
©Eliseo Bayo
La propuesta de una Alianza de Civilizaciones realizada por el presidente del gobierno español José Luís Rodríguez Zapatero es una alternativa al “Choque de Civilizaciones” en que se basa toda la política exterior norteamericana desde el 11 de septiembre de 2001.
Hace tiempo que dejó de existir el Gobierno libre de los Estados Unidos, y no cabe duda de que esto ha sido una calamidad para la paz y la estabilidad mundial. El asunto estratégico más importante de las últimas décadas es el sometimiento de los Estados Unidos al poder del conglomerado de intereses oligárquico financieros basados en la City de Londres, a los que sirve principalmente como fuerza militar disuasoria y expedicionaria.
Por su tradición democrática, por sus concepciones políticas y por su sistema económico basado en el desarrollo de las fuerzas productivas internas, deberían haber liderado al mundo hacia la libertad económica y hacia la paz mediante el progreso de los países con los avances científico técnicos, la construcción de infraestructuras en todo el mundo y una oleada de bienestar social. En cambio el gobierno de los Estados Unidos, desde el asesinato de Mc Kinley hasta nuestros días, ha ido siendo secuestrado por intereses que nada tienen que ver con su origen.
En 1974 el maestro de la intriga Kissinger impuso su tesis de desintegración programada al hacer que el inepto presidente Gerald Ford firmara el Memorándum de Seguridad Nacional 200 por el que se daba legalidad a la intervención incluso militar en otros países a fin de garantizar el abastecimiento de materias primas para Norteamérica. Ahí Kissinger puso los huevos de las serpientes que hoy llevan la destrucción a todas partes. Ford desapareció, no así Kissinger que continuó moviendo los resortes en la sombra e hizo que su doctrina fuera la base de la seguridad nacional.
Según esa doctrina los EEUU y sus aliados anglófonos (el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) deberían controlar toda la riqueza de materias primas estratégicas de África y de Ibero América y todas las reservas de petróleo y gas natural del golfo Pérsico. En ninguna de estas partes del mundo debería existir un Estado Nación moderno, fuerte y desarrollado (lo que no es nada nuevo: es la vieja política colonialista inglesa, sólo que ahora el encargado de ejecutarla es el Gobierno de los Estados Unidos).
Zbigniew Brzezinski
Kissinger se hizo traer a los Estados Unidos al famoso orientalista y agente del departamento árabe de inteligencia Bernard Lewis, quien se instaló en Princenton. Durante la Administración de Carter, Lewis fue el mentor del peligroso Zbigniew Brzezinski cuya política basada en el “Arco de la Crisis”- un precedente del “Eje del Mal”- fomentó insurrecciones islamistas en las fronteras meridionales de la Unión ( recuérdese que el objetivo perenne del Gran Juego es la destrucción de Rusia bajo cualquiera de sus formas de Estado, blanco o rojo), lo que equivale a decir que los radicales islamistas y el estallido de conflictos terroristas por todas partes fueron planeados por ese círculo Soviética.
La táctica consistió en alentar el islamismo en todas las naciones musulmanas fronterizas con la URSS. Se conseguía así detener el desarrollo industrial y científico de países emergentes como Irán, India y también Afganistán, y precipitarlos al abismo de los países que no levantarían cabeza. La primera víctima fue el Sha de Persia, un auténtico aliado estadounidense cuyo gobierno había emprendido reformas de gran importancia. Lo primero que se desmanteló en Irán fue la industria de energía nuclear. Khomeini se encargaría de llevar a cabo la política del Arco de la Crisis declarándole la guerra a Irak. El grupo predominante en los Estados Unidos se benefició además de la guerra vendiendo armas a los dos contendientes. Su objetivo era destruir la capacidad republicana de Irak, un país emergente y rico con un programa industrial y de desarrollo muy importante.
A continuación vino la guerra de Afganistán impulsada por el propio Zbigniew Brzezinski con la creación de la figura de Osama Bin Laden.
Se les vio el plumero a Lewis y su gentuza a la hora de apoyar a radicales como Khomeini, al mismo tiempo que impedían la modernización de Turquía. No les convenía un régimen estable y democrático sino sembrar la ilusión de la conveniencia de un nuevo Imperio Otomano (cuyo principal objetivo seguiría siendo la destrucción de Rusia y la desestabilización de los Estados Árabes del Golfo).
Bernard Lewis fue el autor intelectual de la fraudulenta tesis del “Choque de Civilizaciones”, lanzada en septiembre de 1990 en la revista “Athtlantic Monthly”, justo tres años antes de que se hiciera famoso con ella el predicador Samuel Huntington (una marioneta de Zbigniew Brzezinski) en la revista del Council on Foreign Relations, “Foreing Affairs”. En ella sostiene que el “terrorismo islámico” es coherente con la corriente principal del Islam al pretender imponer la ley islámica a los infieles.

Bernard Lewis
Lewis cuenta la historia a su manera diciendo que según la inevitable ley islámica debe haber una perpetua guerra entre el mundo islámico y el infiel, hasta que todo el planeta sea dominado por el estado islámico. Añade que la Cristiandad es para los musulmanes el principal rival en la lucha por el dominio del mundo, y advierte que la amenaza no sólo afecta a los Estados Unidos sino que antes o después correrán la misma suerte Rusia, China e India (lo que no deja de ser un disparate). Todo eso es pura basura intelectual que pretende encubrir los sucesivos intentos de los colonialistas ingleses para manipular a los norteamericanos, con el fin de que éstos se impliquen en el Gran Juego geopolítico manejado desde Londres para dominar el Oriente Medio, el Cáucaso, la cuenca del Caspio y el Asia Central.

