
¿Qué hay detrás de la iniciativa de Corea del Norte de relanzar su programa de armamento nuclear? ¿Quién está provocando a quién? ¿Ha ido Condoleezza Rice a encontrar soluciones o a echar leña al fuego?
El gobierno norcoreano ha declarado taxativamente a la prestigiosa periodista de la cadena de televisión norteamericana ABC, Diane Sawyer, que la comunidad internacional no debe alentar temor alguno respecto de Corea del Norte. La prueba nuclear, a la que probablemente seguirán otras, forma parte del programa de fortalecimiento del ejército sin ninguna intención agresiva hacia otros países. Por otra parte, Corea del Norte firmó el Tratado de No Proliferación, del que se ausentó por la política provocadora de Washington, y al que estaría dispuesto a volver a condición de que se abandonara la política de injerencias.
Diane Sawyer entrevistó al general Ri Chan Bok, jefe de las fuerzas armadas norcoreanas que vigilan desde su lado la zona desmilitarizada a lo largo del paralelo 38 y le preguntó su opinión sobre la amenaza del presidente Bush, en el sentido de que Corea del Norte debe esperar severas represalias si continúa con su programa nuclear y si facilita armas nucleares a terceros países, “incluidos los que albergan organizaciones terroristas”. El general Ri Chan fue bien explícito. Corea del Norte no ha tenido ni tiene vínculos con organizaciones terroristas, ni alberga intención de facilitar tecnología de armamento nuclear a ningún país. “Podemos garantizar que las armas nucleares que poseemos son para defender a Corea del Norte y no para ganar dinero o enviarlas a terceras partes”, dijo.
Corea del Norte dispone de armamento nuclear y de la capacidad para colocarlo en la cabeza de misiles de corto y mediano alcance. El gobierno comunista no tiene interés alguno en utilizarlo y estaría dispuesto a abandonar su programa nuclear tan pronto como tuviera garantías ciertas de que nadie, ni vecino ni enemigo lejano, pueda interferir en sus asuntos.
El general añadió que las declaraciones del Presidente Bush no ayudan a mantener la paz en el mundo, sino que más bien son una provocación que puede conducir a la guerra. “Lo primero que tiene que hacer el Presidente de los Estados Unidos es dejar de insultar al pueblo coreano, al que ha colocado (arbitrariamente) en un (supuesto) Eje del Mal.
Si a cada acción corresponde una reacción- en todo proceso vivo, incluidas las relaciones personales-, no será de esperar que ocurra de manera distinta en las relaciones internacionales. El verdadero rostro de la Globalización no es tan amable como se dijo en el inicio de la propuesta, cuando se esperaba que el objetivo a alcanzar era el acuerdo entre las naciones para un mejor reparto de la riqueza, a través de un comercio justo y de unas relaciones amistosas de coexistencia entre regímenes distintos.
Lo que ha conseguido la Globalización es extender la guerra, hacerla permanente, predicar el choque de civilizaciones, crear más incertidumbre y más problemas nuevos, sin resolver los viejos.
La Globalización como objetivo pacífico ha terminado siendo un proyecto político del que se apoderó el equipo dominante en la política de Washington, los neoconservadores que incluso han vuelto la daga sobre su propio país parar romper el principio de las libertades básicas y de los derechos fundamentales en su propio país.
Es el rostro del Imperialismo tal como lo predica sin disimulo el vicepresidente Cheney. Unilateralmente, tras declarar la guerra e invadir Afganistán e Irak, definió el “Eje del Mal”, entre los que se señaló a Corea del Norte y a Irán. Nos hemos ocupado de Irán. ¿Qué amenaza para la paz mundial supone Corea del Norte?
Hasta el momento lo único que ha ocurrido es que la península de Corea, objeto de codicia histórica por parte de sus vecinos más poderosos, Japón y China, por su posición geoestratégica, ha sido invadida numerosas veces. La última, por parte de una ambiciosa potencia tan lejana geográficamente como los Estados Unidos. Debe recordarse que la invasión de Corea por el ejército norteamericano produjo incontables víctimas en la población de aquél país y tan formidable ejército no logró sus ambiciones, sino un acuerdo para dividir la península en dos por el eje del paralelo 38.
Desde entonces Corea del Sur se desarrolló industrial y económicamente a la sombra de los Estados Unidos y ha llegado a ser una potencia mundial, con un sistema de gobierno de modelo occidental cuya lógica le lleva a alejarse de la tutela del coloso norteamericano.
Corea del Norte estableció un régimen comunista cuyos dirigentes, muy entrenados en el arte de la política, llegaron al extremo de alentar instrumentos como la secta Moon que logró penetrar en las clases dirigentes de Norteamérica- el ex presidente Bush es asiduo conferenciantes de la secta- y de Europa; también en España.
Corea del Norte mantuvo un ejército numeroso en pie de guerra, bien entrenado, bien equipado y dispuesto a defender el suelo patrio. Nunca tuvo ambiciones de salir de sus fronteras. El régimen de Corea del Norte avanzó en la mejora de las relaciones con el gobierno de Corea del Sur y llegaron a establecerse acuerdos importantes de colaboración hacia el futuro, que prometían contemplar la reunificación.
