
El mundo necesita una alternativa a la política de guerra y de destrucción basada en formas irreconciliables de manejar los antagonismos. Los resultados de esa política son visibles: no conducen a resolver los problemas de relaciones entre sistemas distintos y aún contrarios, sino a crear nuevas tendencias hacia la guerra. Es lo que se llama la espiral de las respuestas. Si se parte de que la espiral sólo conduce a alimentarse a sí misma, ¿por qué no intentar la alternativa de hacer callar las armas, llegar a acuerdos de desarrollo económico y crear los mecanismos internacionales que vigilen y se propongan el cumplimiento de la alternativa? Si se prestara oídos a lo que se dice en la calle y al sentir casi unánime de la asamblea general de las Naciones Unidas- excepto el grupo belicista que ha ocupado el poder en los Estados Unidos y en el Reino Unido, con su aliado Israel- se verá que la máxima aspiración de la gente es la paz y la prosperidad económica.
Una revolución económica basada en el impulso de infraestructuras que afectan a Eurasia, a África y a América lograría el desarrollo y la riqueza de inmensos territorios superpoblados que hoy no tienen otro futuro que la muerte o las emigraciones masivas. Construir ferrocarriles, carreteras, canales y obras hidráulicas para desarrollar continentes enteros, a fin de que su población salga de la miseria y emprenda su propio destino verdaderamente humano, significaría un gran choque económico mundial, sin necesidad de guerras y de destrucciones masivas.
La creación de riqueza exige un marco físico. Un programa de infraestructuras mundiales como la que se propone equivaldría a movilizar gran cantidad de recursos económicos que llevarían al mundo a una nueva era de prosperidad económica compartida, alejándolo de la permanente amenaza del estallido de la burbuja de la especulación monetaria y apartando a los países que pugnan por desarrollarse del hundimiento económico al que periódicamente están condenados.
El solo planteamiento de la necesidad de diseñar grandes proyectos de infraestructuras en extensas áreas necesitadas de desarrollo económico y social (con su corolario de libertades políticas) es ya una elección razonable, una proposición útil y un camino que lleva a una situación mejor que el callejón sin salida en el que en el que parece encerrada la crisis en amplias zonas del mundo y, más cerca de nuestros intereses, en el Mediterráneo. En ese marco de prosperidad están interesadas la Comunidad Valenciana y todo el tejido industrial que aquí se halla.
En la situación de suma inestabilidad actual, que puede desembocar en una catástrofe mundial de resultados incalculables, es necesario proponer alternativas distintas a la tendencia de ir hacia el choque de civilizaciones mediante una paso a paso en la escalada de conflictos locales. Se dirá que este es un planteamiento utópico e idealista. Lo es. Y también es práctico y sobre todo, racional. Lo que quiere decir que todo lo racional, aunque sea utópico, tiende a ser real cuando, además, es la única salida.
Desde el punto de vista económico quizás el mayor error que cometieron las potencias colonialistas fue el no haber impulsado las infraestructuras en los países dominados, conquistados o “protegidos”, pues su carencia impidió cualquier intento de desarrollo económico y los dejó en unas condiciones de atraso y de ineficiencia que serían el detonante de las crisis sociales y políticas posteriores. Las sociedades mahgrebíes y subsaharianas empezaron a desintegrarse y millones de personas iniciaron el éxodo masivo hacia el Norte en el intento de establecerse a costa de cualquier esfuerzo en los países europeos. España está enfrentándose muy seriamente a esas consecuencias.
Si en los países del Mahgreb se inician políticas económicas de transformación de su propio territorio, el resultado será que sus poblaciones no necesitarán emigrar y crearán sociedades prósperas y modernas. Las infraestructuras son parte fundamental, inexcusable para emprender el desarrollo interno, para exportar y para atraer fuertes inversiones del exterior. A veces el ciudadano medio desconoce lo que se está haciendo en este terreno. Son diversos y muy importantes los pasos ya dados para impulsar el desarrollo del Mahgreb, con la construcción de autopistas, ferrocarriles y puertos. También es notable el ritmo de implantación de industrias en el territorio. Algunos pesimistas dicen que cualquier esfuerzo de colaboración industrial es vano o se desvanece por el impacto real del “choque de civilizaciones”, pero también es cierto que una manera eficiente de evitar que se produzca esa confrontación es procurando el desarrollo económico de las poblaciones.