Poco después de la Guerra del golfo, el intelectualmente perverso Bernard Lewis celebró en la misma revista del Council el fin de la era de las naciones Estado de Oriente Medio, anunciando que se había entrado en un periodo de libanización de la región que llevaría a las guerras fratricidas entre los árabes, a la violencia y al caos. Cínicamente dijo que el “eclipse del pan Arabismo ha dejado al fundamentalismo islámico como la alternativa más atractiva de todos aquellos que sienten que ha de haber algo mejor, más verdadero y más esperanzador que las tiranías ineptas y las ideologías fracasadas que llegaron de fuera”.
En 1998 Lewis llevó a la fama internacional a Osama bin Laden, al proclamar desde la misma revista del Council, en su edición de noviembre/diciembre, que la llamada a la guerra santa proclamada por el oscuro hombre de negocios “era una magnifica y elocuente pieza”.
Bernard Lewis dio credibilidad internacional a la más que sospechosa figura de Osama Bin Laden convirtiéndolo en el líder mundial de la lucha religiosa por la conquista del mundo que iniciaran los islámicos en el siglo VII. A partir de ese momento se inició la escalada de actos de terrorismo contra los Estados Unidos en todas partes del mundo, empezando por las embajadas norteamericanas en Kenia y en Tanzania, lo que dio el pretexto para que el propio Lewis, a través de una fantasmal organización creada ad hoc con el nombre de Comité para la Paz y la Seguridad en el Golfo, pidiera al gobierno de los Estados Unidos pleno apoyo para una campaña militar destinada a derribar a Sadam Hussein. La firma de Lewis iba acompañada de los otros artífices del Choque de Civilizaciones llevado a la práctica: el siniestro Richard Perle, Elliot Abrams, Srteven Bryen, Frank Gaffney, Martin Peretz (mentor de Al Gore), Paul Wolfowitz, David Wurmser y Dov Zakheim, todos notorios halcones favorables a la línea dura de Israel. Esta pandilla se rió de la opinión pública mundial- previamente desinformada - al esconder el hecho evidente de que el mundo islámico no tenía capacidad alguna, ni la intención, de representar una amenaza para la todopoderosa Civilización Occidental, no al menos hasta que ellos entraron en juego.
Luego vino el 11 de septiembre de 2001. Lewis y la pandilla de locos que se lanzaron a la guerra intentaron ocultar que el ataque contra las torres gemelas y el Pentágono tenía la principal característica de representar una especie de golpe de Estado contra la Administración de Georges W. Bush.
Los resultados de esa política están a la vista de cualquiera. Los Estados Unidos han derrochado el liderazgo moral al que se habían hecho acreedores por su historia y están perdiendo su credibilidad en todas partes.
Según un artículo del Washington Times News Service (3.12.05) titulado “Los árabes de Oriente Medio prefieren Francia a los Estados Unidos”, los árabes de Oriente Medio son profundamente escépticos a los motivos y a las políticas de Estados Unidos en Irak, y más de una quinta parte de ellos preferiría que Francia reemplazara a los Estados Unidos como superpotencia única. Haciéndose eco de un informe reciente sobre los motivos que llevan a los Estados Unidos a intervenir en Oriente Medio, el artículo informa que el 76% de los encuestados dijeron que era el petróleo; el 68%, proteger a Israel; dominar la región, el 68% y debilitar el Mundo islámico, el 59%. Sólo un 6% de los encuestados dijo que era por implantar la democracia y extender los derechos humanos.
¿Es real la alternativa de una Alianza de Civilizaciones? Es obvio que ofrece la ventaja de rechazar el enfrentamiento y la guerra. Mantiene el inconveniente de llegar a convertirse en una propuesta utópica en la que se refugian las buenas intenciones que no llegan a más. Con lo cual la Alianza de Civilizaciones se convertiría en una cobertura del Choque de Civilizaciones, de la misma manera que ocurrió con todas las políticas de buenas intenciones que no han conseguido ni erradicar el hambre, ni las epidemias, ni llevar el bienestar a los países empobrecidos (que no pobres), colonizados y explotados.
Se acusa a la propuesta de Zapatero de desarmarse frente a alguien que no quiere aceptar la mano tendida sino que sigue armado y se arma cada día más. Obviamente se plantea un problema no pequeño, puesto que no se trata de un juego ni de discusión banal. Si se quiere el diálogo de Civilizaciones es para asegurar la supervivencia de la especie humana y el diálogo debe ser siempre en plan de igualdad. Se debe reconocer los derechos del otro a condición de que el acto sea recíproco. Donde falla la propuesta de la Alianza es en la perversa inercia de la lógica de la guerra ya desatada; los países amenazados y víctimas del Choque no se encuentran en condiciones de dar prioridad al diálogo sino que se ven precisados a armarse y a prepararse para la guerra, puesto que la tendencia de mano tendida procede de los aledaños del Imperio y no de la cabeza.
La Alianza de Civilizaciones debe ser asumida por el Imperio, por el Pentágono y por la Casa Blanca. Es una buena idea, tan buena que debería ser acogida como una alternativa fiable. Los Estados Unidos deben recuperar la credibilidad democrática y sus dirigentes han de empezar por escuchar a la opinión mayoritaria de sus ciudadanos, quienes, como en tantos momentos cruciales de la historia, han dado muestras de coraje moral y de amor por la libertad. En realidad son los únicos que tienen los medios para devolver la paz y la esperanza a una Humanidad que se enfrenta a conflictos globales mucho más peligrosos.
Foto de portada: Jean Marc Bouju
©Eliseo Bayo, del libro "Crónicas finales"