La irrupción de la política neoconservadora destrozó todos los planes de pacificación mundial en marcha. En ese contexto ha de verse la prueba nuclear norcoreana.

La cronología de la acción/reacción explica suficientemente la decisión de Corea del Norte de reactivar su programa de armamento nuclear. En su discurso a la Nación de enero de 2002 el presidente de los Estados Unidos, que ya había decidido invadir Irak, bajo el falso pretexto de que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva y era una amenaza para la seguridad mundial, definió el “Eje del Mal”, en el que colocó a Corea del Norte, a pesar de que hasta entonces había existido una línea de diálogo entre ambos países. En octubre de ese mismo año Washington exigió que Corea del Norte interrumpiera su programa de enriquecimiento de uranio como condición inexcusable para reemprender en el futuro un diálogo entre ambos gobiernos.

Sin embargo Corea del Norte estaba autorizada legalmente a hacerlo puesto que había firmado el TNP para obtener combustible a fin de alimentar dos pequeñas plantas nucleares situadas en el centro de investigación nuclear de Yongbyon. Desde 1994 obtenía combustible de los Estados Unidos cuyo gobierno interrumpió unilateralmente el suministro en 2002. En enero de 2003 Corea del Norte reactivó los reactores en Yongbyon, se retiró del Tratado de No Proliferación (TNP) y empezó a extraer uranio de residuos radioactivos. En agosto de 2003 Washington inició las conversaciones con “los seis”, con la idea de que Rusia y Corea del Sur se alinearan contra Corea del Norte, pero a lo largo de los dos años siguientes no sólo no lo consiguió sino que Pekín y Moscú urgieron a Washington a tener una política más prudente. Sin embargo Washington no sólo no lo hizo sino que montó una provocación para lograr el embargo bancario de depósitos norcoreanos y dio instrucciones para que la comunidad internacional interrumpiera sus relaciones comerciales con Corea del Norte. Los países alineados con los Estados Unidos, especialmente Australia, organizaron campañas para demostrar que Corea del Norte representaba un peligro para la comunidad internacional. Los australianos se pasaron de la raya acusando al régimen comunista de traficar con heroína, cargo que nunca pudieron probar y que incluso fue tajantemente desmentido por los tribunales.
En febrero de 2005, a medida que sonaban los tambores de guerra por todas partes, el Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos tomó la decisión de emprender acciones para desestabilizar a Corea del Norte. Sin embargo, en septiembre de ese mismo año Washington firmó el llamado “Acuerdo de los Seis” (China, Japón, Rusia, Corea del Norte, Corea del Sur y los Estados Unidos), por el que se normalizaban las relaciones con Corea del Norte, inexistentes o mejor dicho “en estado de guerra” desde 1950 (a pesar de que se acordó el cese de las hostilidades en 1953). A cambio, Corea del Norte se comprometía a abandonar su programa de armamento nuclear y volver al Tratado de No Proliferación. Obviamente es muy difícil seguir las sinuosidades de la política exterior norteamericana y se debe esperar a tener una cierta perspectiva para entender los motivos de sus pasos.
En noviembre de 2005 el acuerdo entre “los seis” acabó en papel mojado. Pero es de señalar que Seúl había exigido a Washington evidencia de las acusaciones contra Corea del Norte, demanda que no se satisfizo formalmente- puesto que el fondo era una patraña- hasta enero de 2006. La respuesta norteamericana no satisfizo ni a los surcoreanos ni a la Asociación Europea de Negocios que en abril de este año exigieron poner fin a las sanciones económicas contra Corea del Norte, “mientras los Estados Unidos no demostraran fehacientemente sus acusaciones”. Washington continuó con su política de provocación y en junio de este año organizó ejercicios militares de gran envergadura en el Pacífico occidental, movilizando fuerzas norteamericanas en tan gran cantidad como no lo había hecho desde la terminación de la guerra de Vietnam.
Como reacción lógica Corea del Norte respondió con la prueba de un lanzamiento múltiple de misiles el 5 de julio, que inmediatamente fue condenado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. También China y Rusia, aliados de Corea del Norte, criticaron la acción norcoreana. El gobierno japonés de derechas dijo que se reservaba el derecho de lanzar golpes preventivos contra Corea del Norte. El líder de esta posición extremista se convirtió el 26 de septiembre en primer ministro.
El régimen de Pyongyang declaró que las pruebas nucleares no tenían significado agresivo alguno y dejó entender que estaba forzando a Washington a reemprender el diálogo roto con “los seis”.
Probablemente lo que menos interesa a Washington es volver a las conversaciones que le obligarían a mantener una posición más sensata en la zona. Washington necesita legitimar su presencia en el Extremo Oriente y en el fondo le conviene que Corea del Norte siga en solitario su política de aislamiento. Pero veremos que no está tan sola como parece.
©Eliseo Bayo , del libro "Crónicas finales"