El bienestar de África y de América Latina- que parecen no haberse liberado de las condiciones de la colonización - no debe ser sólo el objetivo moral de unas cuantas organizaciones religiosas, de agencias no gubernamentales y de compañías que muestran su interés por desarrollar algunas zonas de los inmensos continentes negro y americano. El bienestar de África y de América, además de una obligación moral para emprender unas nuevas relaciones internacionales basadas en la solidaridad y en la justicia, puede ser un motivo para impulsar la economía mundial. Hay muchos bienes morales y físicos a ganar si se emprende una campaña de ayuda y de colaboración justa con África, con América y con el inmenso mundo asiático.
Los continentes africano y americano tienen reservas muy importantes de agua y de materias primas que deben ser puestas en activo para beneficio de sus poblaciones y en interés también de los otros continentes. Desarrollar África y América significa emprender un vasto programa de reconstrucción que deberá empezar por reponer las infraestructuras destruidas por tantas guerras, reemprender las que quedaron interrumpidas por las rivalidades entre las potencias colonialistas y por las guerras civiles y locales, y trazar las que prepararían a los continentes africano y americano para alcanzar los niveles que requieren: ferrocarriles transcontinentales de Norte a Sur y de Este a Oeste, conectados con Europa y con Oriente Medio hacia Asia, en el caso de África, y en el caso de América del Sur al Norte, con Asia, si se hace realidad el puente que uniría ambos continentes por el estrecho de Bering; y para todos autopistas y autovías para el transporte de personas y de servicios nacionales y en conexión con las grandes redes; trazados de nuevos canales navegables y de irrigación, distribución de agua a los núcleos de población; construcción de nuevos puertos transoceánicos.
Se debería emprender la construcción de nuevas comunicaciones interoceánicas, empezando por mejorar el canal de Suez, para unir el Mar Mediterráneo y el Océano Indico; un nuevo canal en el Istmo de Kra, Tailandia, para evitar el embotellamiento por Singapur y el Estrecho de Malaca. Nuevas ciudades y nuevos puertos acogerían a grandes masas privadas hoy de futuro. Una gran cantidad de obras de infraestructura modificaría la situación en África y en América. El Banco Internacional de Desarrollo publicó en 1974 su lista de grandes obras para cambiar países y llevar tecnología: grandes irrigaciones en el Sahara, mediante la ampliación del lago Chad, control de aguas y nuevos riegos en el Río Mekong; un segundo canal de Panamá para agilizar el tránsito entre el Pacífico y el Atlántico y creación de nuevas ciudades en diversos países.
Nada de eso se hizo y habría que considerar además otros proyectos en la gran extensión euroasiática, donde se concentra la mayor parte de la población mundial: hacia el Norte, mejorando el ferrocarril transiberiano, y hacia el sur impulsando una nueva ruta de la seda.
La Paz como objetivo de prosperidad debería ser el programa para el Oriente Medio (con más de 200 millones de habitantes); el Sureste Asiático y el Sur con 1.100 millones de habitantes, abarca Pakistán, India, Birmania y el sudeste asiático, una zona con grandes diferencias religiosas, económicas y culturales; Rusia y el Asia central, con 265 millones de personas entre las dos; Asia oriental, con 1.200 millones de habitantes, reúne economías tan diversas como las del Japón y Corea del Norte, pero todas tienen en común el litoral del Pacífico, así como semejanzas culturales, especialmente en sus idiomas escritos. Sus futuros todos dependen de que se pueda desarrollar a China hasta llegar a ser una nación plenamente moderna, con tecnología disponible para todo el mundo y tan segura de sí misma que no temerá afrontar el gran reto pendiente de construir una sociedad basada en el respeto a las libertades fundamentales del ser humano.
©Eliseo Bayo, del libro "Crónicas finales"
Foto Lewis Wickes Hines