
India es un inmenso país que juega un importantísimo papel en la escena mundial por su situación geográfica, por su poderoso y creciente desarrollo industrial y científico/técnico- con un número muy importante de ingenieros y técnicos altamente cualificados-, por su numerosa población y por la habilidad de la clase dirigente para hacer de India un aliado imprescindible de otras potencias.
Numeras multinacionales y grandes empresas norteamericanas han trasladado a India su sede central, por razones fiscales pero también en función de una estrategia que considera a India como el centro de los grandes negocios de la próxima década.
El presidente de los Estados Unidos trabajó infatigablemente para lograr una alianza estratégica con India basada en la colaboración más estrecha, incluido el asunto nuclear. Aquello podría haber sido un gran paso si las intenciones del presidente norteamericano no hubieran estado viciadas por su tendencia a resolver las cuestiones internacionales a cañonazos. Peor aún, recurriendo a la amenaza de hacer uso de las armas nucleares.
La luna de miel no ha durado mucho ya que la creciente oposición en el Congreso de los Estados Unidos empieza a desconfiar seriamente de los propósitos reales de la política presidencial. Básicamente los legisladores temen que el acuerdo con India pudiera hacer revisar otros acuerdos internacionales firmados para impedir la proliferación de armas nucleares y alentar las ambiciones nucleares de países como Irán. Ya se ha visto que es muy difícil sostener la tesis de una India con permiso para desarrollar su propio arsenal nuclear, mientras su vecina Pakistán se ve abocada a hacerlo clandestinamente.
Importantes figuras republicanas desoyen al presidente Bush. El líder de la mayoría en el Senado, Bill Frist, de Tennessee, guarda silencio sobre la propuesta de Bush, y tampoco se pronuncia el presidente del Comité de Relaciones Internacionales Henry J. Hyde, de Illinois, quien pretende posponerla hasta después de las elecciones de noviembre, lo que de hecho significa un amargo varapalo para la Casa Blanca.
También algunos influyentes políticos indios se pasan a la oposición, enardecidos por el acuerdo con los Estados Unidos. Piensan que el tratado puede comprometer la independencia nacional. Entre ellos están cuarenta y cinco miembros de una organización de países que controlan el comercio mundial nuclear. En lenguaje diplomático el ministro de Exteriores indio Shyam Saran reconoció tras un encuentro con representantes norteamericanos en Londres, en la última semana de mayo, que los dos países deberían “empezar a considerar un futuro sin ese acuerdo”. Esto no implica la pérdida de relaciones mutuas entre ambas potencias, sino que India y los Estados Unidos de América, con grandes intereses mutuos, deberían extender su colaboración hacia otras áreas.
Sin embargo el acuerdo estaba llamado a revisar la política nuclear de los Estados Unidos respecto de India, país que durante décadas ha sufrido toda serie de obstáculos y castigos por exigir su derecho a desarrollar un programa de tecnología nuclear para la producción de electricidad y el desarrollo de otras aplicaciones. El acuerdo significaba que el Congreso permitiría la venta de tecnología nuclear a India a pesar de que este país no ha firmado el Tratado de No Proliferación. A cambio de la ayuda norteamericana, India permitiría que funcionarios de las Naciones Unidas inspeccionaran los reactores de uso civil, mientras que las instalaciones militares nucleares se mantendrían en secreto y fuera de esas visitas.
La administración norteamericana defendió ardorosamente el acuerdo, porque entre otros asuntos permitiría ampliar el mercado de los productos norteamericanos a India, de forma que este país se inclinara progresivamente hacia los Estados Unidos alejándose de China.
Los críticos de este acuerdo, especialmente los congresistas norteamericanos, temen que el acercamiento con India provocará que China apoye abiertamente a Pakistán y a Rusia en su colaboración nuclear con Irán.
El representante demócrata por Valley Village, Howard L. Berman dijo que la mayoría de los congresistas creen que tiene sentido la relación estratégica con India, pero al mismo tiempo socava la política de No Proliferación. Considera que es un insulto pedir al Congreso que cambie las leyes sobre venta de tecnología nuclear para permitir un tratado nuclear que no ha sido negociado todavía.
