por Nancy Pelosi se extiende a su participación en varias decenas de empresas.
Según las declaraciones recogidas por Al- Jazeerah de diferentes políticos y columnistas, en Oriente Medio no son optimistas sobre la posibilidad de cambios en la política exterior tras las elecciones norteamericanas. La oleada de antiamericanismo se ha extendido por los desastres de la política de la Casa Blanca, e incluso se percibe que la mayoría de los dirigentes demócratas comparten las ideas de Pelosi (por no mencionar a los Clinton). Algunos comentaristas árabes llegan a decir que los demócratas son peores que los Republicanos. “De hecho los Demócratas pueden ser más peligrosos precisamente porque producen la impresión de que son el partido de las ideas de la ilustración”. Esta interpretación no es acorde con los resultados de las elecciones, pues no cabe duda de que el pueblo americano ha expresado claramente sus ideas en contra de la guerra y a favor de las libertades constitucionales.
Ciertamente, la deslumbrante líder de los Demócratas representa la tendencia más conservadora de su partido y se alza como una pieza esencial de la nueva política neoconservadora uno de cuyos objetivos es lograr que las Naciones Unidas, manejadas por la camarilla anglo/norteamericana, pasen a ser el gobierno efectivo del mundo, o mejor dicho su policía. Para entender esta política hay que referirse a la llamada Agenda 21 que se ocupa de cumplir los acuerdos de la Conferencia de la Tierra. En agosto de 1992 Nancy Pelosi introdujo una resolución en el Congreso en el sentido de que los Estados Unidos de América deberían reconducir su política nacional y exterior para adherirse a los acuerdos de la Agenda 21. Un año después volvió a insistir en el llamamiento para que los Estados Unidos asuman un fuerte liderazgo en la misma dirección.
La iniciativa de Nancy Pelosi fue asumida por Clinton, tan pronto como llegó a la Casa Blanca, al firmar la orden ejecutiva estableciendo el Consejo Presidencial para el Desarrollo Sostenible. Los objetivos del Consejo eran “educar a la gente en el concepto del desarrollo sostenible”, algo que se puso inmediatamente de moda y que forma parte ahora del paisaje cultural del ecologismo dogmático, y premiar los esfuerzos en ese sentido. El Consejo puso en marcha la Agenda 21 cuyas recomendaciones, coincidentes con los objetivos trazados en la Conferencia de la Tierra celebrada en Río de Janeiro, empezaron a ser asumidas por la Agencia de Protección Medioambiental. El ecologismo radical, como una forma de controlar el desarrollo de los países del Tercer Mundo y la política industrial del mundo desarrollado, empezó a convertirse en una Biblia doctrinal que encontró numerosos adeptos en todo el mundo, y especialmente en España. Los resultados de esa política han sido visiblemente perniciosos para la economía de los países, han creado una casta burocrática encargada de dictaminar lo que es “sostenible” y lo que no lo es y lejos de resolver los problemas medioambientales con soluciones razonables, han provocado la escasez y la carestía del agua y de las materias primas energéticas. Las políticas de cara a la galería, ejecutadas por políticos profesionales- en las que desde distintos y contrarios enfoques participaron tanto los neoconservadores como los demócratas- han fracasado y la crisis mundial exige soluciones que no pueden salir de camarillas que viven de espalda a los ciudadanos.
La hora de la verdad no podrá pararla Nancy Pelosi, ni ninguno de los burócratas que han hecho de la política una profesión al servicio de los intereses corporativos. No podrán contener la oleada de exigencias de cambios democráticos y de regeneración moral de la Administración norteamericana, manifestada por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Existe la sensación generalizada de que se anuncian grandes cambios tras el canto del cisne.
© Eliseo Bayo, del libro "Crónicas finales"
Imágenes de portada: retrato oficial, e imagen alternativa publicada en bluestarchronicles.com