
En octubre de 2002 el ministro libio al Turaiki dijo que los Estados Unidos planeaban la partición de Irak, Siria, Egipto, Arabia Saudí y otros estados árabes del Norte de África. Poco después Gadhafi eligió la prudencia y se reconcilió con su viejo enemigo.
Hacía mucho tiempo que no se sabía nada del coronel Muammar el Gadhafi (ni tampoco se sabe mucho más sobre qué se hizo del caballo que generosamente le regaló a José María Aznar, cuando el entonces presidente del gobierno español fue a visitarle con alguna embajada que, a juzgar por lo que ocurrió después, debió ser fructífera: el “neocon” madrileño no da puntada sin hilo).
De pronto, el líder de la revolución verde- y el sostenedor del incipiente socialismo español “ávidus dólaris” durante la transición-, ha hecho algunas reflexiones públicas sobre la situación en que se encuentra el país sobre el que ejerce su peculiar dictadura desde el golpe de Estado que le llevó al poder en 1969.
Habría que ir a las hemerotecas para recordar gráficamente que Gadhafi fue el líder más aborrecido por las potencias occidentales, un Osama ben Laden “avant la lettre” (y tan fantasmal como éste, tan idéntico producto de laboratorio, los dos tan enraizados en las componendas de las agendas del poder). No cabe duda de que Gadhafi fue el gran conspirador en cuyo cerebro se alojaban huéspedes que manejaban las redes que tejieron el siglo XX con los hilos que sobraron de la centuria anterior: la oligarquía negra italiana protofascista, los círculos de Londres que manejaban el mapa de Oriente Medio, los petroleros encabezados por el gran Armand Hammer, el amigo circunstancial de Lenin, y todos los que andaban muy ocupados en el diseño del Nuevo Orden Mundial.
Gadhafi, antes de caer en desuso, expresó un ideario revolucionario- contenido en su manifiesto “El Libro Verde”- que llegó a inflamar a las masas árabes y africanas y a la juventud occidental de hace más de treinta años. Era un profundo enemigo de la democracia burguesa (había sido entrenado para ello) con argumentos tan encendidos como éste: “La totalidad de los regímenes políticos son el resultado de la lucha que libran los distintos sistemas de gobierno para alcanzar el poder; ya sea esta lucha pacífica o armada, como la lucha de clases, de sectas, de tribus, de partidos o de individuos, se liquida siempre por el éxito de uno de esos sistemas y por la derrota del pueblo, y en consecuencia la derrota de la verdadera democracia. La lucha política que lleva a la victoria de un candidato con el 51 por 100 del conjunto de los votos de los electores, conduce a un sistema dictatorial, pero bajo un disfraz democrático. En efecto, 29 por 100 de los electores están gobernados por un sistema de gobierno que ellos no han elegido y que, por el contrario, les ha sido impuesto”.
El pasado 1 de septiembre, con motivo de la inauguración del nuevo curso político, como se dice en Occidente, el coronel Muammar Gadhafi se dirigió a sus paisanos para lamentarse del estado en que se encuentra la nación. La autocrítica del coronel no fue muy profunda, pero es suficiente para definir qué clase de desierto social, no sólo físico, acoge a los cinco millones de habitantes que hacen lo que pueden bajo las estrellas. “No producimos nada. Sólo vendemos una cosa, petróleo, y debemos importar todo lo que consumimos”. Dijo lo peor que se puede decir de una situación semejante: somos una “sociedad de consumo”, lo que no deja de ser chocante (escandaloso desde el punto de vista occidental) visto el caudal de mercancías a disposición los libios.
En cualquier caso el coronel admite que es una catástrofe haber llegado a donde están (no menciona qué parte de responsabilidad recae sobre él), y se unió al coro de los que proclaman la inminencia del fin de la era del petróleo. Para no amargarles totalmente el día a sus súbditos, les animó a cambiar la situación, a emprender un plan de choque y a decirles que si se lleva a cabo, “Libia podría ser una potencia como Japón”. Tal cual.
La población de Libia ha sufrido durante años las consecuencias de las sanciones económicas impuestas internacionalmente en castigo por las aventuras políticas del dictador, especialmente como represalia por los atentados terroristas contra dos aviones que fueron derribados y en los que murieron varios centenares de personas. Tras el bombardeo de Trípoli y Bengasi, ordenado por Reagan en 1986, y con nuevos amenazas de represalias,m Gadhafi empezó a rectificar su política internacional.
