
©Eliseo Bayo
Los que creen que la inevitable desaparición del actual presidente de los Estados Unidos de la escena política, por agotamiento de su mandato o por otras causas internas, facilitará las cosas para el diálogo, se equivocan. El problema no es el presidente de los Estados Unidos, sino el lobby que se ha apoderado de él: el cabildeo del vicepresidente Cheney y del Secretario de Defensa, Rumsfeld, actuando de espalda al propio Bush.
Si no hay un cambio de rumbo, si no desaparecen del mapa los que forman “el círculo íntimo”, “las tinieblas”, volverá a ser una repetición de lo que ya hubo con Al Gore y con Kerry. A Bush le sucederá con toda probabilidad alguien del mismo entorno de los que crearon la política del Choque de Civilizaciones, puesto que no han conseguido sus objetivos durante el mandato del actual presidente. Las cosas pueden ir a peor, y probablemente no quede mucho tiempo para empezar a rectificar. Sin embargo algunos piensan que Georges W. Bush – con más cualidades ocultas que sus visibles errores- puede dar una gran sorpresa arrojando por la borda a los que casi consiguieron apoderarse de la nave.
Ahora van a por ellos. Washington es el mejor sitio para estar, si uno quiere escuchar historias para no dormir de verdad. Hay demasiada inquietud- justificada- en los que organizaron la guerra de Irak convirtiéndola en un crimen contra la Humanidad, en un desastre para la región, en el más grave problema de política nacional para el Gobierno (no sabe cómo salir de allí) y en un aliciente para los fanáticos.
Lo asombroso es que entre los que la fomentaron, como antes la declararon a Afganistán, no se halla ningún estratega de primera magnitud, ni siquiera un general de carrera con prestigio, ningún hombre de Estado. Simplemente están unos personajes mediocres, ambiciosos, y más grave aún absolutamente incompetentes para el gobierno (no para sus negocios privados), empezando por el propio Vicepresidente. Algunos de ellos confiesan estar al servicio de un gobierno extranjero- el inglés- y todos tienen fuertes vínculos de dependencia con poderosas multinacionales. Muchos conciudadanos suyos les llaman anti/norteamericanos y antipatriotas. Y a pesar de ello tienen encima de la mesa las carpetas preparadas para iniciar “varias guerras a la vez”, mientras modifican leyes básicas para amputar libertades civiles fundamentales.

Para empezar, desaparecido de la escena política Colin Powell, de todos los altos funcionarios del Pentágono y del Departamento de Estado, de todos los asesores de seguridad nacional, incluso el vicepresidente Dick Cheney, ninguno ha prestado servicio militar, ni tiene experiencia real en los conflictos. Ya hace tiempo que en Washington circularon las biografías que demuestran la incompetencia militar de los principales actores del drama. El que fuera subsecretario de Defensa- actual presidente del Banco Mundial- Paul Wolfowitz, se acogió a su estatus universitario para librarse del servicio militar. El famoso intrigante Richard Perle, llamado el Príncipe de las Tinieblas, amigo de Ariel Sharon, logró aplazar su alistamiento y nunca ingresó en filas. Doug Feith, fundador del movimiento de Jabotinsky, halcón furibundo, jamás ingresó en el ejército, lo mismo que David Wurmser. El único que sí hizo el servicio militar fue John McCain; cayó prisionero en Vietnam y hay muchas versiones de lo que realmente ocurrió. A alguien podrá parecerle irrelevante el haber hecho o no el servicio militar, pero no cabe duda de que la experiencia en combate ayuda a entender con mayor amplitud los análisis de los consejeros. Ahora, por ejemplo, se trata de valorar objetivamente las perspectivas de mantenerse en Irak o de empezar a preparar la retirada, como aconsejan tanto la prudencia política como el arte de la guerra.
La cuestión es que desde el 11 de septiembre de 2001 una pandilla de locos sin ninguna preparación intelectual, política, ni militar, ha secuestrado la mente del actual presidente de los Estados Unidos en el último acto de una tragedia cuyo final no puede predecirse más terrible. Debe proclamarse muy claro y muy alto que los anti/norteamericanos hoy no son los que critican las acciones de los sucesivos gobiernos, sino precisamente los que llevan a cabo acciones no respaldadas por la mayoría de la opinión pública y tienen secuestrado no solo al gobierno de los Estados Unidos sino a la propia ciudadanía norteamericana.