Pero al propio tiempo la administración india han dicho que rechazará el acuerdo si el Congreso cambia algunos puntos esenciales del texto acordado. La coalición del actual Primer Ministro Manmohan Singh es débil, quebradiza, al tiempo que los nacionalistas, los comunistas y el Partido Baratilla Janata, que es el principal partido de la oposición, se oponen fuertemente al acuerdo. Los legisladores no lo tuvieron nunca fácil. Muchos se quejan de que ni el Congreso ni los expertos ejecutivos del área de Proliferación no fueron consultados. Incluso algunos han insinuado que la propuesta del Acuerdo fue diseñada para reducir la influencia del congreso sobre el pacto EEUU/India.
El propio Bush ha hecho lobby personal sobre los legisladores a propósito del tratado, pero ha visto como se ha enmarañado la situación. Tampoco han avanzado las negociaciones entre India y la Agencia Internacional de la Energía Atómica para concretar las inspecciones sobre las instalaciones de India. Los representantes indios sólo tuvieron una conversación con la Agencia y no han vuelto a solicitar más entrevistas, a pesar de que los norteamericanos les han presionado fuertemente. La administración norteamericana espera que el Grupo de Suministros Nucleares se pronuncie a favor del acuerdo en junio, pero algunos pequeños países miembros, como Suiza y Suecia, se oponen al acuerdo y los grandes están dudosos. Curiosamente los Estados Unidos no tienen fuerza para imponer sus puntos de vista sobre un Grupo creado por ellos, pero que debe operar por consenso.
Mientras tanto la Casa Blanca y el Pentágono van a marchas forzadas, sin importarles mucho las consecuencias políticas de sus acciones. La reciente visita del general Peter Pace, Jefe del Estado Mayor Conjunto, a Nueva Delhi pretende sugerir de manera maliciosa que se ha dado luz verde a India para que realice las pruebas del famoso- y terrible- misil Agni III en agosto, con la seguridad de que no afectará al tratado nuclear entre ambos países. Por parte india esta interpretación de la visita del general suena a provocación, hasta tal punto que representantes del gobierno han declarado que “India ha dejado muy claro que se ha impuesto a sí misma una voluntaria prohibición de pruebas de armamento nuclear, y ahí estamos”. El ministro de Defensa Pranab Mukherjee replicó que India anunciará públicamente el lanzamiento del Agni III cuando se produzca. Vino a decir que todo lo demás son intoxicaciones maliciosas. Implícitamente significa que India tiene derecho a probar sus misiles y los norteamericanos corren a a agregar que “el test no desestabiliza necesariamente la región”.
Desde 2004 hay indicios de que el Agni III está preparado para su lanzamiento desde vehículos móviles, equipado con sistemas de dirección inerte con sistemas correlativos mejorados ópticos o de radar. Es muy preciso y puede estar cargado con armas nucleares entre 200 y 300 kilotones. Es una versión más poderosa que los anteriores. El Agni I, con un alcance de 700/800 kilómetros y el Agni III, con un alcance de 2000 km. Forman ya parte del armamento de defensa en el ejército indio. Agni I está específicamente diseñado para alcanzar Pakistán, mientras que el II y el III están pensados para contrarrestar amenazas de China.
En este clima de intrigas prosiguen al mismo tiempo las tentadoras ofertas de la CIA para hacer de India un estrecho asociado capaz de ejercer influencia en la región del Océano Indico con el objetivo de apartar definitivamente a India de la órbita de Irán, molestar a China y a Pakistán, y proteger los intereses norteamericanos en la región a cambio de dejar bien claro que los Estados Unidos no pararían a India en un hipotético ataque contra Islamabad. Pero de nuevo las autoridades indias, deseosas de no verse envueltas en la maraña de las políticas del Pentágono, declaran que una cosa son los tratados y las relaciones bilaterales amistosas y otra, muy distinta, hacer el juego a los intereses de Washington. “Nosotros no queremos ser vistos como anti Moscú o anti Pekín, aunque esto significara estrechar más los lazos con los estados Unidos”. India desea seguir comprando armas a Rusia, entre ellas componentes para el MIG-29 ks.
La CIA desearía que India se implicara más en el estrecho de Malaca con nuevos navíos que pusieran nerviosa a China. Malaca es un enclave importante para el comercio y el suministro energético de China; la frontera naval es esencialmente el único punto potencialmente conflictivo entre Nueva Delhi y Pekín, cuyos países son un continente alejado el uno del otro. Washington está dispuesto a tentar a Nueva Delhi con toda suerte de ofertas y promesas, incluidas las de realizar fuertes inversiones en infraestructuras, cuyo déficit es el punto principal que impide a India convertirse en la “mayor potencia mundial”, según palabras del jefe de la CÍA.
©Eliseo Bayo , del libro "Crónicas finales".