El canto del gallo del coronel fue en octubre de 2002, cuando el ministro de la Unión Africana de Libia, Abdul Salam al Turaiki, dijo en Túnez (Diario Al Shuruk) que los Estados Unidos planeaban la partición de Irak, Siria, Egipto, Arabia Saudí y otros estados árabes del Norte de Africa. “Ningún árabe está a salvo del peligro de los planes norteamericanos, que pretenden la balkanización de la región árabe al servicio de los intereses de Israel”. El político libio especificó que la partición se haría con criterios de separación religiosa (enfrentamiento interreligioso de sunitas y chiitas).
Si aquello estaba en la mente de Gadhafi o no, basta ver los resultados desde aquella fecha. Con asombrosa precisión se han cumplido en su mayor parte los funestos augurios, y el ritmo de los acontecimientos viene a completarlos. El ministro libio advirtió sobre una escisión de Sudán que se había acordado el mes anterior en Nairobi y que permitiría a los cristianos y a los animistas del Sur votar por la separación del Norte cuya población es árabe musulmana. “La partición de Sudán conduciría al desastre porque amenazaría la seguridad de Egipto, de Libia y de toda Africa, y significaría el fin para Etiopía, Uganda, Tanzania, Congo y Nigeria”. Vean ustedes el mapa de lo ocurrido desde entonces y juzguen por su cuenta.
Algo pasó en la trastienda, pues de aquellos pronósticos tan certeros el coronel pasó a la extrema prudencia. En aquella fecha se jugaba literalmente la cabeza- la tenía puesta a precio- porque los Estados Unidos habían decidido parar por la fuerza un supuesto plan libio de poseer armamento nuclear. Nunca estuvo del todo claro si Gadhafi pretendía realmente convertirse en una potencia dotada de armamento nuclear o si solamente actuaba de tapadera para que otros países, quizás con el beneplácito de las agencias de seguridad norteamericanas, pudieran realizar operaciones de contrabando de material nuclear.
En cualquier caso, de pronto hubo la reconciliación. Libia dejó de estar en el eje del mal. En 2004 los Estados Unidos levantaron las sanciones y en mayo de 2006 Washington decidió restablecer las relaciones diplomáticas con Libia, una vez que el coronel dio nuevas y más amplias seguridades de alinearse con la causa de la Triple Alianza. En realidad, el alineamiento de Libia con el campo moderado es uno de los pocos éxitos visibles de la política de Bush. Algunos conservadores la ponen como modelo de negociaciones diplomáticas que conducen a un fin sin recurrir a la guerra ni a las sanciones, y hasta se aventuran a proponer que algo así debería hacerse con Irán.
Desde hace dos años son cada vez más frecuentes las visitas de empresas extranjeras que quieren encontrar sus negocios en Libia, incluidas las españolas que tan discretamente han mantenido su presencia incluso en los días tensos del ostracismo. Los negocios más importantes se los llevan las norteamericanas de la órbita del presidente Bush y del vicepresidente Cheney, como la inevitable Halliburton que ha obtenido concesiones petrolíferas, y la aliada Petro-Canada.
El principal interlocutor de las empresas extranjeras es el hijo de Gadhafi, Saif al-Islam, quien se presenta no sólo como el recambio de su padre sino con un programa de reformas democráticas y económicas. Corrigiendo a su padre, a quien le gusta repetir que Libia es el Paraíso en la tierra, Saif responde: “¡Qué clase de Paraíso! ¡No tenemos agua!”
Ha relanzado el viejo proyecto “El Gran Río artificial”, lanzado hace más de veinte años, consistente bombear agua del subsuelo del Sahara hacia las ciudades del norte. El presupuesto ascendió a 24.000 millones de dólares. En Kufra se lleva a cabo otro proyecto hídrico para convertir en regadío una importante extensión del desierto. El famoso oasis de Kufra es una de las pocas obras humanas que pueden verse desde el espacio.
El agua ha pasado a ser un objetivo prioritario. Mirando también hacia los Estados del Golfo los dirigentes libios extraen de ellos la idea de construir plantas desalinizadoras. Atrás quedan las intrigas del viejo coronel que quizás se llevará a la tumba los secretos de su acceso al poder y los misterios de su compleja personalidad. Queda en pie su obra más importante. Silenciosamente Libia sigue liderando la unidad africana. En 2001 se creó en Syrte la Unión Africana, reemplazando a la Organización para la Unidad Africana, que está inspirada en la Unión Europea. En la actualidad agrupa a cincuenta y tres países africanos (Marruecos no forma parte de ella a causa de su disputa con Libia por la cuestión del Sáhara). El Parlamento de la Unión Africana, que cuenta con 265 miembros, empezará a legislar a partir del 2009.
Eliseo Bayo , del libro "Crónicas finales"
Foto de portada del Ministerio de Defensa: El ex-ministro Bono en Libia.
Foto del texto: tumba de Janzur