La referencia al secuestro del presidente, aunque usada con frecuencia por este escritor, está tomada de personajes y medios con mayor autoridad. En su edición del 20 octubre de 2005 el Financial Times publicaba un artículo justamente haciendo mención en el título a que el “cabildeo” (la diplomacia secreta, o más vulgarmente las intrigas) de Cheney había secuestrado la política exterior de los Estados Unidos. Citando textualmente las palabras del que fuera jefe del Estado Mayor con el ex Secretario de Estado Colin Powell, se dice: “El vicepresidente Dick Cheney y un grupo restringido han secuestrado el aparato de la política exterior del Gobierno, decidiendo llevar en secreto una política que ha debilitado a los Estados Unidos y lo ha aislado del mundo”. En efecto el coronel Lawrence Wilkerson, en activo hasta enero del presente año, denunció que había observado complicidad entre el Vicepresidente Cheney y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld sobre temas críticos a espaldas de la burocracia competente. “Estamos pagando las consecuencias de ese secretismo, pero sobre está pagándolas América”. Se refería a temas como el rechazo a llegar a acuerdos con Corea del Norte o con Europa sobre la política respecto de Irán. Cheney y Rumsfeld van a llevarnos a un desastre, vino a decir el oficial, cuyos comentarios son los más críticos contra la Administración desde los que hicieron Richard Clark, la máxima autoridad en contra terrorismo, y el ex Secretario del Tesoro Paul O’Neill. Wilkerson se refirió en concreto al escándalo de la cárcel de Abu Ghrabib (“no sucederían tales cosas a no ser que hayan sido permitidas”) y dijo que Condolezza Rice, la ahora Secretaria de Estado y ex consejera nacional de seguridad, es “parte del problema”. Dijo de ella que “en, lugar de asegurar que el presidente reciba el mejor consejo posible, se ha puesto a su lado para formar un círculo íntimo”, lo que hace que el presidente tenga una percepción errónea de la situación.
Más recientemente (17 de octubre 2005) Ray Mc Govern, el famoso analista de la CIA durante las presidencias de Reagan y de Bush, padre, reconoció, en el programa de Radio de Alex Jones , que dos tercios de los americanos están contra la guerra de Irak. Añadió que la mayoría de ellos se ponen en el lugar de los familiares de los soldados muertos en Irak, “muertos sin necesidad por las decisiones de una élite corrupta”. Lo que dicho por un halcón del tamaño de Mc Govern cobra especial relevancia. Añadió que la guerra ( en Afganistán y en Irak) “no tiene nada que ver con la democracia, ni con la libertad ni con la defensa de “nuestro modo de vida”: “tiene que ver con el enriquecimiento de los bolsillos de quienes apoyan a esta Administración”. Mac Govern estuvo de acuerdo con la apreciación del congresista Ron Paul en el sentido de que “ese tipo de gente” en el poder está yendo demasiado lejos, y más concretamente estaba dando atribuciones al Ejército, en el manejo de catástrofes, que no le pertenecen. Más claramente, “ese tipo de gente” está dando un paso tras otro hacia el establecimiento de un Estado policial controlado por la ley marcial, “con el pretexto de hacer frente a graves problemas internos”.
Mc Govern profetizó que si ocurría otro acontecimiento del tipo 11/9, se impondría “el Estado de guerra interno” que “acabaría con nuestro sistema de libertades”. “Es lo que están buscando”, dijo en una clarísima referencia al peligro real de que en efecto un tremendo acto de terrorismo tuviera el efecto de “otro Pearl Harbor”.
Ese peligro existe, pero mientras tanto las instituciones norteamericanas están recuperando la iniciativa. Día tras día la mayoría bipartisana en el Senado acosa a la Casa Blanca por su desastrosa política en Irak. El Vicepresidente Cheney percibe el acoso a que es sometido y pierde los nervios. Abiertamente se le acusa de mentir: no hubo motivos para ir la guerra, y los que se dieron fueron falsos, descansaban sobre mentiras.
La única salida que le queda a Cheney es dimitir. La única opción que tiene el presidente es cesarlo. Y aún así no se librará del calvario de escuchar todas las acusaciones que se vierten contra él en el Senado, en cuyo Comité sobre Inteligencia debe comparecer para dar explicaciones sobre las mentiras que dio en numerosos y candentes temas, todos ellos afectando a la seguridad nacional y a la falsificación de pruebas para ir a la guerra.
Hay una auténtica revuelta en el Senado exigiendo la dimisión de Cheney y un cambio radical en la política de la Administración Bush. En la Casa Blanca se discute ya no la salida de Cheney sino qué futuro darle.
Los grandes periódicos del Establishment lo han echado a los leones. “Washington Post” habla claramente de que la cuestión última para Cheney es buscar una salida a su posible culpabilidad legal. La revista “Time” sentencia que el vicepresidente es cada vez “menos esencial” (es decir es cada vez más prescindible). La BBC revela que en el círculo de asesores del presidente habla abiertamente de que Cheney fue tan ambicioso como independiente en el tema de la guerra de Irak ( actuó por intereses personales). “El Guardian”, de Londres (14 de noviembre), afirma que la lealtad del presidente a Cheneys lo lleva a aquél a la irrelevancia y al país al caos.
Madres de soldados muertos en la guerra de Irak
©Eliseo Bayo, del libro "Crónicas finales"